Armando Luna Franco
En la misma semana donde Roger Bartra declaró la extinción de la izquierda mexicana, falleció Cuauhtémoc Cárdenas, otrora líder de la izquierda partidista y candidato presidencial en tres ocasiones (1988, 1994, 2000). Es una de esas coincidencias tétricas, pero reveladoras. Más que una elegía trillada o una revisión aburrida de lo que ya sabemos, quiero indagar sobre esta coincidencia que me intriga. El hombre muere, sin embargo, ¿también podemos considerar muerto el proyecto que encabezó? Me niego a verlo así.
La izquierda, partidista o no, precede al ingeniero. Contra la historia que ahora cuentan en su memoria, Cuauhtémoc no fue el factor de unificación de las izquierdas en 1988. La fractura de la Corriente Democrática con el PRI y su candidatura fueron motivo de discusiones al interior de los partidos de izquierda, quienes ya se encontraban en un proceso de unificación. Desde que entró en vigor la reforma electoral de 1977, las izquierdas partidistas obtuvieron modestos triunfos legislativos, pero su condición era precaria. Por eso, la unificación estaba en la mesa para las elecciones de 1988.
Cabe recordar los partidos de entonces: el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), segunda transformación del Partido Comunista Mexicano y heredero de la tradición socialista posrevolucionaria. El Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), escisión trotskista que postuló a la primera candidata a la Presidencia de la República en 1982: Rosario Ibarra de Piedra. El Partido Socialista de los Trabajadores (PST), fundado en 1975 y que se transformaría en el Partido del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional en 1988. Finalmente, estaba el Partido Mexicano de los Trabajadores (PMT), encabezado por Heberto Castillo.
Tanto Heberto como Cuauhtémoc coincidieron en su juventud en el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), la organización encabezada por el general Lázaro Cárdenas. El MLN fue un espacio de la izquierda nacionalista revolucionaria con motivo de la defensa de Cuba, tras la invasión de Bahía de Cochinos en 1961. Sin embargo, el Movimiento rápidamente evolucionó en un espacio para que las izquierdas mexicanas plantearan una reforma al régimen posrevolucionario, que consideraban distanciado de su compromiso social.
El camino de los ingenieros fue muy distinto: tras el apoyo del general Cárdenas a la candidatura de Gustavo Díaz Ordaz, Castillo quedó a la cabeza del MLN. Cuauhtémoc se incorporó al régimen y Heberto siguió en la lucha social y política desde las izquierdas nacionalistas revolucionarias. Para 1986, año de nacimiento de la Corriente Democrática, ambos dirigentes se encontraban en polos distintos defendiendo un mismo proyecto: la justicia social de la Revolución mexicana. Uno desde el PRI, el otro desde el PMT, pero al final convergerían en la elección presidencial de 1988.
La llegada a ese punto fue tensa. Tras las elecciones de 1985, y en medio de una aguda crisis económica profundizada por las políticas de ajuste neoliberal en México, las izquierdas partidistas sabían que debían construir sobre lo poco que habían ganado. La movilización urbana popular se intensificó en la Ciudad de México tras los sismos de septiembre de ese año y en 1986 ocurrió el fraude electoral contra el Partido Acción Nacional en Chihuahua. La Corriente Democrática representaba la principal ruptura al interior del PRI en 35 años. El PSUM, el PST, el PRT y el PMT tenían frente a sí las condiciones para impulsar un cambio político sin las capacidades y recursos para encabezarlo.
Aunque Castillo era un líder carismático, eficiente y popular, su mayor logro fue llegar a una diputación por representación proporcional en las elecciones de 1985. Ibarra de Piedra contaba con una legitimidad y apoyo indiscutidos como líder del Comité ¡Eureka!, en búsqueda de su hijo Jesús Piedra Ibarra y las personas desaparecidas durante la Guerra Sucia en México. Pero el PRT era un partido marginal, más testimonial incluso, así que era difícil. El PSUM, como el principal partido político entre ellos, abriría la puerta de la unificación.
Así, el 29 de marzo de 1987 nació el Partido Mexicano Socialista (PMS), con la unión del PSUM y el PMT. Ni el PRT ni el PST se integraron, pero fueron partícipes de las discusiones. Por primera vez, la izquierda aceptaba que la vía electoral era más efectiva en un frente común, no fragmentado. A la par de este proceso, Cuauhtémoc Cárdenas fue postulado por militantes priistas como candidato presidencial el 3 de julio de 1987 y, tras la postulación de Carlos Salinas como candidato oficial del partido en octubre de ese año, se formalizó la salida de la Corriente Democrática.
El Partido Auténtico de la Revolución Mexicana postuló a Cuauhtémoc como candidato presidencial, mientras que el PRT anunciaba que no haría suya esa candidatura y presentaría de nuevo a Ibarra de Piedra. Por su parte, el PMS decidió por Castillo, quien dedicó sus primeros meses de campaña a criticar las credenciales revolucionarias de Cuauhtémoc. Así quedó el escenario de las izquierdas de cara a la elección de 1988. Entre noviembre de 1987 y mayo de 1988, la disputa se llevó al territorio, donde Heberto y Cuauhtémoc se enfrentaban. Sin embargo, rápidamente fue claro que el apoyo del segundo rebasaba con creces al del primero.
Al final, Heberto declinó a favor de Cuauhtémoc en mayo de 1988, mientras que Rosario no lo hizo. Integrado el PMS al Frente Democrático Nacional (FDN), la izquierda presentó una candidatura unificada para disputarle al PRI el poder, con posibilidades reales de éxito. El resto de la historia ya lo conocemos, pero es importante rescatarlo para señalar lo siguiente: Cuauhtémoc llegó a la izquierda como un factor de división, no de convergencia. El peso de su apellido, junto a la escisión que encabezó junto a Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, sirvió para darle experiencia programática a una izquierda hasta entonces desarticulada.
Su labor para la izquierda fue importante después de la elección, pues sirvió para fundar el Partido de la Revolución Democrática (PRD), y su liderazgo fue clave para que aquella consolidación en el FDN no se perdiera tras 1988. Tras 25 años de militancia, Cárdenas renunció al PRD en 2014, al mismo tiempo que Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) surgía como el nuevo partido de izquierda mexicana. Era el último miembro que quedaba de aquel momento fundacional del partido, pero su legado persistió, sin proponérselo, en Morena.
El peso del liderazgo personal, los resultados electorales antes que la coherencia programática, la falta de institucionalización que alimenta el conflicto interno: los problemas que ahora vemos en el Morena son parte del legado del ingeniero para las izquierdas mexicanas. Su liderazgo se desgastó paulatinamente tras la fundación del partido en 1989, y para el año 2000 había cumplido su ciclo. Con el ascenso de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), Cuauhtémoc quedó relegado a la figura triste del liderazgo moral, que también decaería conforme el PRD quedaba relegado de las izquierdas partidistas ante el ascenso de Morena.
En el último tramo de su vida política, era más un mentor, un sabio de un mundo ajeno. Aunque tuvo un acercamiento con el oficialismo en este sexenio, ya no era bajo la misma figura de un liderazgo de izquierda. La trayectoria de Morena, aunque evoca ese legado que mencioné, es más hechura del propio AMLO, una figura que aprovechó la escisión del partido para encontrar su lugar en esa izquierda partidista. Cabe preguntarse si una reconciliación de Cuauhtémoc con AMLO habría servido para evitar la supuesta extinción de la izquierda anunciada por Roger Bartra. Lo cierto es que ni su muerte es un simbolismo ni verificación de esa extinción.
Más allá de la crítica precedente, es innegable que Cuauhtémoc, antes que Cárdenas, logró algo que le deben las izquierdas mexicanas. Sin esa unificación en un partido, sin haber demostrado que la vía progresista hacia la justicia social era posible, no habría habido posibilidad de tener una izquierda más allá de los partidos. La organización social, desde el sindicalismo hasta los movimientos estudiantiles, pasando por el neozapatismo y la defensa de la tierra, encontraron en el sistema político de finales de siglo un espacio fértil para incidir gracias a la normalización de la lucha social en la política nacional. Y más allá de sus fallas como líder de partido, fue esa irrupción intempestiva en 1988 lo que abrió un espacio para reivindicar la justicia y el bienestar social en nuestro país.
*Armando Luna Franco. Ensayista y articulista especializado en política mexicana y pensamiento político contemporáneo. Escribe para Animal Político y Revista Común.
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