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El primero que se despierte

Una sonrisa chueca se escapa por el lado de la boca, los ojos saben que están tristes, pero el corazón se aferra a la emoción que lo aceleró por poco más de tres semanas. La derrota cubrió todo de una reconfortante melancolía para quienes pudimos ver la historia mientras se escribía.

Deberíamos estar bajoneados, o al menos eso es lo que dictaría la lógica. Pero si algo está claro es que hace tiempo que el mexicano se enamoró del surrealismo mágico, mismo que se apoderó de un país que dejó la razón para después.

Perder siempre va a ser doloroso, pero haber visto cómo los jugadores dejaron la piel en la cancha, no sólo contra Inglaterra sino en cuatro partidos, ayuda a recibir la derrota como a una vieja amiga que llegó tarde a la cita pactada.

Sobran los motivos para agradecerles a todos, a los jugadores, cuerpo técnico y el ejército de gente sin nombre público que hace que todo funcione. Jardineros, preparadores físicos, chefs. A todos, ¡gracias!

Es imposible saber si ellos se imaginaron que iban a provocar algo así, pero eso sólo hace más especial el pretexto que nos regalaron y con el que nos olvidamos por unos días de las complejidades de vivir en México.

No estoy listo todavía para que ese sentimiento se difumine con el tiempo inquieto que todo se lleva. Quiero que se quede la ilusión que provocaron los goles Julián Quiñones y Raúl Jiménez, los anhelos que generaron las anotaciones de Luis Romo y de Álvaro Fidalgo.

Me quiero quedar con el recuerdo de cómo Roberto El Piojo Alvarado pisaba el balón para pensar su siguiente movimiento. Al final le temblaban las piernas por haberse empeñado en hacer quedar bien a los demás. Acabó el torneo como el líder de asistencias de la selección.

Paco Memo Ochoa, solo en el centro de la cancha, se despidió del estadio Azteca como lo que es, un grande del futbol mexicano. Merecía más, pero es una de esas raras figuras que no necesitan una victoria para irse por la puerta grande.

Javier El Vasco Aguirre encarriló el futuro del futbol mexicano y ahora le tocará al eterno capitán Rafael Márquez consolidar esos esfuerzos. Si hay algo que yo pueda hacer, que cuenten conmigo.

Hasta la afición, esa que sentía la lluvia caer y no sólo se mojaba en las calles, que cambiaba playeras con los visitantes después de los partidos y que hizo quedar a Dionisio como un abstemio alérgico al alcohol le mostró al mundo que México es más que sus problemas.

La ilusión es especial porque se acaba. Cuando un sueño se alarga por demasiado tiempo es inevitable que se convierta en una pesadilla y se vuelve urgente tener un mal momento para que podamos reconocer nuevamente lo bueno.

Tres campanadas inglesas hicieron ese trabajo por nosotros, pero no pudieron acabar con todo. Gilberto Mora, Obed Vargas, Armando González, Brian Gutiérrez y Mateo Chávez hacen que la esperanza tenga nombre y sea mexicana.

Habrá muchas sacudidas en el camino antes de que llegue el Mundial España, Portugal, Marruecos en 2030. Los retos serán variados y más de uno nos querrá quitar el sueño, pero por el momento sólo puedo pensar en lo que dice mi suegro antes de irse a dormir cuando está de vacaciones.

“El primero que se despierte, se vuelve a dormir”.

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