Miguel Cane
Esta no es una crítica al uso, ninguna de las que verán en este espacio lo es. De hecho, quisiera, si me lo permiten, que sea más una reseña de sobremesa, de ésas en las que alguien comete el error de mencionar que fue al cine el fin de semana pasado. Digo error, claro, como asumiendo que una película de ciencia ficción de Hollywood podría generar una conversación interesante.
Nada de eso.
Proyecto fin del mundo (Project Hail Mary, 2026) es la clase de monstruo caprichoso que no sólo se cuela en la conversación, sino que la secuestra, la desmonta y la reconstruye alrededor de la amistad entre un profesor de ciencias con problemas de autoestima y una roca extraterrestre más optimista que él.
No soy afecto a las películas de ciencia ficción, nunca lo he sido (lo mío es más el suspenso y el terror que ahora se llama “elevado”, aunque no entiendo ese esnobismo) pero al final de los 157 minutos de película no sólo me sentí entretenido: estaba genuinamente conmovido.
La película entera descansa sobre los hombros de Ryan Gosling, quien es, en esta opinión, uno de los mejores y más versátiles intérpretes de este siglo: el equivalente en carisma y talento de un clásico como James Cagney (aunque sea veinte centímetros más alto). Normalmente ver a un actor frente a una cámara resolviendo problemas de química orgánica durante dos horas sería la receta perfecta para curar el insomnio.
Pero Gosling tiene algo que ya se creía extinto en las estrellas contemporáneas: carisma de vieja escuela. No el que se anuncia con tráiler, sino el que se filtra en el espectador y conquista. Hay momentos en que frunce el ceño como Kirk Douglas justo antes de soltar una frase lapidaria. Hay otros en los que se queda en silencio, mirando la nada, con esa decencia cansada de Gregory Peck en sus mejores días. Además están los momentos en que sonríe apenas y, por un segundo, es Robert Redford en The candidate, sabiendo que va a perder pero divirtiéndose en el intento.
Gosling no es un héroe de película espacial. Es un profe de secundaria. Un tipo desorganizado, con una autocompasión que en otros actores sería insoportable y en él resulta entrañable. Cuando las cosas se ponen mal —y se ponen mal de maneras que no pueden detallarse sin arruinar la experiencia—, su reacción no es la pose estoica de Matt Damon (otro everyman) en The martian, sino una mezcla de pánico genuino, cálculo desesperado y, eventualmente, una carcajada que suena a "bueno, ya qué más da". Esa carcajada es la llave de todo.
Hay una escena temprana que merece un análisis aparte. Ryland Grace, el personaje de Gosling es "convencido" (usemos ese verbo con generosidad) para participar en la misión. Y el método de convencimiento es una persecución. No una persecución dramática al estilo Bourne, sino una persecución chapliniana: torpe, con obstáculos domésticos, escape por la ventana y el protagonista literalmente arrastrado por el piso. Es slapstick puro. Un homenaje a la comedia física de los hermanos Marx metido en una película donde el sol se está apagando y el mundo está al borde del colapso. Esa escena dice todo lo que necesita saberse sobre el tono de la película. Aquí nadie se toma demasiado en serio. Aquí los héroes son arrastrados como costales.
Hablando de tono: Sandra Hüller, magnífica como la comandante Eva Stratt, tiene un momento de karaoke que merece una ovación aparte. En medio de la tensión global, mientras el mundo se prepara para el fin, ella se planta frente a una pantalla y canta —con una mezcla de vulnerabilidad y desafío— una canción de Harry Styles que nadie esperaba. No hay spoiler en decir que esa escena resume toda la filosofía de la película: el humor como escudo, la humanidad como aquello que persiste incluso cuando todo lo demás se derrumba. Hüller, que nos puso la piel de gallina probándose un abrigo de mink usado en La zona de interés canta deliberadamente mal, pero con una propiedad que roba la escena. Es un pequeño milagro de actuación.
Ahora, si me permiten, hago una digresión que tiene mucho que ver con la trama: en 1975, un tipo llamado Gary Dahl inventó la “Piedra Mascota”. Una piedra lisa, comprada en una ferretería, metida en una caja con orificios de ventilación (falsos) y un manual de instrucciones (absurdo). Vendió más de un millón en cuestión de meses. La gente la cargaba al cuello. Le ponían nombre. Era un fenómeno de masas fundado sobre la más pura tontería.
