Las urnas estadounidenses presiden la agenda mexicana. Lo que ocurre en Estados Unidos pasó a presidir el temario mexicano doméstico. No sólo en el plano de la conversación y el análisis, sino como guía para tomar decisiones en diversos campos.
Basta ver los diarios y atender los noticiarios mexicanos de martes y miércoles, o haberse asomado el martes a hogares y restaurantes de algunas zonas del país -con sus teles siguiendo minuto a minuto el conteo de votos de los estadounidenses- para ponderar el interés de más mexicanos que nunca en el proceso y desenlace de las urnas de la superpotencia vecina.
No debería sorprender. No fue una elección presidencial, pero para millones de mexicanos resulta cada vez más relevante la correlación de fuerzas en el Capitolio, con sus debates, acuerdos y desacuerdos legislativos. E igual las gubernaturas de aquel país, particularmente de los estados fronterizos con el nuestro. Y, de la misma manera, ya no debería sorprender -ni indignar- que algo de lo que ocurre en México sea visto como problema doméstico en Estados Unidos, especialmente en los temas de seguridad, narcotráfico y poder de los cárteles en vastas regiones mexicanas, especialmente las próximas a sus fronteras.
Lo que allá es gusto aquí es sospecha de traición. Incluso la presidenta Sheinbaum contribuyó a atraer la elección estadounidense a encabezar la agenda doméstica. Pero no podía faltar la incongruencia. Mientras aquí, por sospecha de potencial traición, mutiló el derecho a ser elegidos a quienes, por sus vínculos familiares en otros países, ejercen su derecho a tener doble nacionalidad, la presidenta destacó los vínculos familiares con México de los hijos de padres mexicanos que ganaron las gubernaturas de California y Texas. "Y pues nos da mucho gusto que mexicano-estadounidenses que están allá, pues tengan esta participación y este reconocimiento", afirmó.
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