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Los tiempos indignos

Las ceremonias de investidura presidenciales en los Estados Unidos han estado acompañadas, desde hace un tiempo, de poesía. Un recorrido por las tomas de protesta de John F. Kennedy a Donald Trump.

Juan Carlos Calvillo

Los tiempos indignos

Muchos recuerdan todavía la emoción de escuchar a Robert Frost un viernes 20 de enero de 1961, infame por la intensa nevada que había caído la noche anterior, al momento de subir al podio durante la ceremonia de investidura de John F. Kennedy. El presidente electo tenía pocos meses de haber derrotado a Richard Nixon por un margen de apenas 0.17% en el voto popular. Era demócrata, católico y, a sus escasos 43 años de edad, el segundo hombre más joven en ocupar el Ala Oeste de la Casa Blanca. Frost había escrito, expresamente para la ocasión, una larga “Dedicatoria”, en dísticos rimados, en la que hablaba de “La gloria de una nueva edad augusta” y de “La época dorada de poesía / y de fuerza que empieza al mediodía” (la hora oficial, por tradición, de la toma de protesta). 

Sin embargo, la claridad de la mañana y el intenso resplandor de la nieve en el suelo le impidieron leer las páginas que algún mecanógrafo de la Oficina Oval le había pasado en limpio: balbució los primeros cinco o seis versos y, entre broma y broma, se resignó muy pronto a abandonar la idea de leer. Prefirió entonces recitar de memoria su poema “La entrega sin reservas”, que comienza así:

Esta tierra era nuestra antes de ser nosotros

de la tierra. Fue nuestra más de un siglo y aún

no éramos su gente.

Y no es que yo crea en una intervención directa de la Fortuna, pero sí me parece sensata la casualidad que censuró el panegírico aquel en favor de un poema mucho mejor, más sucinto y, sobre todo, dotado de una voluntad autocrítica de la que carece, a mi ver, la entusiasta “Dedicatoria” a Kennedy. En “La entrega sin reservas”, Frost arguye que la debilidad inicial de las Trece Colonias se debió a que había algo que el pueblo retenía o se guardaba para sí: “hasta que descubrimos que éramos nosotros / eso que resguardábamos de nuestra propia tierra”. Este hombre nuevo, the American —como lo llamó Crèvecoeur—, era un desconocido de sí mismo. El poema concluye de este modo:

Y así, tal como éramos, nos dimos sin reservas

[…] a la tierra que apenas despuntaba al Oeste,

todavía sin historia, sin arte y sin valía,

tal como era ella, tal como habría de ser.

Fueron estas palabras, venturosas, las que instituyeron la costumbre del “poema inaugural”, si bien dista Frost de ser el primer estadounidense en escribir versos en honor de un gobernante. Ya el gran bardo de los Estados Unidos, Walt Whitman, “el buen poeta gris”, había compuesto, entre 1865 y 1871, cuatro elegías en una sentida respuesta al asesinato de Abraham Lincoln, de entre las cuales la más célebre es “¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!”. El comienzo de ulteriores mandatos ha dado la ocasión de poemas memorables, como lo es “El pulso de la mañana”, de Maya Angelou, para la ceremonia de investidura de Bill Clinton en 1993, o quizá el más emotivo —no sólo por sus ingeniosos juegos de palabras, sino por su urgente llamado a la justicia—, de la joven Amanda Gorman, intitulado “La colina que ascendemos”, para la toma de posesión de Joe Biden en 2021.

Queda claro que la tradición del poema en las ceremonias de investidura se fundó con el propósito de valerse de la solemnidad ritual, más que para celebrar meramente una conquista política, para meditar en comunidad sobre la historia de un país, para hacer un repaso de los valores que encauzan su presente y su futuro. Que este ejercicio de análisis se suscite en el contexto de un acto social es fruto de un designio harto calculado, por supuesto: es una función que había cumplido la épica homérica desde los tiempos de los rapsodas —hace unos 27 ó 28 siglos, digamos— y que la poesía, por mucho que haya perdido su popularidad en nuestros tiempos, nunca ha dejado de desempeñar.