¿Por qué traer esto a colación? Porque Proyecto fin del mundo captura esa misma energía pero al revés. La Piedra Mascota era un objeto inanimado al que los humanos le regalaban alma. La película presenta un elemento —Rocky, "el amigo extraterrestre"— que es, en apariencia, una roca con patas y un sistema de comunicación rudimentario. La magia consiste en que esa roca termina por tener más personalidad que la mayoría de los personajes secundarios humanos vistos en lo que va del año. Habla con un tono que parece una computadora de los ochenta atorada entre dos frecuencias. Tiene rituales. Tiene miedos. Tiene, y esto es lo que noquea, una ética del trabajo que avergonzaría a cualquier gerente de recursos humanos.
La fiebre de la Piedra Mascota funcionó porque la gente necesitaba amar algo simple. La película entiende eso: en medio de una crisis que amenaza con extinguir toda vida en la Tierra, lo que termina importando no es la tecnología de punta, sino la posibilidad de establecer un vínculo con lo radicalmente diferente. Con lo que no se entiende. Con lo que al principio parece una molestia y luego se convierte en la razón para levantarse cada ciclo de sueño.
El resto del elenco cumple con eficacia, pero sin robarle el protagonismo a la dupla central. Sandra Hüller ya fue mencionada; baste agregar que su Stratt es una de esas figuras de autoridad que convencen y extrañamente agradan. En los breves pero memorables papeles de los científicos latinos que colaboran en el proyecto, aparecen Tenoch Huerta y Wagner Moura, ambos con apenas unas líneas de diálogo pero con una presencia que recuerda que el talento no necesita minutos de pantalla para dejar huella. Moura, en particular, como el rey de la escena que es, tiene un momento de exasperación contenida que provoca más risas que muchos comediantes de tiempo completo.
La gran revelación, sin embargo, es James Ortiz, un actor teatral que presta su cuerpo y su voz (procesada hasta volverse casi irreconocible) a la criatura extraterrestre. Ortiz nunca sale de un traje de captura de movimiento, nunca muestra su rostro, y sin embargo entrega la interpretación más cálida y carismática de toda la película. Hay un momento en que su personaje emite tres sílabas repetidas —amaze, amaze, amaze— y la sala entera se derrite como un helado en el desierto.
El trabajo de guion de Drew Goddard —el mismo de The martian, parece tener el manual de instrucciones para adaptar a Andy Weir— es aquí digno de alabanza: una novela cuya acción sucede en la cabeza del protagonista, llena de diálogos internos y ecuaciones (Virginia Woolf y Asimov en una taza de té) que son una pesadilla logística. La solución de Goddard y los directores Phil Lord y Christopher Miller es elegante: no eliminan la ciencia: la celebran. Pero lo hacen a través de la acción y la emoción.
La secuencia en que Grace y Rocky tienen que comunicarse por primera vez a través de un vocabulario de sonidos y experimentos visuales es una de las mejores escenas de "primer contacto" jamás filmadas (ni Spielberg en E.T. consiguió algo así). Es torpe, frustrante, científicamente rigurosa y profundamente conmovedora.
Vivimos en la era de las narrativas depresivas. Todo debe ser "oscuro", "realista", "complejo". Los héroes deben tener traumas irresolubles. Los finales felices son para niños. Proyecto fin del mundo toma ese concepto y lo lanza por la escotilla de emergencia. La película es tozudamente optimista.
No se trata de un optimismo chantajista ni ingenuo, sino uno que se gana a través de fracasos secuenciales. Cada vez que algo sale bien, antes salieron mal tres cosas. Cada solución es provisional. Sin embargo, la película insiste en que vale la pena intentarlo. Insiste en que dos individuos de especies distintas, que no comparten un solo átomo de historia evolutiva, pueden aprender a ayudarse mutuamente con más eficacia que todos los comités internacionales juntos. Eso, en 2026, se siente casi como un acto de rebeldía.
La película, como la novela, tiene plétora de guiños a los Beatles; en la cinta suena "Two of us", nada menos, que, sin revelar cuándo ni cómo ni por qué, provoca en la sala un suspiro colectivo como si se hubiera encontrado una carta de amor debajo de un sillón. No es un guiño gratuito. Es entender la canción: "You and me Sunday driving / Not arriving / On our way back home". La amistad como viaje, no como destino.
Aquí se entra con escepticismo, se sale con una fijación inexplicable por una piedra extraterrestre. Proyecto fin del mundo no es la película de efectos más cerebral del año, pero es la más humana. En estos tiempos, eso vale más que todos los premios Óscar juntos.
Si se ve, que sea en la pantalla más grande posible. Quédense hasta el final del todo, no por una escena post-créditos —ese vicio explotado de Marvel— sino porque la última imagen merece unos segundos a solas, antes de volver a este mundo caliente y ruidoso donde el sol todavía brilla.
Miguel Cane. Escritor, dramaturgo, crítico y periodista cinematográfico con 30 años de carrera. Su último libro es Liliput (Gato Blanco, 2025).
@AliasCane
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