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La inigualable fiesta del futbol

Ningún otro deporte ha provocado jamás las eufóricas reacciones que, sobre todo en los campeonatos mundiales, suscita el futbol. Muchos aficionados rompen su rutina diaria para lanzarse al desmadre.

La reunión de miles de personas en las plazas tocando cornetas y tambores, bailando, saltando, cantando, echando porras, manteando a quienes quieren ser lanzados al aire, es un espectáculo al que sólo da lugar el deporte al que el insustituible Ángel Fernández llamó el juego del hombre.

Ningún antro podría ser escenario del jolgorio que se vive en las calles tras un triunfo del equipo nacional. La victoria es el pretexto del reventón callejero.

En el team nacional se concentra el honor y el orgullo del país. No se dice: “Ganó la selección mexicana”. Decimos: “¡Ganamos!”, como si el triunfo hubiese sido conseguido por todos los mexicanos.

¿Enajenante? Todos necesitamos escapes, distracciones, sueños, ilusiones, quimeras, para sobrellevar los tragos amargos de la realidad que nos ha tocado vivir.

A los mexicanos de hoy nos ha tocado sufrir la destrucción de nuestra incipiente democracia y nuestro sistema de atención a la salud, la degradación de la educación básica en las escuelas públicas, el boom de las desapariciones forzadas, las extorsiones, los desplazamientos para huir del crimen, la narcopolítica y la escandalosa corrupción de los que no son iguales a los de antes.

Nada de eso desaparece con la fiesta del futbol, pero el respiro, el oasis que la festividad nos brinda nos concede una salida, ciertamente efímera pero muy bienvenida, de la pesadilla que se vive en el país.

Los goles de la selección mexicana no resuelven ni alivian nuestros gravísimos problemas. Después de cada una de sus victorias las miserias de nuestro país siguen siendo las mismas.

Pero los triunfos nos dan la ocasión de sentir, ilusoriamente, que nuestra suerte puede cambiar, que los dioses están de nuestro lado, que los marcadores favorables presagian que nuestra suerte mejorará.

Y aunque ese ensueño sea un espejismo, nos da ánimo para no desmayar, para seguir adelante a pesar de los pesares, para comprender que el ave canta, aunque la rama cruja.

El despertar será amargo cuando nuestra selección quede eliminada. Pero mientras eso no suceda el sueño fantástico nos hará ilusionarnos, nos hará sentir algo parecido a la felicidad, y esa ilusión no tiene precio. Pedro Calderón de la Barca nos advirtió que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son. 

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