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NOVELA: Primeras veces

Luis Mendoza Vega

Para algunos escritores desde hace décadas los géneros literarios resultan insuficientes. La novela mexicana contemporánea vive sitiada, es cierto, por una amalgama de registros ―poema, ensayo, relato―, pero también por tres o cuatro obsesiones: la violencia, las relaciones filiales, la geografía o la identidad. Están además quienes prolongan una notable tradición de textos que vuelven una y otra vez sobre el acto de escribir y de escribirse. Pienso en las obras de Cristina Rivera Garza, Julián Herbert o Valeria Luiselli, pero también en las de Josefina Vicens, Sergio Pitol y Salvador Elizondo. A esa estirpe se suma ahora Lorena Huitrón Vázquez (Xalapa, 1982) quien entrega Cañón hacia arriba (Universidad Veracruzana, 2026). 

Aunque se trata de su debut novelístico, leo éste como una nueva estación de una poética puesta en marcha mucho antes. Después de siete libros de poesía, todos ellos atravesados por el uso del verso y la prosa, por referencias no sólo literarias, sino también teóricas, antropológicas y científicas, por la anécdota y por un deliberado despojo de ornamentos, la autora ha fijado su concepción de la literatura como un cuerpo inacabado y expuesto a la intemperie. Como editora, fundó el sello bélico acento donde publicó su libro de ensayos Ubuyashiki en defensa de su preciosa imprenta (2025). Como traductora, dio a conocer sus aproximaciones al español de Gertrude Stein. No es fortuito pensar que todas estas líneas de trabajo terminaron por confluir en un solo cauce: una historia de 172 páginas. 

Cecilia Torreblanca, una correctora xalapeña, intenta ordenar las notas destinadas a su psiquiatra y las escritas para un ensayo sobre John Thompson. A partir de ese archivo convierte su existencia en una “espiral” ―como ella misma llama a su depresión y alcoholismo― donde coalicionan no sólo crítica literaria, traducción y memoria, sino también las vidas de Pablo, su padre, la del poeta inglés y la de ella como habitante de la capital veracruzana. Abarcando en sus nueve partes más de cinco décadas, la narración concluye en 2021 cuando busca conformar con dichos papeles esta precisa novela. 

Se trata de una obra irónica en forma y fondo. Después de una ruptura con un doctorando, de tipo casi telenovelesco ―ella acusa que es percibida como inferior por el investigador de clase media―, comienza con un libelo contra el Sistema Nacional de Investigadores, El Colegio de México, la Facultad de Letras y la corrección política ―critica el clasismo, la sororidad y cualquier otra manifestación de poder. Menciona en las primeras líneas: “nos preguntábamos por qué algunos académicos, con tantos reconocimientos, tenían tanta saña con sus alumnos. Los obligaban a comprar sus libros y a ir a sus presentaciones. Nos cuestionábamos por qué algunos profesores exigen que se les lean los artículos que publican en libros o revistas”. 

Acto seguido: la voz presenta como pequeños capítulos sus apuntes de investigación ―con llamados a pie de página, epígrafes, entradas de diccionario, traducciones, referencias― para construir “un conjunto de historias [que] echan raíces profundas en los versos” de Thompson y en las enseñanzas paternas sobre los rifles y la caza: “llevo el pasado con el cañón hacia arriba y el arma descargada. Así debe ser porque, dice papá, es para evitar percances”. El percance y, al mismo tiempo, la virtud que la protagonista no puede evitar es el lastre formativo y lingüístico que acarrea y que permite construir esta obra mixta y vulnerable, por su honestidad y, a ratos, por sus contradicciones. 

Más allá de la bohemia estudiantil, la rabieta y el cinismo, Torreblanca es un personaje que conoce bien el pesar aspiracionista del artista encerrado en las aulas universitarias de la provincia. Esta misma zozobra, por último, es el elemento corrosivo que derrama sobre los engranes del campo literario que imputa, pero que también pretende. Lorena Huitrón se traslada así hacia la novela para expandir su pensamiento, develado ya en obras anteriores: una escritura consciente de su maleabilidad y de sus condiciones de producción. Pienso en una línea de Parábola del desconocido (2012): “Virtud del espacio roto: despertar lo irrecuperable con un tiro de gracia al viento”. Quizá esta entrega sea justamente eso: el intento de sostener un arma, con el cañón muy cerca del rostro, después de cortar cartucho.

*Luis Mendoza Vega. Poeta y crítico literario. Miembro y colaborador de Criticismo y secretario de Péndola. Redes y Revistas. Autor de la plaquette Pájaro de sal (2026, Crisálida Ediciones).
@eromenopatroclo


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