Pasamos tanto tiempo analizando el presente de nuestro país, recordando el pasado, adivinando el futuro; hablamos de lo que queremos para nuestros hijos, tratamos de forjar algo mejor y, en realidad, muchas veces dejamos de hablar de lo más importante que tenemos en el país: su gente.
He tenido diversas facetas profesionales en mi vida; también personales. He conocido muchas ciudades y poblaciones de México y, en todas ellas, siempre encuentro un común denominador: el esfuerzo de todos los días de tantas personas para poder llevar alimentos, techo, salud y educación a sus familias.
En megalópolis como la zona metropolitana de la Ciudad de México la vida empieza de madrugada, donde las personas preparan a sus hijos e hijas para la escuela; después, horas de filas y hacinamiento en transporte público para llegar a sus centros de trabajo donde permanecen en su jornada ordinaria de 8 horas. Luego largas filas para abordar y transbordar el transporte para regresar a casa y atender las labores que, cada quien, asume en el hogar. Todo esto sin considerar las tensiones y presiones que ocurren en los centros de trabajo, la dificultad de la función desempeñada, la calidad personal de los jefes y patrones, la dificultad de encontrar médicos u obtener medicinas, etc.
Sin rigor científico me atrevo a sostener que veo una mayoría de mujeres en la descripción diaria que acabo de relatar. Madres trabajadoras que se encuentran muy lejos de la política, los tratados comerciales, las relaciones internacionales, las conferencias mañaneras, la nota roja o el chisme de pasillo. Realizan su rutina diaria con enorme tesón y voluntad. No pierden su bondad, su capacidad de amar, su empatía, su ánimo.
A ellas las veo con escudo y capa, como las heroínas de mi generación; tienen una fuerza titánica, simplemente no se dejan vencer.
También hay muchos hombres que llevan un ritmo de vida similar. Tratan de proveer a su familia, muchas veces más de una, con lo necesario para tener algo de dignidad en una sociedad que es difícil que la entienda y la valore.
En estos momentos, en estas circunstancias, ellos también son superhombres.
He tenido la gran oportunidad de conocer y estar cerca y rodeado de muchas personas así, que con su esfuerzo, talento, trabajo y entrega han hecho que mis realizaciones personales fueran más fáciles de alcanzar. Espero que mi esfuerzo haya hecho el de ellos y ellas más fácil.
Lo que haga México, lo que hagan sus autoridades, lo que hagamos como sociedad sólo debe tener como objetivo reconocer el enorme esfuerzo de la gente y, por lo menos, intentar hacer su vida algo más fácil. No debería ser tan difícil realizarse en lo personal y en lo profesional. El esfuerzo es lo que debe reconocerse y, a partir de ese reconocimiento, la sociedad desarrollarse.
Mientras tanto, hoy y aquí yo hago mi reconocimiento a esos héroes y heroínas. A los que conozco y a los que no. A los que están y a los que se fueron. Simplemente, gracias.
