El historiador Timothy Snyder encontró una clave diferente para interpretar las guerras actuales y explicar por qué consideraba que Trump estaba condenado al fracaso
El historiador Timothy Snyder encontró una clave diferente para interpretar las guerras actuales y explicar por qué consideraba que Trump estaba condenado al fracaso

Mientras Donald Trump anunciaba la intervención militar de Estados Unidos en Irán, el historiador Timothy Snyder estaba leyendo sobre otra guerra librada contra un pueblo iranio, pero hace casi dos mil años. Esa coincidencia dio origen a una reflexión en la que contrapone al presidente estadounidense con el emperador romano Marco Aurelio y concluye que ambos representan formas radicalmente distintas de entender la guerra, el liderazgo y el ejercicio del poder.
En su ensayo titulado Sobre el estoicismo y el estupor, Snyder recuerda que Marco Aurelio comandó personalmente la campaña romana contra los yazigos, un pueblo de lengua iraní procedente de las estepas ucranianas, entre los años 171 y 180 d.C. Durante ese tiempo escribió las Meditaciones, un diario filosófico que terminaría convirtiéndose en una de las obras fundamentales del estoicismo.
El historiador explica que comenzó a leer ese texto buscando comprender mejor la relación entre romanos y yazigos a partir de un hallazgo arqueológico en Ucrania. Sin embargo, terminó encontrando algo distinto: una perspectiva para entender las guerras actuales y, sobre todo, una explicación de por qué, en su opinión, Trump estaba destinado al fracaso.
Para Snyder, la primera diferencia aparece en la actitud de ambos gobernantes. Mientras Trump proclamó públicamente que ningún otro presidente había estado dispuesto a hacer lo que él acababa de hacer, Marco Aurelio escribía únicamente para sí mismo y se advertía contra la soberbia. El emperador recomendaba despojar a las cosas de toda apariencia grandiosa para descubrir lo que realmente eran. Trump, sostiene el historiador, hizo exactamente lo contrario: convirtió la guerra en un escenario para engrandecerse.
El contraste se vuelve todavía más evidente cuando Snyder observa que, pese a haber pasado casi una década al frente de un ejército, Marco Aurelio prácticamente nunca habló de la guerra en sus Meditaciones. Para él era una obligación, no una fuente de prestigio personal. De hecho, sólo menciona a los yazigos una vez y no para presumir la campaña, sino para reflexionar sobre la arrogancia de los romanos al sentirse orgullosos de capturar prisioneros.
Trump, en cambio, reaccionó con una celebración inmediata de sí mismo. Snyder considera que el presidente buscaba repetir la satisfacción que, según escribe, había experimentado tras otra intervención militar y que confundió la superioridad tecnológica con una garantía de victoria. A su juicio, Estados Unidos emprendió una guerra sin una reflexión real sobre las personas, el terreno o los objetivos políticos, creyendo que los ataques a distancia bastaban para resolver el conflicto.
El autor también dirige buena parte de sus críticas al entonces secretario de Defensa, Pete Hegseth. Reproduce varias de sus declaraciones para ilustrar lo que considera una exaltación de la violencia y de la capacidad de matar. Snyder sostiene que tanto Hegseth como Trump confundieron el placer que obtenían del uso de la fuerza con una verdadera victoria militar. Mientras ellos hablaban de una guerra ganada, afirma, Estados Unidos no había conseguido ningún objetivo significativo y terminó refugiándose en una definición puramente psicológica del triunfo: seguir diciendo frente a los micrófonos que habían vencido.
Frente a esa visión, Snyder presenta el pensamiento estoico de Marco Aurelio como una filosofía basada en la humildad. El emperador insistía en que la vida humana es breve, que toda fama es pasajera y que el ser humano ocupa un lugar diminuto en el universo. Esa conciencia de la propia mortalidad, explica el historiador, permitía actuar con serenidad y evitar la arrogancia.
Para Snyder, aceptar la propia muerte también impedía convertir la violencia en una forma de escapar de ella. Mientras Marco Aurelio enseñaba que el primer paso para pensar correctamente era asumir la mortalidad, Hegseth, según el autor, buscaba refugiarse en lo que llamaba la "letalidad". En esa diferencia encuentra una de las claves de su comparación: quien acepta sus límites no necesita definirse por la destrucción del enemigo.
Otro elemento central del ensayo es la capacidad de comprender al adversario. Snyder destaca que Marco Aurelio nunca dejó de considerar que sus enemigos tenían intereses, motivaciones y razones propias. Trump y sus colaboradores, sostiene, fueron incapaces de imaginar que la otra parte reaccionaría conforme a sus propios objetivos. Esa falta de comprensión, añade, también se reflejó en la estrategia militar. Mientras Marco Aurelio aprovechó la geografía para obtener ventajas en el campo de batalla, Trump ignoró la importancia estratégica del estrecho de Ormuz y se sorprendió cuando Irán respondió atacando a distancia y bloqueando ese paso marítimo.
El historiador sostiene además que, conforme avanzó el conflicto, la retórica estadounidense se volvió cada vez más extrema. Cita mensajes de Trump en los que amenazó con llevar a Irán "de vuelta a la Edad de Piedra" y afirmó que una civilización entera podría desaparecer. Snyder considera que ese lenguaje es abiertamente genocida y concluye que, tras esa escalada verbal, terminó llegando la rendición estadounidense.
El ensayo concluye regresando a Marco Aurelio. Snyder recuerda que el emperador ganó su guerra, consolidó la paz con los yazigos y abrió nuevas rutas comerciales. Su legado, escribe, no fue únicamente militar, sino también intelectual: las Meditaciones siguen leyéndose casi dos mil años después y su figura continúa siendo recordada por haber combinado la victoria con la prudencia.
Para Snyder, esa es la verdadera enseñanza de la comparación. El estoicismo de Marco Aurelio muestra que el poder sólo puede ejercerse con lucidez cuando se reconocen los propios límites y se comprende el mundo tal como es. Trump, por el contrario, aparece retratado como un líder absorbido por su propia imagen, incapaz de distinguir entre propaganda y realidad. En la interpretación del historiador, las guerras sólo pueden ganarse en el mundo real y nunca en el espacio cerrado de la vanidad o de la autocomplacencia.
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