Había una vez un rey que quería construir la torre más alta del mundo.
Reunió a sus arquitectos, ingenieros y economistas y les dijo: "Quiero tocar la Luna. Antes que Artemis III. ¡¡¡Hagan una torre que llegue al cielo y me lleve a ella!!!".
Los ingenieros, arquitectos y economistas deliberaron cómo hacerlo. Se requerían estudios muy profundos de arquitectura, de ingeniería, de viabilidad económica y de impacto ambiental. Los ingenieros, especialistas en cálculo estructural, veían ante ellos un proyecto lleno de riesgos. Se requería un proyecto ejecutivo sólido con planos de detalle y costos certeros. Pero el rey tenía prisa y les dijo: "¡¡¡ Esas son tonterías neoliberales!!!!".
Los arquitectos empezaron a fincarla. Pero el viento del desierto soplaba con fuerza, sin tregua, y dañaba las estructuras.
Un día, un niño del pueblo que sabía leer los vientos, le dijo al rey:
"Su alteza serenísima, si no deja huecos en la torre para que pase el viento, la torre se caerá".
Al rey le disgustó que el niño opinara, que le dijera qué hacer. ¡¡¡Hacer torres muy altas era muy fácil!!!
"Cállenlo, ¡¡¡Es un traidor a la patria!!! ¡¡¡¡Quiere impedir que mi torre llegue a la Luna!!!", gritó en una de sus conferencias del pueblo sabio y bueno.
Y mandó callar al niño. Luego mandó callar a los arquitectos, ingenieros y economistas. Las auditorías al proyecto en marcha fueron desestimadas y los auditores despedidos y castigados. Igualmente corrió al hacendario que cuidaba el presupuesto del reino y vigilaba que el proyecto fuera rentable. Y así, sucesivamente.
A todos los que le decían, “Majestad, esto va mal”, los declaró enemigos públicos de su proyecto de transformación nacional. El periodismo de investigación también sufrió las consecuencias porque el rey era adepto a una secta que practicaba la “cultura de la cancelación de ideas antagónicas”.
La torre se alzó. El rey estaba feliz y organizó una inauguración fastuosa. Todos aplaudieron.
"Este rey si sabe gobernar", decía el pueblo con asombro.
Hasta que llegó el día en que el viento silbó y sopló con fuerza. La torre, que proyectaba solidez, pero sin huecos para dejar pasar el viento, no supo dejar pasar el viento. Se dobló y cayó, haciendo un ruido estrepitoso. Al caer, causó daños a la población y algunos ciudadanos murieron aplastados. Pero el rey canceló la información y eliminó el instituto real de transparencia.
No muy lejos, en otro reino, había una reina que también quería tocar la Luna. Se llamaba Artemis. Ella hizo lo contrario. En su país había libre expresión y libertad de prensa. Cuando el niño, que ya era famoso, le dijo: “Majestad, el viento va a tirar la torre”, lo sentó a su lado.
"Enséñame", le dijo. "Enséñame dónde hay fallas para construir una torre que funcione". Y por cada crítica que mostraba alguna falla se hacían huecos para aminorar la resistencia al viento.
Algunas voces criticaron la obra, pero ésta se terminó sin sobrecostos. Cuando llegó el viento, su torre emitió silbidos y dejó pasar el viento. ¡¡Resistió!!
Esa noche, desde lo alto de la torre, la reina Artemis y los ciudadanos vieron la Luna de cerca por primera vez.
Moraleja:
El rey que mandó callar el viento nunca llegó a la Luna. Creyó que el poder es mandar a callar.
La reina que escuchó el viento, sí llegó.
La crítica no tira torres. Cancelarla, no las salva. Así termina la historia del rey que odiaba el viento y la reina que aprendió a escucharlo.
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