Se acabó la fiesta. Se acabó el Mundial para México y ya arrancó el segundo semestre de 2026. Ahora toca volver a la realidad: la economía mexicana llega a esta segunda mitad del año en un escenario muy complicado. Si el semestre no mejora de manera clara respecto al primero, México tendrá otro año de estancamiento económico.
El seguimiento económico de los próximos meses debe empezar por los motores del crecimiento: inversión y consumo. En abril, la inversión fija bruta creció 4.0% mensual y 5.1% anual, rompiendo una larga racha de caídas. La pregunta es si estamos viendo el inicio de una recuperación o sólo un rebote coyuntural después de muchos meses de debilidad.
El segundo indicador clave será el consumo privado. Ahí las señales son menos alentadoras. En abril apenas avanzó, lo que confirma que el consumo empieza a mostrar fatiga. Si la inversión no se consolida y el consumo sigue cansado, no hay mucho misterio: el crecimiento seguirá siendo mediocre.
El tercer frente será la recaudación tributaria. Una economía que no crece recauda menos. Hasta ahora los datos son desalentadores. Los ingresos del gobierno están 6.7% por debajo de lo planeado afectando no sólo las finanzas públicas federales sino también a las estatales y municipales.
Y si se recauda menos de lo presupuestado, el gobierno enfrenta una disyuntiva: ajustar gasto o permitir que el endeudamiento crezca. Hasta ahora han intentado contener el gasto, pero no ha sido suficiente. Se tendrá que recurrir a un mayor endeudamiento de lo planeado. El problema no solo es que la contención del gasto es insuficiente sino también dónde se recorta. Se sacrifica inversión pública, en lo que va del año, ésta se ha caído más de 17% comparado con el mismo periodo del año pasado. El recorte también es severo en servicios médicos y educativos, y en mantenimiento a la infraestructura existente. En cambio, el gasto clientelar y electoral sigue siendo intocable y creciente.
Por eso habrá que seguir con lupa el déficit y la deuda. Hacienda reportó que el saldo histórico de los requerimientos financieros del sector público se ubicó en 50.6% del PIB a mayo de 2026. Es un nivel que todavía se presenta como manejable, pero la tendencia importa más que la fotografía. Si la deuda crece más rápido que la economía, México perderá margen de maniobra y se acercará peligrosamente a una discusión que antes parecía lejana: la pérdida del grado de inversión.
Pemex será otro foco rojo. En el primer trimestre de 2026 volvió a reportar pérdidas y fue necesario que el gobierno federal le enviará recursos. Mientras no aumente la producción, no mejore su operación y siga acumulando pérdidas, Pemex continuará siendo un pesado lastre para las finanzas públicas.
Finalmente está el T-MEC. Mi impresión es que entramos a una etapa de revisiones anuales puntuales, incertidumbre prolongada y un tratado que seguirá existiendo, pero sin generar plena certeza. Un T-MEC zombie: vivo jurídicamente, pero incapaz de detonar inversión de largo plazo.
Mi pronóstico es pesimista: otro año de estancamiento, inversión débil, consumo fatigado, Pemex sin remedio y finanzas públicas con menos margen. Ojalá me equivoque.
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