...

Información para decidir con libertad

La Beca

¿Te imaginas elegir a un funcionario público porque realmente es bueno en su trabajo?

La sola pregunta parece una provocación. Una extravagancia democrática. Una de esas ideas radicales que podrían poner en peligro la estabilidad laboral de buena parte de nuestra clase política.

En México hemos perfeccionado un sistema donde la incompetencia no necesariamente se castiga, la derrota no significa el retiro y la falta de resultados puede convertirse en una extraordinaria oportunidad de permanencia. Porque la política tiene algo de beneficencia privada, salvo por el pequeño inconveniente de que la pagamos todos.
Y si alguien ha convertido la supervivencia en una especialidad, es la oposición mexicana.

No hablamos de las becas del Bienestar. Esas tienen beneficiarios identificables, requisitos y reglas de operación. Hablamos de otras, bastante más generosas e igual de clientelares, que se entregan en forma de curules, dirigencias, candidaturas, prerrogativas y posiciones partidistas. Las becas del bienestar legislativo.

En el Presupuesto de Egresos de 2026, la remuneración anual neta prevista para un diputado federal supera el millón trescientos mil pesos*. No es precisamente una ayuda para transporte o medicinas. Es una responsabilidad pública bien remunerada, cuyo desempeño debería poder medirse con el mismo entusiasmo con el que se la cobra.

La oposición mexicana tiene un problema que va más allá de sus derrotas electorales. Parece haber confundido la representación política con la administración de su propia supervivencia.

Sus dirigencias hablan de reconstrucción mientras conservan los mismos métodos. Prometen renovación y recurren a los mismos apellidos. Invocan a la ciudadanía cuando necesitan votos y regresan a sus apapachos con el régimen cuando necesitan posiciones.

El discurso es heroico. La nómina, bastante más convincente.

Sus dirigentes son las plantas de plástico del pasillo. Sobreviven a cualquier sequía. No crecen, no florecen y no producen oxígeno. Pero ahí siguen, firmes en su maceta. De vez en cuando alguien les sacude el polvo.

Desde luego que ser minoría parlamentaria significa perder votaciones. Nadie puede exigirle a una oposición que gane por arte de magia lo que no tiene en números. Pero sí puede exigírsele una estrategia, una propuesta, una explicación y una conducta congruente.

Porque perder una votación no es lo mismo que perder el propósito.

Y ahí aparece la pregunta que rara vez se hacen quienes administran los partidos. ¿Para qué quieren conservar sus cargos? ¿Para construir la salvación del país o para garantizar que cualquiera que sea el resultado electoral, siempre haya un lugar disponible para los mismos?

Hay políticos que han hecho de la derrota una segunda profesión. Pierden elecciones, pero ganan candidaturas futuras. Pierden influencia, pero conservan presupuesto. Pierden credibilidad, pero reaparecen como salvadores de una institución que llevan años prometiendo rescatar. O como promotores de un nuevo partido que ya con registro, no figura en ningún lado. O si, en la cuenta pública.

Es una forma curiosísima de movilidad social. Siempre hacia arriba, incluso cuando los resultados van hacia abajo.

Mientras tanto, el oficialismo cuenta con una ventaja que no depende exclusivamente de su fuerza electoral. También se beneficia de cada contradicción, cada pleito interno y cada oportunidad que sus adversarios desperdician.

La oposición no tiene obligación de coincidir en todo. Tiene la obligación de demostrar que sus diferencias representan algo más que una disputa por los lugares disponibles.
México no necesita una oposición decorativa ni una colección de mártires con prestaciones. Necesita representantes capaces de legislar, fiscalizar, negociar sin esconderse y explicar sus decisiones sin recurrir eternamente a la excusa de que los otros son peores.

Porque si el único argumento para merecer un cargo es que enfrente hay alguien todavía menos recomendable, hemos convertido la democracia en un concurso de insuficiencias.

Y quizás ese sea el verdadero éxito de las becas del bienestar legislativo. No resolver los problemas del país, sino resolver el “futuro profesional” de quienes prometen resolverlos.

Las becas deberían servir para que alguien tenga una oportunidad.

No para que los mismos tengan oportunidades infinitas.

Y mucho menos para que el único requisito de renovación sea haber fracasado en la elección anterior. Porque cada derrota llega con la misma promesa. Que “ahora sí” entendieron el mensaje de las urnas.

Debe ser un mensaje extraordinariamente complejo.

Llevan ocho años tratando de descifrarlo...

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp