Mientras Washington y Teherán intentan reactivar las negociaciones, los ataques y las represalias continúan. La diplomacia avanza erráticamente sobre un terreno minado por la desconfianza. Ese contexto obliga al escepticismo: aun si se alcanza un acuerdo, construir una paz duradera es otra cosa.
Las dificultades de la negociación no radican únicamente en el programa nuclear ni en las tensiones en torno al estrecho de Ormuz. El verdadero obstáculo radica en que Estados Unidos negocia con un régimen cuya lógica estratégica e ideológica difiere radicalmente de la de un Estado convencional. La República Islámica nació para alterar la correlación de fuerzas en favor de su proyecto revolucionario.
Desde 1979, su legitimidad descansa sobre la doctrina del velayat-e faqih, que subordina el poder político al líder supremo, un jurista islámico que concentra la máxima autoridad religiosa, política y militar de la República Islámica. Bajo esta doctrina, la Revolución islámica constituye un proyecto ideológico islamista fundamentalista, llamado no solo a preservarse, sino a exportar su revolución más allá de las fronteras iraníes.
Esa concepción explica por qué la confrontación con Estados Unidos, Israel y el modelo liberal occidental constituye uno de los pilares sobre los que el régimen ha construido su identidad. Renunciar a esa narrativa implicaría cuestionar sus propios cimientos de legitimidad. Así, la República islámica no considera el conflicto un fracaso de su política exterior; lo considera uno de sus instrumentos.
Esa concepción también determinó la arquitectura del régimen. Ante lo que considera una amenaza permanente, distribuyó estratégicamente el poder entre instituciones políticas, religiosas, militares y de seguridad. Aunque todas responden al líder supremo, esa descentralización está diseñada para garantizar la continuidad del sistema incluso en escenarios de guerra. Al mismo tiempo, esa dispersión del poder genera incertidumbre sobre quién puede comprometer al régimen y garantizar el cumplimiento de un acuerdo.
Esa arquitectura de supervivencia también se proyecta fuera de las fronteras iraníes. La reciente guerra modificó ese escenario. Hezbolá, Hamás y otros integrantes del llamado "Eje de la Resistencia" han sufrido un desgaste significativo. Reconstruir esa red vuelve a ser una prioridad estratégica para Teherán, pues constituye el principal instrumento mediante el cual proyecta influencia sin exponerse directamente a una confrontación convencional.
A ello se suma un elemento frecuentemente ignorado: la cultura estratégica del régimen. Oriana Fallaci sostenía que, para el islam político, el engaño del adversario constituye una herramienta legítima cuando sirve a un objetivo superior. La trayectoria de la República islámica parece confirmar esa lógica: negociar para ganar tiempo, aliviar presiones, reconstruir capacidades y preservar sus objetivos estratégicos, reinterpretando o incumpliendo compromisos cuando dejan de servir a sus intereses.
Hay además una diferencia decisiva en la forma de entender el tiempo. Las democracias occidentales han negociado con Irán condicionadas por elecciones, cambios de gobierno y la presión de la opinión pública. Teherán, en cambio, planifica en décadas. Esa asimetría explica por qué, tras múltiples negociaciones, Occidente ha logrado administrar crisis, pero no modificar los objetivos estratégicos del régimen. La continuidad estratégica de la República islámica convierte la alternancia política de sus interlocutores en una ventaja propia.
La cuestión no es si Estados Unidos logrará firmar un nuevo acuerdo con Irán, sino si ese acuerdo puede alterar los incentivos de un régimen cuya supervivencia depende de mantener su identidad revolucionaria, su capacidad de disuasión y su influencia regional. Los acuerdos no fracasan únicamente porque una de las partes incumpla; también fracasan cuando descansan sobre una premisa equivocada. Mientras la República islámica siga necesitando el conflicto para preservar su naturaleza, cualquier acuerdo podrá administrar una crisis, pero no cambiará los incentivos estratégicos que la perpetúan.
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