Como reconstruí en mis dos artículos anteriores, el antropólogo Victor Turner llegó al concepto de communitas a partir de estudiar los rituales entre los ndembu de Zambia. La communitas es una experiencia compartida, física y psicológica, en la que las jerarquías y diferencias quedan suspendidas. Es un momento de antiestructura donde aparece un sentimiento de igualdad y pertenencia. Después, regresa el orden. Algunas communitas pueden transformar la sociedad.
Eso fue lo que observaron Turner y su maestro Max Gluckman en el futbol. Ambos estudiaban cómo se construyen los vínculos sociales, pero también los vivían en Old Trafford con sus estudiantes. Gluckman explicó esa experiencia en la BBC cuando le preguntaron qué significaba ser extranjero: “Cuando veo jugar al Manchester United y lo animo junto con mis compañeros de grada, no importa que haya vivido en Manchester solo unos cuantos años, que sea judío, que provenga de Sudáfrica o que sea profesor universitario. Soy uno más entre la multitud de seguidores del United de distinto origen étnico, distinta tradición religiosa y diferente ocupación”. El futbol suspendía diferencias y creaba comunidad.
Nelson Mandela entendió esa fuerza. Después de décadas de apartheid, pudo haber construido su liderazgo desde la revancha. Eligió la reconciliación. En el Mundial de Rugby de 1995 tomó un símbolo asociado con la dominación blanca, la camiseta de los Springboks, y lo convirtió en un emblema nacional. Al entregar la copa a François Pienaar, creó un momento de communitas: una sociedad dividida se reconoció temporalmente como una sola comunidad. Ese instante no resolvió todos los problemas de Sudáfrica, pero permitió construir una nueva base política.
Algo semejante ocurrió con Amílcar Cabral en Guinea-Bissau y Cabo Verde. Cabral comprendió que el futbol, introducido por los portugueses como parte de la dominación colonial, podía transformarse en una herramienta de resistencia. Era un arma de los débiles. Un equipo reúne personas distintas: de regiones, religiones, profesiones e ideas diferentes, pero todas trabajan hacia un objetivo común. Cabral vio que los futbolistas experimentaban una contradicción: en la cancha eran admirados; fuera de ella regresaban a una sociedad colonial que los discriminaba. Esa experiencia revelaba la injusticia y ayudaba a construir identidad. Los equipos se convirtieron en redes que alimentarían la lucha independentista.
La communitas también explica por qué el futbol puede incomodar a los proyectos políticos basados en la división. El populismo necesita fronteras entre amigos y enemigos. Morena ha construido buena parte de su estrategia política sobre esa lógica de confrontación permanente: dividir a la sociedad entre quienes apoyan su proyecto y quienes son presentados como sus adversarios. Sus símbolos buscan mantener viva esa separación porque de ella obtiene fuerza política. La unidad debilita esa lógica. Eso ocurrió en México durante el Mundial: la selección nacional generó un momento en el que millones dejaron atrás diferencias políticas, sociales y económicas para reconocerse como parte de una misma comunidad. Esa experiencia descolocó a Palacio Nacional y a Morena porque mostró una identidad nacional más allá de la polarización.
Las communitas son efímeras, pero no irrelevantes. Mandela mostró que un momento excepcional puede convertirse en el inicio de una transformación profunda. Cabral mostró que el deporte puede ser mucho más que entretenimiento: puede crear solidaridad, identidad y resistencia frente a formas de dominación. México debe entenderlo. El gol puede ser una revolución cuando permite construir unión en la diferencia, fortalecer la libertad y resistir fuerzas que buscan dividir para dominar. El Mundial deja una enseñanza mayor: una nación libre nace cuando sus ciudadanos encuentran aquello que los une más allá de sus diferencias.
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