Pedro Derrant
La mejor parte de sostener una opinión equivocada sobre literatura es encontrar el libro que obligue a uno a reconsiderar. Son pocos, pero son. Hasta hace no mucho, si alguien me hubiera preguntado cómo distinguir un mal poema, es probable que yo hubiera hecho una lista que consignara, entre otros axiomas igualmente arbitrarios, una paronomasia efectista que creo haberle robado a Hernán Bravo Varela, una tarde en que platicamos sobre la infame poesía de la experiencia: “no hay que contar, hay que cantar”. Y así hubiera seguido yo, feliz, escupiéndoles esa fórmula en la cara a los incautos que quisieran escucharme, de no ser porque Claudina Domingo publicó hace poco un libro que ha supuesto la magnífica refutación de esta idea.
Desde que el mundo es mundo, ha habido poesía narrativa, eso no lo discuto. Tampoco necesito que me recuerden que casi cualquier literatura del mundo proviene de las epopeyas, no es exactamente a eso a lo que me refiero. Nunca he pretendido montar un caso en contra de los poemas que son el relato de un hecho, sino de aquellos que se rinden ante la narratividad. Me explico. Cuando digo ‘poema’, pienso en la definición que de él ha hecho Mario Montalbetti: una aberración significante, un artefacto que se resiste a hacer signo. En cambio, cuando digo ‘narratividad’, pienso en lo contrario: en la pulsión de significar a través de la creación de una trama. Contar y cantar son, pues, términos opuestos: cuando contamos, renunciamos a las dimensiones más monstruosas del lenguaje, a aquellas que podrían volvernos incomprensibles, porque creemos que es posible y hasta deseable comunicar; cuando cantamos, nos internamos en las regiones más oscuras del idioma, nos abandonamos a las sugerencias irracionales de su forma, sin importar que en el camino nos volvamos oscuros, porque sabemos que de todos modos es una utopía alcanzar la comprensión. Así, un buen poema sería aquél en que contar<cantar y un mal poema aquél en que contar>cantar.
Y, sin embargo, heme aquí que estoy enfrente de Reconquista del Reino de Kaan (UANL, 2025): un libro que no tengo empacho en calificar de excelente, pero que está tan poco interesado en disimular su narratividad que por momentos uno se pregunta si no está leyendo un libro de memorias en verso. Es más, si hiciéramos el ejercicio de asignar a cada poema el punto que le corresponde sobre un mapa, veríamos aparecer el itinerario de un viaje que se interna en la Península de Yucatán: primero bordeando el Golfo de México (el puerto de Veracruz, Villahermosa, Paraíso, la Región de los Ríos en Tabasco) y luego trazando una espiral que culmina en el epicentro de la región histórica de los mayas (Palenque, Uxmal, Chichén-Itzá, Tulum, Chetumal, Calakmul). Pero, si acaso fuera poco con que el libro esté organizado como una expedición que avanza linealmente, la voz que habla en los poemas está más cerca del tono de la crónica:
regresas al sesgo del ahora: de pie en la Plaza de Armas (diminuta plaza de arma)
observas la parroquia (edición minúscula de un templo)
junto a una heladería y su toldo decorado
con naranjas y azules (infantiles también):
es (piensas) como si una infancia absoluta se hubiera vaciado en la ciudad:
junto al monstruoso y viejo Grijalva se alza una ciudad inclinada a lo pueril
que busca proteger el algodón de azúcar de sus nubes del agua voraz
luego das con algo sepultado (mucho tiempo lo creíste un sueño):
en un edificio nuevo te aferraste al regazo de tu madre mientras por la pantalla
(en el recuerdo nunca supiste o quisiste saber que se trataba de ficción)
te anegaban el frío de los cometas (la negrura primera del espacio exterior)
(“La ciudad de juguete”, p. 18)
Aunque de pronto, luego de versos y versos en los que sólo pasan cosas —es decir: en los que no pasa nada—, Domingo aprovecha el descuido del lector para soltar una línea que desborda la narración y la convierte en algo más:
(en el recuerdo nunca supiste o quisiste saber que se trataba de ficción)
te anegaban el frío de los cometas (la negrura primera del espacio exterior)
la hemorragia de las estrellas del planetario
(Ídem)
Ese vaivén tramposo (lo digo en el mejor de los sentidos) construye de a poco un tercer lugar que no es la narración y no es el canto. Reconquista del Reino de Kaan tiende al lector el anzuelo de linealidad y progresión episódica del relato, para luego desmantelar secretamente esos pilares. Así, el libro niega una adscripción plena a la lírica —de ahí que haga vacilar el postulado inicial—, pero tampoco se entregue por completo a la narratividad. Más que tratarse de un feliz accidente de hibridación tonal, creo que la apuesta poética de Domingo está en la deliberada creación de ese territorio. Un par de páginas antes, en el mismo largo poema “La ciudad de juguete”, la voz plantea explícitamente el problema en estos términos:
(ahora) cuando el malecón del río irrita el nervio del recuerdo
comienzas a pensar que razonar no es suficiente (la narrativa es demasiada)
si lo que te reclama para su carne de agua es una dicción de agua:
abajo (sereno en el paréntesis de enero) está el herrumbroso Grijalva
(p. 16)
Domingo sabe que la materia del libro, el relato de un viaje al interior de la tierra en busca del elusivo país natal, excede (“la narrativa es demasiada”) las capacidades del poema como lo entendemos hoy. Tiene, entonces, que inventarse una nueva narratividad (“una dicción de agua”). No se trata sólo de asumir el agua como leitmotiv (aunque sí), sino sobre todo de adoptar su ductilidad. De ahí que sinuosamente vaya del cantar al contar, que acuda al versículo que desborda el margen y cree un dibujo desbordado en el que es difícil advertir dónde termina una estrofa y dónde empieza la otra. De ahí que prescinda por completo de toda puntuación que organice sintácticamente: no hay puntos, comas, ni punto-y-comas; los paréntesis, los guiones, los puntos suspensivos y los dos puntos que se permite son siempre marcas fonéticas, pausas, nunca ordenadores del discurso. De ahí que los poemas crezcan y crezcan hasta sugerir que, más que composiciones individuales, son apartados de un poema largo. No soy el único en haber tenido esta intuición: Brenda Ríos ya señaló en su reseña para Letras Libres que “Claudina Domingo construye un libro que se inscribe en la tradición del poema extenso mexicano”.
Hay algo más que decir al respecto. Si admitimos que Reconquista del Reino de Kaan es, de hecho, un poema largo, cuya materia rebasa las capacidades de la lírica como la entendemos en el presente, que postula, además, una tercera ruta (contar=cantar), entonces es imposible no sentir que estamos a las puertas de la epopeya. Ya el puro título señala esa dirección, sin embargo, como bien advirtió hace más de un siglo Ramón López Velarde, “el instante actual del mundo, con todo y lo descarnado de la lucha, parece ser un instante subjetivo. ¿Qué mucho, pues, que falten los poetas épicos hacia afuera?” (“Novedad de la Patria”). Reconquista del Reino de Kaan es, sí, un cantar de una gesta, pero de una gesta subjetiva, la reconquista de un reino interior a través de una excursión exterior.
Por demás está decir que ni el heroísmo ni los grandes ideales tienen lugar en esta epopeya del siglo XXI. No sólo sería imposible, sino hasta ridículo idealizar un territorio invadido por plataformas petroleras y hordas de turistas. Algunos de los mejores momentos del poema son, de hecho, los que asumen con toda firmeza este descreimiento:
(una llama pequeñita cuyo último nombre siempre se escapa)
y el mar con su boca abierta y sus babas de sargazo cuenta la mentira del mundo:
que el mar es una casa
que el padre es ancla espejo y horizonte
que las playas son doradas
que no hay más pozos que los pozos petroleros
(“Pozos petroleros”, pp. 22-23)
¿quién nos vendió la idea de que la belleza hace la belleza?
¿quién nos endilgó la leyenda de que la luz está cantando en la belleza?
he llegado hasta aquí para respondernos:
“una jaculatoria no es un canto
la única canción viene de mar adentro (en la boca del ciclón)”
(“Prisión abierta”, pp. 45-46)
Tal vez el clímax del libro sea la penúltima sección, “Prisión abierta”, en la que la voz poética consigue llegar, finalmente, a la tierra en que nació su padre. No sorprende que ahí, en el momento de mayor tensión, concurra de nuevo el problema de la narratividad, el centro teórico sobre el que creo que se construye todo este libro:
¿no hemos sido lo bastante aleccionados y premiados por ser tú el padre y yo la hija?
escucha (padre): esas voces que cantarán hasta el amanecer no se han dado cuenta
que ni tú ni yo deseamos ser Éstos
no entienden que somos (nada más) el aserrín de las caobas
y que si hemos tenido que representar estos papeles
es porque la vida es más narrativa que poesía
(escucha padre) está cantando nuestro teatro
(Ibídem, p. 56)
Tal vez por eso mismo, porque se niega a diluir el relato en la pura opacidad del canto pero tampoco se resigna a ser una simple crónica en verso, el libro de Domingo desafía nuestras categorías más cómodas. Reconquista del Reino de Kaan, con su insólita dicción de agua, desarticula la sintaxis y confunde las fronteras entre la memoria, el sueño y el viaje, logrando que la narratividad no sea una claudicación ante el significado: más bien una forma superior de extrañamiento. Al final, lo que Domingo nos entrega no es el vestigio anacrónico de una épica exterior e insostenible en el presente, sino una vibrante epopeya hacia adentro, un descenso a las cavidades del propio ser donde la poesía demuestra que todavía es capaz de conquistar aquello que nos es más propio y, al mismo tiempo, radicalmente inaccesible. Porque en este territorio anfibio, donde el poema adopta la forma de un caudal ininterrumpido que prescinde de diques y pausas convencionales, el poema se convierte en algo más, en una rareza luminosa que nos descoloca y nos obliga a revisar nuestras certezas teóricas. Contra todo pronóstico, contar y cantar pueden fundirse en una misma y perturbadora belleza.
*Pedro Derrant. Poeta y ensayista. Publicó la colección de poemas Catábasis (Summa, 2023). Ha colaborado con Revista de la Universidad, Paraíso. Revista de poesía, Tierra Adentro y Ærea.
@pedro_derrant
Recomendar Nota
