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El principal peligro es el olvido

Los dos lunes pasados participé en las manifestaciones convocadas por el caso de Ernesto Ruffo Appel. La primera, frente a la delegación de la Fiscalía General de la República en Tijuana. La segunda, una semana después, en las oficinas de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

En la primera acudieron alrededor de 400 personas. Siete días después apenas llegaron unas 150. Ahí entendí que el principal adversario de cualquier causa no siempre es el poder. Con demasiada frecuencia, es el olvido.

Cuando se realizó la primera manifestación, Ruffo llevaba poco más de 72 horas detenido. El tema ocupaba espacios en medios nacionales, dominaba las redes sociales y todavía existía la expectativa de que el jueves siguiente no fuera vinculado a proceso.

Nunca pensé que eso fuera a ocurrir.

Había dos razones. La primera surgió desde la conferencia matutina de la presidenta, cuando afirmó públicamente que existían muchísimas pruebas en contra del exgobernador. Ese pronunciamiento adquiere un peso distinto cuando el proceso apenas inicia y quien lo emite es la titular del Poder Ejecutivo.

La segunda tenía que ver con la propia Fiscalía General de la República. Después de una cadena de episodios que golpearon su credibilidad, un revés en un asunto de semejante impacto mediático habría significado otro golpe para la institución. Finalmente, Ruffo fue vinculado a proceso.

Pero estas dos semanas también dejaron otra enseñanza. El olvido no es el único peligro. Hay otro, igual de peligroso. La partidización de la causa.

El PAN ha salido a defender a uno de sus personajes más representativos. Es lógico. Pero también es cierto que carga con un desgaste que limita la posibilidad de convertir esa defensa en una causa de todos. Para una parte importante de la sociedad, el respaldo del partido fortalece a su militancia, pero difícilmente amplía la solidaridad de quienes hace tiempo dejaron de identificarse con sus siglas.

Algo parecido ocurre con Somos México. Sus liderazgos nacionales han mostrado determinación y congruencia. En Baja California, sin embargo, su presencia sigue siendo más simbólica que social. Su respaldo suma, pero todavía no logra sacar el debate de los círculos políticos.

Mientras tanto, el que parece tener más claro el camino es el propio Ernesto Ruffo. Este lunes, su hija Verónica repitió tres veces el único mensaje que su padre le pidió transmitir. Unidad.

Si este caso queda atrapado entre partidos, terminará beneficiando a quienes hoy detentan el poder. Si logra convertirse en una exigencia de respeto al debido proceso, entonces su alcance será mucho mayor que el destino jurídico de un solo hombre.

Hay otro vacío que preocupa. La ausencia de jóvenes.

Este lunes volvieron a predominar exgobernadores, exfuncionarios y muchos de quienes protagonizaron la transición democrática hace 37 años. Su presencia tiene un enorme valor histórico. Pero las nuevas generaciones no estuvieron ahí.

Sin ellas será muy difícil sostener esta discusión. El poder sabe administrar los tiempos. Espera que llegue el siguiente escándalo, la próxima crisis o la nueva polémica para que la atención pública cambie de rumbo.

Si el caso Ruffo termina siendo únicamente la causa del PAN, de Somos México o de un grupo de amigos, ya habrá perdido. Si logra convertirse en la defensa del debido proceso para cualquier ciudadano, entonces habrá trascendido al propio Ernesto Ruffo. De eso dependerá que este caso haga historia o termine siendo apenas otro expediente más.

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