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¿A quién defiende Sheinbaum?

Hay que decirlo, pues no debiera ser motivo de sorpresa. La política de Estados Unidos hacia México en materia de narcotráfico, que ya dura 100 años, ha sido más unilateral e injerencista que bilateral, de colaboración y respeto. Ha hecho valer la asimetría de poder con creces. Y a lo largo de esa centenaria relación, lo que más les disgusta del gobierno mexicano ha sido la simulación: prometer combatir a los cárteles y hacerlo con acciones de fachada: una detención por aquí, algunas hectáreas de mariguana erradicadas por allá, pero sin un compromiso real en términos políticos, presupuestales y operativos. Pero la hipocresía también ha sido de ellos: mucho discurso moralista contra las drogas y poco interés real en disminuir la demanda y el negocio de las drogas y después también el de las armas.

México aprendió que la mejor manera para tratar con la asimetría de poder y la unilateralidad de su vecino era cooperar en serio y a partir de esas acciones conjuntas reales, generar confianza, pues sin ella, se regresaba a la unilateralidad y la injerencia. Esa lección la aprendimos a fines de los 80 con motivo del caso Camarena (llegaron a cerrar la frontera sin previo aviso) y porque los gobiernos a partir de Miguel de la Madrid cayeron en la cuenta de que el poder del narcotráfico ya era un problema político y de seguridad muy grave.

La simulación e hipocresía de ambos lados no desaparecieron por completo, pero se redujeron y cuando México se pasaba de la raya, los estadounidenses presionaban fuerte, aunque la mayor de las veces diplomáticamente y, cuando su paciencia se colmaba, lo evidenciaban con una intervención abierta y contundente, como cerrar las fronteras o secuestrar a un doctor. Solo cuando México colabora en términos reales y los americanos lo registran, es cuando han mostrado disposición a atender las demandas mexicanas –hechas por las vías diplomáticas— para que reduzcan sus simulaciones en torno al consumo, las armas, las injerencias.

Que Claudia Sheinbaum lleve una semana tratando de demostrar públicamente –no por la vía diplomática— que hubo injerencia estadounidense en el operativo que resultó en la detención del Mayo Zambada es un despropósito, no porque no la haya habido (es evidente que participaron) sino porque no entendió el mensaje que le mandaron a su querido líder y ahora exige una colaboración bilateral y respetuosa, cuando AMLO se burló de Biden los cuatro años que compartieron la presidencia. En México no se produce fentanilo, se ufanaba reiteradamente López Obrador.  

La confianza no se recupera tan fácil. Haber dejado atrás la política de los abrazos y no balazos, que Omar García Harfuch viva la mitad del tiempo en Washington y que haya disposición a colaborar en operativos como el del Mencho no ha sido suficiente para olvidarse de que la 4T intentó convertir en política del Estado mexicano la defensa de los narcotraficantes. Y menos cuando además inauguró una época de complicidad y asociaciones entre sus políticos y las organizaciones criminales como no se habían visto nunca (Rocha Moya, huachicol fiscal, "La Barredora", etc.).

Reclamarle a EU su injerencia en el operativo del Mayo Zambada desde la defensa del pacto de impunidad establecido por López Obrador para proteger a sus aliados; exigir respeto a la soberanía por haberse llevado al máximo capo del narco para que enfrente la justicia en EU (“lo pudimos enjuiciar aquí”, dijo Sheinbaum) desde un gobierno que ha hecho el ridículo con su “investigación” sobre el piloto que tripuló el avión con el Mayo Zambada a bordo, es un despropósito mayúsculo que le puede costar muy caro al país.

EU ha sido muy prepotente y unilateral con México; pero reclamárselo públicamente desde la hipocresía y la simulación producirá el resultado contrario. Cien años de historia lo demuestran. No sé si Sheinbaum quiere aparentar ante AMLO y sus bases que defenderá la soberanía hasta la muerte o en el fondo quiere que Trump venga por Rocha.

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