El golpe más severo vino de los votantes latinos, a quienes había conseguido atraer en 2024 y que ahora le dieron la espalda
El golpe más severo vino de los votantes latinos, a quienes había conseguido atraer en 2024 y que ahora le dieron la espalda

Donald Trump no sólo perdió el Congreso de Estados Unidos. Comenzó a perder la coalición electoral que lo devolvió a la Casa Blanca hace dos años. Y el golpe más severo vino de los votantes latinos, a quienes había conseguido atraer en 2024 y que ahora le dieron la espalda.
Un análisis de Reuters publicado ayer revela que, en 64 condados de mayoría latina, los republicanos perdieron 14 puntos porcentuales respecto de la votación presidencial de 2024. En el condado de Hidalgo, Texas, fronterizo con México, la caída fue de 25 puntos. En Miami-Dade, Florida, donde Trump había ganado hace dos años, retrocedieron 10 puntos.
La política de deportaciones masivas, el encarecimiento de la vida y la guerra con Irán contribuyeron a romper la alianza electoral que hizo posible su regreso al poder.
Pero la magnitud de la derrota va mucho más allá de los latinos. Según Reuters, los republicanos perdieron terreno en 99 por ciento de los aproximadamente 2,200 condados estadounidenses donde el escrutinio estaba prácticamente concluido el miércoles.
Perdieron en zonas ricas y pobres, en ciudades y suburbios, entre jóvenes y adultos. Incluso en territorios que parecían inaccesibles para los demócratas.
La consecuencia política es inmediata: Trump tendrá que gobernar los dos últimos años de su mandato con ambas cámaras del Congreso en manos de sus adversarios, facultados para bloquear su agenda legislativa, investigar a su gobierno y someter a escrutinio las decisiones de la Casa Blanca.
El golpe más significativo ocurrió en Texas, segundo estado más poblado del país y principal bastión electoral republicano.
Gina Hinojosa derrotó al gobernador Greg Abbott y se convirtió en la primera mujer latina elegida gobernadora de Texas. Su victoria puso fin a 36 años de control republicano de la gubernatura.
En la elección para el Senado federal, James Talarico derrotó al republicano Ken Paxton por aproximadamente 12 puntos. Texas no elegía a un senador demócrata desde 1988.
La importancia de estas victorias trasciende las fronteras estatales. Texas aporta 40 votos al Colegio Electoral que elige al presidente. Si los demócratas logran consolidar sus avances, la elección presidencial de 2028 podría disputarse sobre un mapa político radicalmente distinto.
El terremoto alcanzó también a Kansas, que eligió a su primer senador demócrata en 94 años, y a Ohio, donde el demócrata Sherrod Brown derrotó a los republicanos en un estado que Trump ganó tres veces.
Los demócratas recuperaron además gubernaturas en estados tradicionalmente conservadores, como Iowa y Ohio.
Durante la campaña, Trump pidió reiteradamente a los estadounidenses que votaran como si su nombre apareciera en las boletas.
Los electores atendieron su petición, pero no como esperaba.
Las encuestas de salida mostraron que casi nueve de cada diez votantes consideraban el costo de la vida un asunto importante o decisivo. Cerca de dos tercios responsabilizaron al presidente por los precios elevados.
La guerra contra Irán, iniciada en febrero, agravó el malestar por el aumento de los combustibles. Las controversias sobre corrupción y el rechazo a la política migratoria contribuyeron al voto de castigo.
La derrota alcanzó también a candidatos promovidos personalmente por Trump y a distritos cuyos límites habían sido modificados por los republicanos para favorecer sus posibilidades electorales.
Ni el respaldo presidencial ni las enormes sumas invertidas en las campañas consiguieron detener la oleada demócrata.
La nueva mayoría demócrata en la Cámara de Representantes y el Senado cambia las condiciones del poder en Washington.
Los demócratas podrán convocar a funcionarios, exigir documentos, abrir investigaciones y bloquear iniciativas legislativas de la Casa Blanca.
También tendrán capacidad para impedir nombramientos presidenciales que requieran aprobación del Senado, incluidos los de magistrados de la Suprema Corte.
Trump conservará su facultad de veto y amplios poderes ejecutivos, particularmente en política exterior. Por tanto, la victoria demócrata no significa que el presidente quede políticamente inmovilizado.
Pero sí termina la etapa en que podía contar con mayorías legislativas de su propio partido.
El escenario abre la posibilidad de investigaciones sobre el manejo de recursos públicos, contratos gubernamentales, conflictos de interés y decisiones de política exterior.
Europa espera que la nueva mayoría legislativa impulse un mayor apoyo militar y financiero a Ucrania, mientras que la derrota republicana agrega incertidumbre a la política estadounidense hacia Irán e Israel.
Sin embargo, Trump conservará el mando de las Fuerzas Armadas y la conducción de la diplomacia.
Para México, el cambio puede tener consecuencias en la relación comercial, los presupuestos de seguridad fronteriza y las políticas migratorias. El Congreso demócrata podrá ejercer mayor vigilancia sobre las decisiones presidenciales, aunque no eliminará las facultades de Trump en materia arancelaria y migratoria.
La elección también modifica las perspectivas de 2028. Los republicanos tendrán que decidir si mantienen su dependencia del liderazgo de Trump o buscan recuperar a los sectores sociales que abandonaron al partido.
Los demócratas, por su parte, deberán demostrar que pueden transformar el voto de rechazo en una mayoría política duradera.
Por ahora, el resultado deja una paradoja: el presidente que convirtió la lealtad personal en el principal requisito para ascender dentro del Partido Republicano se ha convertido en su mayor problema electoral.
Trump pidió que los estadounidenses votaran pensando en él. Lo hicieron. Y lo derrotaron.
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