Juan Pablo García Moreno
Quizá sea una obviedad, pero aun así me gustaría mencionarlo: hay autores con los que nos une un vínculo de gratitud. Es mi caso con Alex Ross, el crítico musical del New Yorker que hace apenas unos días anunció su retiro, y una de las personas de quienes más he aprendido. Durante más de treinta años, Ross se dedicó a explorar la música de concierto. A través de sus artículos descubrí grabaciones que atesoro —como aquella que reúne las rapsodias (Op. 79), los interludios (Op. 117) y las piezas para piano (Op. 118) de Johannes Brahms interpretadas por Radu Lupu—, entendí lo que es una chacona y comprendí que el sonido puede ser usado para agredir. Tal vez todo esto suene pomposo, y sin duda podría haberlo sido. Pero ese fue el principal mérito de Ross como crítico, por lo menos en mi caso como lector: despojó a la música clásica de aquella aura de impenetrabilidad, esnobismo y falsa solemnidad. En toda disciplina sucede —una segunda obviedad—, pero quizá en la música aún más: la grandilocuencia generalmente esconde desconocimiento o el interés deliberado de reservar el acceso.
Ross sabía, por ejemplo, que existe una relación entre la música de Björk y la de Steve Reich, y que Radiohead era la puerta de entrada a compositores contemporáneos —y les daba la misma importancia. Ésa fue la ruta que me llevó a la música de concierto. De ahí que su historia musical del siglo XX —o, mejor dicho, una historia del siglo XX a través de su música— haya sido tan importante para mí. Hablo desde luego de The Rest is Noise (2007), un libro fascinante, erudito y original que no me canso de recomendar —Seix Barral lo publicó en 2009 como El ruido eterno. Sin embargo, creo que el mejor acercamiento a su forma de entender la crítica es el ensayo con el que cierra Listen to this —publicado también por Seix Barral como Escucha esto en 2013. En él, conjuga la biografía, el análisis formal (siempre accesible) y la historia para explorar cómo se manifiesta la depresión de Brahms en su obra. A la fecha, me resulta imposible escuchar la Cuarta sinfonía (Op. 98) —mi referencia sigue siendo Carlos Kleiber con Viena— sin pensar en esa reflexión.
Una tercera y última obviedad: la crítica no es para obedecer. No siempre estuve de acuerdo con Ross, sobre todo al hablar de política —para quien piense que música y política son conversaciones separadas, recomiendo la estupenda novela Orfeo, de Richard Powers. Recuerdo, por ejemplo, haber rechazado su postura sobre Valéry Gérgiev: sostenía que sus vínculos con Vladímir Putin lo volvían persona non grata en Estados Unidos. Pero también reconozco que fue el único crítico que se opuso a la cancelación de la puesta en escena de La muerte de Klinghoffer, de John Adams, en la Ópera Metropolitana de Nueva York.
En todo caso, leerlo era sentirse parte de una conversación no sólo entre melómanos, sino entre iguales. A los términos de esa conversación es a los que aspira este espacio.
Coda
Continúa la temporada de estrenos de Gabriela Ortiz en México. Al de Revolución diamantina de hace unos días se suman el concierto para flauta y orquesta Altar de viento —que interpreta la Sinfónica de Minería este fin de semana con Alejandro Escuer como solista y la dirección de Giancarlo Guerrero—, y Yanga, para orquesta y percusiones, que estrenará el 31 de julio la Sinfónica Nacional Azteca con el ensamble Tambuco dirigidos por Carlos Miguel Prieto.
Juan Pablo García Moreno. Periodista y editor.
@JpGm91
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