Todos los regímenes que pretenden durar, generan una serie de mitos o un gran mito fundador, para convencer a la población de su razón de ser. Es el caso de la 4T, que pretende recuperar las luchas por la democracia como si fueran realmente los antecedentes de su propio movimiento. Recuperan las luchas de los estudiantes en el 68 y la del Frente Democrático Nacional (FDN) de 1988, para ligarlas con las del supuesto fraude de 2006 y la victoria final en 2018. Se trata de trazar una línea que una estos movimientos democráticos con la particular experiencia de Morena y de la llamada 4T. Y se van estableciendo “verdades” incuestionables, como que la derrota del FDN fue producto de un fraude y por supuesto también la de 2006. La presidenta llegó a decir hace poco que Zedillo le entregó a Fox la Presidencia por presiones de Estados Unidos. O sea que, en su afán por reivindicar para sí los logros alcanzados en las luchas democráticas, no le reconocen a otros grupos políticos, de izquierda, de centro o de derecha, el haber participado en ellas. Ignoran por ejemplo lo que hizo el PAN en Chihuahua o en Baja California o en el país en general durante la década de los 80. Niegan, por lo visto, el papel de la derecha en la transición política. En su mitología, solo su izquierda construyó la democracia del país. Democracia que ahora ellos están reconstruyendo, para hacerla “popular”, desmantelando las instituciones que durante décadas se crearon para lograr un poco más de transparencia y rendición de cuentas.
La mitología de la 4T sostiene ya como hechos históricos irrefutables que el FDN ganó las elecciones de 1988, cuando no existen pruebas contundentes del hecho. Lo anterior no significa por supuesto que no haya habido un fraude enorme para justificar que Salinas ganara con un poco más de 50 por ciento de la votación. Probablemente el PRI habría ganado con un porcentaje más cerrado que, en esa época, parecía imposible de aceptar. El propio ingeniero Cárdenas no insistió en esa vía. Lo mismo sucede con las elecciones de 2006. No hay ninguna prueba fehaciente de que López Obrador haya ganado esas elecciones. Sí hubo intervención indebida del presidente Fox en el proceso electoral (mucho menor que la practicada después por AMLO), pero en cuanto al recuento de votos, es claro que López Obrador perdió por un margen pequeño y no hay pruebas de lo contrario. A menos que se crea en la existencia de un mágico algoritmo que trastocó los resultados.
Pero, sobre todo, la mitología de la 4T ignora los pasajes históricos que no le conviene recordar. Por ejemplo, que todavía después de la masacre de estudiantes en el 68, López Obrador no sólo era miembro del PRI (como muchos de sus actuales correligionarios), sino que además le escribía himnos al partido. Ignora también que Manuel Bartlett, como secretario de Gobernación, fue el responsable de la famosa “caída del sistema”, donde seguramente se maquillaron los datos electorales en 1988. El mismo Bartlett que fue director de la CFE durante el sexenio pasado. Y así la mitología de la 4T quiere construir una genealogía inexistente, omitiendo los pasajes que no le convienen. Esa mitología condena al neoliberalismo y sitúa a los priistas y panistas (el famoso PRIAN) como los actores responsables del desastre. Pero se olvida mencionar que buena parte de esos actores (la lista es muy larga) son personajes encumbrados por Morena. En suma, los mitos fundadores de la 4T hacen agua por todos lados.
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