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La Orquesta

En México hay cosas que no pueden hacerse en solitario.

Porque uno se puede robar una pluma, una engrapadora, quizás hasta una computadora, si se encuentra distraído el de seguridad. Pero para robar miles de millones se necesita el talento colectivo.

Hay que ensayar.

Porque el gran saqueo no ocurre cuando un funcionario abre un cajón y guarda un sobre amarillo. Eso es corrupción de solista. Casi artesanal. Y seamos serios, la Transformación no tiene talento para nada que no sea para la delincuencia.

Para gobernar desafina. Pero para robar, tiene oído prodigioso.

Lo verdaderamente importante exige cuerdas, metales, percusiones, coros y alguien que marque el compás. Alguien que dirija. Alguien que convierta la operación criminal en una orquesta impune que jamás se pierda en la partitura.

Y sobretodo, que nadie desafine. En esta sinfonía, quien falla una nota, no repite el ensayo ni la vida.

Para que millones de litros de combustible entren al país disfrazados de otra cosa no basta con un ladrón en una lancha. Hace falta la aduana. Hace falta documentación. Hace falta transporte. Hace falta almacenamiento. Hace falta comercialización. Hace falta dinero que entre, salga y vuelva a entrar convertido milagrosamente en inversión.

Hace falta que muchos músicos afinen sus instrumentos.

El SAT toca el oboe, que es quien da la nota para que todos afinen. Un Do con factura.

Aduanas lleva los metales. Son los más ruidosos y curiosamente, nadie los escuchó.

Hacienda pone el contrabajo. Nadie lo escucha, pero sin él, todo suena hueco.

La Marina aporta las percusiones. Y a los chivos expiatorios.

Las empresas fantasma hacen el coro, que es donde uno canta sin que se le vea la cara.

Y cuando la melodía empieza a sonar demasiado fuerte, entra la Fiscalía con su triángulo diminuto. Hace “tin” cada seis meses y anuncia que hay una investigación en curso. Que en realidad no la hay. Solo suena el tin como distractor.

Magnífico ensamble.

Lo extraordinario es que nadie escucha a nadie. Y aun así todos entran a tiempo.

El barco llega. El combustible baja, se almacena, viaja, se factura, se distribuye y se vende. Cada músico, concentrado exclusivamente en su partitura.

Pero nadie vio nada.

Debe ser dificilísimo mover millones de litros sin hacer ruido.

Un prodigio acústico.

La corrupción mexicana alcanzó así una sofisticación casi filarmónica. Ya no necesita esconderse. Basta fragmentarla. Cada quien toca cuatro compases y puede jurar, con absoluta sinceridad burocrática, que jamás escuchó la sinfonía completa.

El de la aduana sólo revisó papeles.

El del SAT sólo vio facturas.

El transportista sólo transportó.

El funcionario sólo firmó.

El superior no estaba enterado.

Y el de más arriba se enteró por los periódicos.

Todos tocaron.

Pero nadie supo su lugar en la orquesta.

Quizás por eso resultan tan fascinantes las explicaciones oficiales. Nos cuentan que se descubrió una red enorme, sofisticada, compleja, extendida durante años por puertos, aduanas, empresas y oficinas públicas. Y acto seguido pretenden convencernos de que el Estado fue apenas un espectador sorprendido.

Como si una filarmónica completa hubiera ensayado durante años en Palacio Nacional y nadie hubiera preguntado de dónde venía la música.

El problema de las grandes redes de corrupción nunca es solamente quién robó.

Es cuántos tuvieron que mirar hacia otro lado para que pudiera hacerlo. O morirse por haber visto de frente.

Porque para robar poquito basta una mano.

Para robar muchísimo hace falta un ensamble.

Una cosa es que alguien toque una nota equivocada. Otra muy distinta es que todos toquen la misma, al mismo tiempo, durante años, sin oírse.

Eso solo tiene una explicación. Alguien marca el compás.

Y en el podio como corresponde, la Suplente. Dirige sin haber leído la partitura completa.

Y por supuesto que nadie ha visto nunca al director de la orquesta cargar un barril.

Al él le tocan los aplausos.

Al músico, el barril.

Al empresario, Suiza o Asia.

O hasta más fácil, una diputación federal.

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