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Sorpresas de bondad en el laberinto de la maldad

Lo que más me sorprende de vivir en México no es la barbarie cotidiana que sufren las personas o la que provoca la nomenclatura morenista, por más que me repulse. Tampoco los millones de personas que han renunciado al pensamiento, la esperanza y la libertad para rendir su voluntad ante el engaño populista.

Lo que me sorprende son los millones de mexicanos que cada día se levantan dispuestos al amor para sus familiares, salen a la calle y con mínimos detalles de amabilidad hacen posible su vida y la de los demás. No me sorprende el gandalla que avienta el cuerpo en el Metro o el auto en el tránsito de la ciudad, sino los muchos que ceden el paso.

Ya no me sorprende el desprecio de los gobernantes por los más de 100 mil desaparecidos, como tampoco la crueldad de la que hacen gala al reducirlos a simples números para hacerlos invisibles a sus ojos, que no a los nuestros. Me sorprenden las madres y los padres que buscan a sus hijos en medio del horror, quienes han lanzado tanto amor al mundo, que son capaces de sostener la esperanza de millones.

No me sorprende que la nomenclatura morenista defienda hasta la ignominia a sus socios criminales; tampoco que, con singular desprecio al trabajo de miles y miles de jubilados, ahora los despojen de sus pensiones ganadas de manera honesta, legal y legítima. Lo que me atrapa es la dignidad de tanta gente que sale a demandar lo que por derecho les corresponde, a exigir justicia por tantos años de servicios a México, sabiendo que enfrentan la iniquidad de quienes tanto les han perjudicado.

A estas alturas, no me sorprende que la caterva de impresentables quiera reformar la ley electoral para anular elecciones a su gusto, lo que me conmueve son los cientos de miles que, por vocación política, se organizan para dar la batalla por la democracia de la única forma posible, por la no violencia y la activa participación electoral con sus implicaciones sociales.

En fin, no me sorprende la maldad cotidiana de los maleantes y de esa pequeña clase política -en número y calidad humana- que se hizo del poder por la mala, sino las ganas de hacer el bien, por pequeño que sea, de la mayoría de los mexicanos.

Esa vocación por el gesto de bondad, por la humilde amabilidad que sostiene la esperanza contra toda desesperanza me recuerda un acontecimiento y un poema. El acontecimiento, un joven crucificado por gente “bienpensante” que lanzó al mundo un amor tan profundamente humano que humanamente ha sido imposible explicarlo. El poema, El pórtico del misterio, de Charles Péguy, en el cual Dios se sorprende de que los humanos sigamos sosteniendo la esperanza a pesar de todo, “esa niñita de nada, que vino al mundo la Navidad pasada” que “ama lo que no es todavía y que será”. Esa esperanza que, paradójicamente, sólo se puede vivir en el tiempo presente, como demostró desde la soledad del calabozo Francisco Xavier Van Thuan.

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