El año pasado estuve en Brasil, invitado por una organización llamada “Creio e Defendo (Creo y Defiendo), que lucha por la fe y los derechos humanos en América Latina y el Caribe. Dicho organismo a su vez está compuesto por diversas instituciones y fundaciones internacionales. Pero lo más interesante fue que la organización anfitriona en Río de Janeiro era un “Frente de evangélicos por el Estado de derecho”, lo cual, traducido políticamente, significaba que se trataba de una organización de evangélicos y sobre todo evangélicas negras (o afrodescendientes, si así les quiere usted llamar). Uno de los objetivos de la reunión era precisamente tomar posición en el ámbito público acerca de la existencia de grupos o iglesias evangélicas que no son aliadas de la derecha, como suele ser el caso en Brasil, sobre todo en el Brasil de Bolsonaro. Como tengo muchos amigos por allá, uno de ellos me invitó después a un mitín que celebraba el lanzamiento de una bancada (grupo en la Cámara de Diputados) multirreligiosa, compuesta por un ministro de culto de candomblé y un pastor evangélico, que se llama “Frente parlamentario en defensa del Estado laico y la libertad religiosa”. En esos días, se estaba resolviendo por la Suprema Corte de ese país, si Jair Bolsonaro era condenado o exculpado (amnistiado) por su intento de golpe de Estado. Así que, en el panel del acto, en letras gigantes se apuntaba “Sin amnistía, Estado laico”.
Relato lo anterior porque, me parece, muestra varias características de la política brasileña. En primer lugar, una fuerte polarización, agudizada por cuestiones religiosas y raciales, que imprimen un tono particular a las luchas por la hegemonía política. Es cierto, por ejemplo, que Jair Bolsonaro ha jugado la carta del evangelismo y su cercanía con Israel para ganar adeptos en esas comunidades de creyentes. Pero el mundo evangélico es muy amplio y, como acabo de señalar, hay muchos que están en contra de los Bolsonaro o en general de los partidos de derecha. Al parecer también hay una mayoría de católicos que apoyarían a Lula, pero el porcentaje de católicos en el país es cada vez menor. La idea que prevalece entre muchos es que el evangelismo conservador tiende a ser muy agresivo contra las religiones afroamericanas por lo que éstas, aunque minoritarias, también están del lado de los partidos de izquierda. Ello hace que el componente racial en las disputas políticas se vuelva central, aunque no necesariamente decisivo.
Lo que la primera vuelta electoral anunció es la fuerte probabilidad de que Flávio Bolsonaro gané en la segunda vuelta, dada la composición de los partidos que ya no competirán. Habrá que ver, pero en todo caso, vale la pena reflexionar sobre las causas del posible triunfo de la derecha brasileña. En primer lugar, el hartazgo y la desesperación de los electores. El desgaste de los partidos de izquierda y hasta la edad de los candidatos. Lula da Silva tiene ochenta años, Flávio Bolsonaro cuarenta y cinco. Cuento una anécdota que me parece refleja lo que sucede en Brasil. Estaba yo hace algunos años con amigos brasileños en Sao Paulo cuando vi que un payaso se presentaba como candidato. Yo primero pensé que era alguien como Brozo, pero no, me dijeron mis amigos: es un payaso. Bueno, pues ese payaso, según me contaron después, fue el candidato que más votos obtuvo en la región para ganar su puesto como diputado. Me hizo recordar la primera novela de ese gran escritor brasileño, Jorge Amado: “O país do Carnaval”. Nada exclusivo de ellos, por lo demás.
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