Me avergüenza, me duele y me ofende profundamente la felicitación del embajador de mi país en Nicaragua a los criminales dictadores Daniel Ortega y Rosario Murillo por el 47º aniversario del “importantísimo y célebre triunfo de la Revolución Popular Sandinista”.
El embajador expresa su parabién en una carta en la que se dirige a Ortega y Murillo como “compañeros”, “copresidentes” y “estimados y apreciados hermanos”, y les expresa su cariño y admiración “por nuestro hermano gobierno de la República de Nicaragua, que está muy bien representado por ustedes como gobernantes”. Se despide enviándoles un “fraterno y cálido abrazo”.
Dejemos a un lado la cursilería que chorrea la nota y la penosa redacción (el gobierno representado por los gobernantes). Lo detestable es la solidaridad con un gobierno que, como ha señalado el Grupo de Expertos en Derechos Humanos de la ONU, es responsable de crímenes de lesa humanidad.
El Grupo de Expertos indagó sobre 40 ejecuciones extrajudiciales cometidas por agentes de la policía, el ejército e integrantes de pandillas progubernamentales armadas que seguían órdenes de los “estimados y apreciados hermanos” del embajador Guillermo Zamora Villa. Los ejecutados fueron participantes en manifestaciones pacíficas, a quienes se les apuntó directamente con las armas de fuego.
Más de 5 mil personas han sido detenidas en sus casas sin recibir explicación alguna y sin tener acceso a un abogado. El motivo: se trata de personas consideradas peligrosas para el régimen por sus ideas políticas. La tortura ––asfixia con bolsas de plástico, colgamientos, violencia sexual, restricciones alimentarias, aislamiento e incomunicación por periodos prolongados–– es generalizada y sistemática contra los detenidos.
Cientos de nicaragüenses han sido expulsados de su país sólo por no coincidir con los dictadores. A cientos se les privó de su nacionalidad y se les confiscaron sus bienes. Son innumerables las desapariciones forzadas a manos de la policía o grupos cercanos al gobierno. La persecución contra la Iglesia católica ha sido constante. Se ha encarcelado y desterrado a obispos, sacerdotes, diáconos y seminaristas.
El 19 de julio, en la conmemoración de la victoria sandinista, Daniel Ortega anunció que en Nicaragua “no volverá a haber elecciones”. La presidenta mexicana Claudia Sheinbaum no desautorizó la felicitación del embajador Zamora ni ha dicho una palabra sobre el anuncio del dictador nicaragüense.
No puedo evitar la indignación, pero no tendríamos que sorprendernos: la 4T está ideológicamente más cerca de las dictaduras, aun de las más crueles y criminales, que de las democracias.
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