Faltaban dos décadas para que yo naciera cuando Robert Frost tomó el estrado desde el que Kennedy pronunciaría, poco después de las doce, su famosa exhortación: “No pregunten lo que su país puede hacer por ustedes; pregunten lo que pueden hacer ustedes por su país”. Pero la euforia que sí me tocó vivir en carne propia, en 2008, fue la del triunfo de Barack Obama, de la que el mundo entero fue partícipe al contemplar, por primera vez en 232 años, a un afroamericano ser elegido presidente de los Estados Unidos. Y aunque no fuera, en rigor, un poema inaugural, recuerdo lo conmovedor que fue, en la profunda ilusión de aquellos días, que Derek Walcott —Premio Nobel de Literatura y poeta homérico, si los hay— le dedicara un poema a Obama en los albores de su victoria. El texto se publicó el 5 de noviembre en The Times bajo el título de “Cuarenta acres”, que alude a aquella promesa de la reforma agraria (1865) de conceder a ciertas familias de esclavos liberados una parcela de 40 acres y una mula para que pudieran alcanzar su independencia económica. El poema dice así en traducción mía:

Surge de la zozobra un emblema, un grabado:

un joven negro de madrugada con overoles y sombrero de paja,

el emblema de una profecía imposible, un tumulto

que se divide como el surco detrás de la mula,

que abre paso a su presidente: un campo de algodón salpicado de nieve

de cuarenta acres de anchura, de cuervos con augurios predecibles

que ignora el labriego por sus inolvidables ancestros

de cabello de algodón, mientras, enfilado sobre una rama, se posa

un parlamento intranquilo de búhos con anteojos y, cada vez más lejos,

en el borde del campo, un espantapájaros piafa y gesticula de rabia.

El pequeño arado se prolonga hasta los renglones de esta página,

más allá del suelo que gime, el árbol que lincha, la negra venganza del tornado,

y el joven labriego siente el cambio en sus venas,

su corazón, sus músculos y tendones,

hasta que la tierra yace abierta como una bandera, al tiempo

que la luz contundente del alba atraviesa los campos

y los surcos esperan que llegue el sembrador.

Esta versión en lengua española la habré compuesto unos dos o tres días después de haber escuchado a Walcott leer el original. No la publiqué en su momento, pero la leí como creo que debí leerla: en comunidad. Y, como muchos de los poemas que traduzco, “Cuarenta acres” se dejó guiar por un precepto de Susan Sontag que a menudo me ha servido de faro: “La traducción literaria, creo, es una labor preeminentemente ética, una labor que refleja y duplica la función de la literatura —que es ampliar nuestras afinidades, educar el corazón y la mente, inspirar la introspección, y alcanzar y fomentar una conciencia (con todo lo que implica) de que hay otras personas, personas diferentes a nosotros, que en verdad existen”.

A la luz de lo anterior —de lo irrefutables que me resultan las palabras de Sontag, sin duda, en vista de todos mis sesgos—, no deja de sorprenderme que haya habido mandatarios que prescindieran tan despreocupadamente de un poema inaugural. De la administración de George W. Bush no cabía esperar lo más mínimo, si bien reconozco que una pasión no menos fervorosa me provocó el hecho de que Pearl Jam grabara un cover de “Masters of War”, de Bob Dylan, en el marco de las guerras de Irak y Afganistán (“Verás, de cara a la muerte, / cuando te pida las cuentas: / ni la fortuna que hiciste / te compra el alma de vuelta”). Pero en honor del gobierno de Donald Trump no se ha hecho siquiera el intento. No es de extrañar… en lo absoluto. Es sólo que uno no sabe qué hacer con la desazón cuando la poesía misma se queda sin palabras. Qué tristeza que justo ahora se cumplan 250 años de aquel sueño de Jefferson de “vida, libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Que sean ésos, pues, el destino y la condena de Trump: que se quede sin el canto de un poeta. Conocemos de sobra el gesto pagado de sí mismo que va a poner. En 27 ó 28 siglos, si sobrevivimos acaso las atrocidades que él y su gente le están infligiendo a este planeta, ya veremos quién se lleva la mejor parte.

* Juan Carlos Calvillo. Poeta, traductor literario y profesor-investigador en El Colegio de México. Entre sus publicaciones destaca Las ruedas de las aves, de Emily Dickinson. En 2025 obtuvo el Premio Bellas Artes de Traducción Margarita Michelena.

Imagen de portada: Carlos Cárdenas

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