Según las estadísticas oficiales los homicidios se han reducido más de 40%, lo que sería prueba de la eficacia de la estrategia de seguridad ya que se han detenido o eliminado a los principales generadores de violencia. El operativo contra El Mencho se convirtió en el emblema de la capacidad operativa y la voluntad política de enfrentar al crimen organizado. Vamos muy bien, aseguran desde el gobierno.
Sin embargo, terminada la mañanera el contraste es brutal. Cómo conciliar el discurso oficial con estas cuatro realidades: a) la brutalidad del grupo criminal “Los Ardillos” contra las comunidades de la montaña de Guerrero, propiciado y solapado sin pudor por el gobierno estatal y su dizque gobernadora, y abandonadas por la Guardia Nacional; b) la masacre de ayer en Tehuitzingo, Puebla en la que diez personas fueron asesinadas, ya que “presuntamente fueron atacadas por sujetos armados” (no se ría; así dice el comunicado oficial).
C) La terca negativa de la presidenta Sheinbaum de atender la solicitud de extradición a EU del exgobernador Rocha Moya negando la vinculación con el narcotráfico, cuando ya es vox populi en Sinaloa, en el resto del país y en buena parte del mundo el modus operandi de Morena con el crimen organizado en las elecciones de 2021, que además está a punto de colapsar las relaciones entre ambos gobiernos. Y d) la persistencia de la tenaz heroica lucha de las madres de los desparecidos para que el gobierno muestre un poco de sensibilidad y voluntad real de buscar a sus más de 130 mil familiares y dote de recursos presupuestales, humanos y técnicos a las fiscalías.
Esos cuatro eventos recientes son la evidencia de los límites estructurales reales, duros, insalvables que enfrenta la estrategia de seguridad de la presidenta Sheinbaum como respuesta al rotundo y trágico fracaso de los abrazos y no balazos. No hay nadie que no haya reconocido los serios y bien diseñados esfuerzos de Omar García Harfuch por retomar las acciones para reducir la violencia. Sin embargo, cada vez es más evidente la insuficiencia del voluntarismo del secretario de Seguridad y su equipo. Señalo cuatro límites:
- El diseño institucional. Ante la voluntad intocable de AMLO de militarizar la seguridad pública y adscribir la Guardia Nacional en la Sedena y la decisión de Sheinbaum de darle el liderazgo estratégico a la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, se creó una dualidad de mando disfuncional por todos lados. Hay un general con experiencia y visión estratégica, pero sin tropa y todas las disputas y conflictos posibles entre ambas dependencias.
- La incapacidad estructural del Ejército para hacerse cargo de la seguridad pública; son soldados, no policías. La Guardia Nacional está poblada de opacidad e inexperiencia; ni siquiera tiene asignada una misión; dicen estar en todas partes, pero como si no estuvieran. ¿No debería estar de manera permanente en zonas como la montaña de Guerrero y regiones rurales sin ninguna presencia policial?
- La terrible omisión de no impulsar la depuración y fortalecimiento de las policías locales, las fiscalías estatales y las cárceles. Sin esa institucionalidad en todo el territorio no hay Guardia Nacional que alcance; los operativos federales, como la Operación Enjambre o la detención del alcalde de Tequila, son espectaculares, pero carecen de continuidad por no haber policías estatales y municipales para continuar la tarea. Al poco tiemplo los criminales regresan.
- El pacto de complicidad de AMLO, mantenido hasta la fecha por Sheinbaum, con el modelo de intercambio de favores establecido entre Morena y las organizaciones criminales (hegemonía política a cambio de control territorial) que deja los esfuerzos de García Harfuch en la periferia del problema, como lo hemos visto con el huachicol fiscal y "La Barredora" en Tabasco. Y que además está a punto de causar un grave problema con EU de consecuencias imprevisibles, pero graves para el país.
No se ilusione mucho con las cifras de la mañanera.
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