Said “Musgo en el Arte” Soberanes
La lluvia golpea el parabrisas del auto, el agua que corre por las calles ha caído por un buen tiempo y somos testigos de los límites del sistema de aguas negras y pluviales de esta ciudad. Algo en nosotros nos recuerda que la vida, una vez más, está siendo puesta a prueba, que hay que salir de aquí si no quieres que te lleve la corriente, hay que moverse. La vida, para sobrevivir, debe moverse, demostrar que está viva con sus zangoloteos. Bailar es ser consciente de tus propios zangoloteos.
La lluvia no nos detiene, voy con mi amiga E. a un espacio casi olvidado en la ciudad, pero siempre presente, a bailar cumbia. La música afrocaribeña suena en unas bocinas viejas del recinto, mientras los músicos preparan sus instrumentos. Amigos, enemigos, ex amores, extraños y afines, reunidos en un patio colonial del centro, la tensión se aprecia en los rostros que aún se miran por debajo de la nariz, sin permitirse un espejo para el alma.
Es curioso ver a los animales citadinos negarse los ojos, todos los días; no mirar a los ojos nos vuelve maniquís, es más fácil tratar con un maniquí, en los años ochenta incluso podías mejor enamorarte de uno; por eso las bestias de ciudad preferimos las mascotas y animales peludos, ningún perro callejero me ha negado la mirada, el hombre más noble de esta ciudad tendrá miedo a perderse en nuestros ojos de perros de la calle.
El rito, recuerda Alberto Dallal, siempre ha usado la danza para dominar a la muerte; para evitar la estática quietud, el rit(m)o. Una novia me decía que lo estático es más estético, mientras veíamos la moribunda ciudad a las 3 am, y entonces... Rompíamos esa quietud. Animales de ciudad, la danza no materializaba la muerte, que está bien guardada en los cementerios y en las fosas clandestinas, para poseerla y dominarla. Necesitábamos hacer más cosas para poder poseer la certeza de la vida, dominando la muerte; teníamos que vernos a la cara. Saber que un testigo nos ve luchar contra la ley de la vida y ganar; ser testigos de su victoria. Y qué miedo mirarnos a la cara. ¿O no?
El grupo toma el escenario y comienza con una clásica cumbia psicodélica, bailamos. Las miradas tímidas se cruzan, se encuentran, construyen distancia. La gente del teatro participativo llama a esta distancia “la tele”, entre tú y yo hay una distancia que se extiende y se reduce gracias a cada paso. Bailamos. Los cuerpos se miran, los ojos se cruzan, ¿es tu mirada o la mía?
Mi amiga E. baila con un muchacho joven y ebrio que parece más interesado en reducir la distancia que en medirla y atestiguarla. Esto lo pierde, la extravía, lo abruma, la aleja y lo enoja. Atestiguo esa frustración. Cuando se rinden, y E. comienza a bailar con un maestro para eso de la bailada, pregunto al ebrio si aceptaría bailar con un hombre, para aprender a llevar el ritmo y, curiosamente, acepta. Nada como ver a un hombre heteronormado aprendiendo a medir la distancia con otro hombre. Atestiguo esa locura. Le vi ganar un segundo a la muerte, y después perderse en la distancia de la noche y la interminable lluvia. Ignoro si siga vivo, pero esa noche ganó… Salimos a las 4 am y E. declara que hoy es bella, impertérrita y poderosa. Atestiguo esa valentía.
Las salas de bailes se vuelven un rito colectivo donde podemos vernos ganar. Hoy, quizá no mañana, pero hoy. Bailar nos regala un horizonte que se percibe en los que bailamos, no sólo es ganarle a la muerte como fin de la vida, sino darle esa finalidad a la danza: los animales de ciudad, dice una antigua enciclopedia china, se agitan como locos para no ser incluidos en esta clasificación, y lo que logran es arrojarse a ella en el delirio místico del baile. Por hoy, muere mi soledad, somos fluir de vida que no muere.
*Said "Musgo en el Arte" Soberanes. Buen amigo, decente y proclive al amor imposible. Profesor de arte, filosofía y metodología de la investigación, artista sonoro punk de ruidos en obsolescencia y, en otro tiempo, crítico de teatro.
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