Escribir y compartir cada semana una propuesta para que desde la sociedad civil se impulse un cambio a la realidad del país demanda creatividad y disciplina. Pero leer consistentemente los textos que presentan las piezas de ese rompecabezas demuestra una persistencia y una disposición a escuchar nuevas ideas digna de reconocimiento.
Por eso hoy empiezo agradeciendo a quien me permite, y a quienes han seguido pacientemente este ejercicio, cuyo objetivo es ordenar y someter a escrutinio, pieza por pieza, los cimientos de lo que en un futuro no tan lejano será una guía de organización comunitaria que inspire y demuestre que cambiar la realidad está en nuestras manos.
Recapitulo para los lectores recientes. Este proceso comenzó con una tesis central: somos un país orgulloso, pero lo que sentimos es un “orgullo de herencia” cuyas fuentes suelen ser regalos de la naturaleza, o bien, obras de generaciones pasadas.
Coincidentemente, el 9 de junio, en Excélsior, Federico Reyes Heroles observa cómo hoy se nos presentan como supuestos motivos de orgullo nimiedades que ostentan récords Guinness, como la taza de chocolate caliente más grande, el taco de carnitas más largo o el pan de muerto más grande del mundo. Sin embargo, afirma, “el verdadero orgullo colectivo hoy está zaherido”.
Y esto nos descoloca. Por eso, hace semanas compartí mi convicción de que, para redimirse y poder mirar a los ojos a las que la precedieron en la construcción de este proyecto nacional, nuestra generación debe hacer y mostrarle al mundo algo grande y positivo que produzca “orgullo de logro” y opaque la narrativa de desorden y violencia que en las últimas décadas ha envuelto la imagen de nuestro país. Sostengo que esto se puede lograr si los mexicanos de hoy resolvemos un problema público con originalidad y efectividad, basándonos en tres premisas básicas.
Primera, las problemáticas nos abruman porque parecen irresolubles, pero si las deconstruimos en sus componentes resultan manejables; segunda, al colocarlas bajo el microscopio, descubrimos que muchos de sus átomos son comportamientos individuales cotidianos y que la fuente de nuestros problemas somos nosotros mismos, y tercera, esta deconstrucción permite determinar qué actores sociales crean el problema y cuáles pueden contribuir a su solución.
Una vez que entendemos qué aportación corresponde a cada actor social (gobiernos, empresas, organizaciones, ciudadanos) en la solución, se hace necesario comunicárselo y comprometerlo. Para ello, estamos explicando cómo comunicar para la acción (comunic-acción). Hasta hoy hemos visto seis pasos: (1) organizar un ejército de difusores, (2) emitir un mensaje simultáneo para captar la atención, (3) informar sobre el problema, (4) sensibilizar sobre su gravedad, (5) emitir una señal de esperanza y (6) asegurar que la tarea individual requerida sea sumamente fácil de realizar, reduciendo la resistencia mental a actuar.
Volviendo a donde empecé hoy, nuestros encuentros semanales, la reflexión a la que convocan y la acción que aspiran a provocar son la base de lo que un agudo lector llamó una "utopía posible". La próxima semana abordaremos el paso 7, en el que hablaremos de masa crítica e interdependencia colectiva.
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