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La revancha de Marine Le Pen

La hija de Jean-Marie Le Pen, líder de ultraderecha francesa, tiene ya la puerta abierta para buscar por cuarta ocasión la presidencia de su país

¿Se puede mantener el legado de un padre, adoptar algunas de sus ideas como si fueran propias y replicar la permanente manipulación emocional de las masas que lo caracterizó mientras se rompe de forma rotunda con él? Si alguien lo ha intentado, esa es Marine Le Pen, que desde que tomó las riendas del partido que fundó su papá hizo todo lo posible por mantener la esencia extremista y nacionalista mientras mantenía alejado al creador del movimiento.

Después de haber estudiado derecho, y haber ejercido brevemente como abogada, la menor de tres hijas entró al partido (al que después le cambiaría el nombre por Agrupación Nacional) en 1986, cuando tenía 18 años. Su ascenso fue gradual, y tuvo que esperar hasta 1998 para ocupar su primer cargo de relevancia cuando fue electa consejera regional. En 2004 dio su siguiente brinco y llegó al Parlamento Europeo antes de tomar las riendas del movimiento en 2011, cuando oficialmente sucedió a su padre en la presidencia del Frente Nacional.

Desde ese momento comenzó la operación para hacer a un lado la imagen tan desafortunada que hizo a su papá tan famoso entre los recovecos de la política francesa. Jean-Marie fue uno de los políticos más polémicos de la Francia de la posguerra. En 1972, fundó el Frente Nacional, una organización que durante décadas adoptó el discurso ultranacionalista, su oposición a la inmigración y una larga cadena de declaraciones consideradas racistas, xenófobas y antisemitas.

En cuanto a su líder, Le Pen papá, pasó años como un provocador al que se le veía como político provocador más que como un aspirante real al poder. Sin embargo, eso le sirvió para construir un electorado fiel apelando a temas como la inmigración, la inseguridad, la identidad nacional y el rechazo a la integración europea.

Sin miedo a provocar, o decir cosas sin pensar, el fundador del Frente Nacional se hizo famoso al decir en diferentes ocasiones cosas como que las cámaras de gas utilizadas durante el Holocausto eran “un detalle de la Segunda Guerra Mundial”, una frase que repitió durante años pese a las condenas judiciales y políticas que recibió.

También fue condenado por incitación al odio racial tras comentarios dirigidos contra los musulmanes y realizó múltiples declaraciones sobre la supuesta desigualdad entre las razas, además de bromas con referencias a los hornos crematorios nazis. Incluso dentro de la derecha francesa esas posiciones fueron ampliamente rechazadas.

Eso llevó a lo inevitable. Cuando la hija tomó las riendas del partido, tuvo que dedicar su carrera a cambiar la imagen del partido. En 2011 entendió que, con ese legado, era prácticamente imposible ganar la presidencia de Francia, por lo que su proyecto consistió en conservar buena parte de las ideas del Frente Nacional, pero eliminar los elementos que hacían del partido un paria político. Esto llevó al inevitable rompimiento con su padre, que culminó en 2015, cuando decidió expulsarlo del partido después de que volviera a defender sus comentarios sobre el Holocausto.

Como parte de esa estrategia de emancipación, la dirigente intentó moderar parte del discurso público del partido, buscó enfocarse más en temas que polarizan a cualquier sociedad como inmigración, seguridad, soberanía nacional y costo de vida, y hasta cambió en 2018 el nombre del Frente Nacional por Agrupación Nacional.

Quizá el movimiento más claro para separarse del legado se encuentra en la diferencia de imagen. Mientras el padre utilizaba la provocación y declaraciones que lo colocaban fuera del consenso democrático francés, Marine ha intentado construir una imagen de dirigente institucional, capaz de gobernar.

Pero la reinvención maquillada no cambió la esencia. Le Pen mantuvo partes importantes de lo que hizo crecer al movimiento en un principio, como la defensa de un nacionalismo fuerte, la prioridad nacional para el acceso a empleos y prestaciones sociales, impulsar políticas muy restrictivas de inmigración, apoyar el endurecimiento de las reglas para obtener la nacionalidad francesa y oponerse a una mayor integración de la Unión Europea y defender la soberanía nacional .

Esta estrategia, que no es nueva en el mundo del extremismo, llevó a diversos analistas a señalar que Marine Le Pen ha moderado algunas posiciones históricas del partido. Por ejemplo, resaltan que abandonó la propuesta de sacar a Francia del euro y ha suavizado parte de su discurso sobre la Unión Europea, buscando ampliar su atractivo electoral sin abandonar el núcleo nacionalista de su proyecto político. Incluso en otros temas como seguridad, ella defiende un endurecimiento de las penas, un aumento de las facultades policiales y una política mucho más estricta contra la delincuencia y el terrorismo.

Tal vez por esto otros analistas señalan que el núcleo de su proyecto político, un nacionalismo excluyente, prioridad para los nacionales, fuerte restricción migratoria y euroescepticismo, la sitúa dentro de la familia de movimientos de extrema derecha que hoy tienen presencia en varios países europeos y que cada vez se ven más comunes en el mundo.

Pero la separación de su papá no es lo único que ha marcado su trayectoria política, que no ha estado exenta de graves señalamientos. El peor de ellos, quizá, fue cuando la justicia francesa concluyó que dirigentes del entonces Frente Nacional utilizaron dinero del Parlamento Europeo destinado a pagar asistentes parlamentarios para financiar empleados que en realidad trabajaban para la organización.

Los jueces determinaron que Marine Le Pen desempeñó un papel central dentro de ese sistema. En primera instancia fue condenada en 2025 por malversación de fondos públicos.

Sin embargo, en 2026, un tribunal de apelación confirmó la condena, aunque modificó parte de la sanción, lo que le permitió conservar la posibilidad legal de competir por la presidencia mientras continúa el proceso ante la Corte de Casación.

Además, su partido también ha enfrentado investigaciones por el financiamiento de campañas electorales, particularmente por contratos relacionados con la empresa Riwal y el micropartido Jeanne durante las elecciones de 2012. Algunos procedimientos ya concluyeron y otros continúan bajo investigación.

Si bien Le Pen dejó la presidencia formal del movimiento en 2021, misma que quedó en manos de Jordan Bardella, ella sigue siendo su principal líder política y ahora tiene la puerta abierta para buscar la presidencia de su país, esa por la que ha competido en tres ocasiones, desde el 2012, y que espera que en 2027 su sueño centrado en el nacionalismo, el endurecimiento de la política migratoria y una mayor defensa de la soberanía francesa.

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