“Cuando las palabras pierden su significado, el pueblo pierde su libertad”, Confucio
Hay un poder más grande que el poder de hacer leyes. Es el poder de decir qué es verdad y qué no lo es. Eso es el control epistemológico: la capacidad de dominar, moldear y validar qué se considera como "conocimiento verdadero". Y es lo que estamos viviendo en México, la capacidad del Estado para dominar, moldear y validar este “conocimiento”. No es censura. Es algo mucho más sofisticado. Es el monopolio de la validación. Antes, la verdad se validaba entre muchos -las universidades, la ciencia, la prensa libre, el poder judicial, la experiencia de los ciudadanos- y se hacía transparente. Hoy se impone una única ventanilla de validación: el Poder Ejecutivo. Si lo dice la mañanera, es verdadero. Si no lo dice, no existe. Si lo contradice, es falso. Ese monopolio es mortal para la democracia liberal. Porque ésta vive de que nadie tenga el monopolio de la verdad. En el momento en que una persona decide qué es el “conocimiento verdadero” y no hay réplica, la democracia muere.
Esto sucede cuando el Estado opera el control de la cultura, la modificación del lenguaje, la búsqueda de la hegemonía cultural, asuntos que explicaba Gramsci, el maestro de este régimen, aunque nunca lo citen. En sus “Cuadernos de la cárcel”, escritos entre 1929 y 1935, explica cómo una clase social dominante logra mantenerse en el poder no sólo mediante el control político, sino a través del consenso y la dirección cultural de la sociedad. La hegemonía gramsciana abarca todo el espacio cultural, moral, las costumbres y el sentido común. El control de las palabras con las que la gente piensa implica controlar lo que puede pensar. Es lo que Orwell llamó “neolengua”. Fijemos la atención en la operación lingüística de los últimos ocho años: No es corrupción, es "aportación". No es clientelismo, es "apoyo al pueblo". No es censura, es "derecho de réplica". No es militarización, es "apoyo a la seguridad". No es incompetencia, es "herencia neoliberal”. Se cambia el lenguaje para que no se pueda ni siquiera nombrar lo que pasa, ni siquiera para describir los agravios. Es un pueblo indefenso.
Eso es el control cultural: no se prohíbe hablar, pero se obliga a hablar sólo con las palabras del poder, y entonces, se pierde el debate sin saberlo.
El Estado y la clase gobernante, sostenía Gramsci, utilizan el binomio dominación (coerción)-hegemonía (consenso) para mantener el orden social: la coerción, a través de la sociedad política (uso de la fuerza, leyes) y el logro del consenso, a través de la sociedad civil, que asume, normaliza y se conforma. La revolución de las conciencias pretende adueñarse de estas dimensiones. Mientras que el uso de la fuerza es más visible para la sociedad mexicana, el consenso es lo que pocos ven. Es construir la noción de que el Estado tiene razón. Que los subsidios son justicia. Que la obediencia es lealtad a la patria. Que pensar distinto es traición, es imperialista. Es la caricia que justifica el garrote. Dominación y hegemonía juntas, acaban con la democracia liberal en la cual la fuerza esté limitada por el Imperio de la Ley. ¿Qué queda? Lo que Hayek predijo: un pueblo que no solo obedece por miedo, sino que obedece por una convicción fabricada. Un rebaño con querencia por su corral. Romper este monopolio sólo se logra con otra epistemología: el valor de volver a llamar a las cosas por su nombre y actuar en consecuencia.
Recomendar Nota
