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HISTORIA: La defensa del Pacífico

Elienahí Nieves Pimentel

Entre 1571 y 1815 embarcaciones españolas cargadas de plata y mercancías asiáticas surcaron el océano Pacífico en la ruta comercial conocida como el galeón de Manila. Los puertos que conectaban el archipiélago filipino con Nueva España eran, por un lado, Cavite y en el otro extremo, Acapulco. 

El emplazamiento de Cavite, ubicado en una península dentro de la bahía de Manila, ofrecía un fondeadero protegido y aguas adecuadas para grandes embarcaciones, como las asiáticas que albergaba antes del establecimiento español en el archipiélago. Su proximidad a la ciudad de Manila —centro del gobierno y negocios— y los recursos disponibles para construir y reparar los galeones lo convertía en el sitio idóneo para proveer la infraestructura naval de la ruta filipina. 

En cuanto a Acapulco, su elección como puerto de llegada para los galeones obedecía sobre todo a las condiciones de su bahía, profunda y de entrada estrecha, que ofrecía protección para fondear, descargar y reparar las embarcaciones después de una travesía larga y difícil. Su conexión con el resto del territorio, aunque a través de un accidentado y costoso camino, permitía trasladar las mercancías llegadas desde Asia al principal centro político, financiero y consumidor de Nueva España: la Ciudad de México. 

Aunque Acapulco era el extremo oriental del vasto imperio español en el Pacífico, sus defensas eran mínimas. Su vulnerabilidad fue evidente cuando el almirante neerlandés, Joris van Spilbergen, al servicio de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales, llegó a Acapulco en 1615, después de derrotar a una escuadra española frente a la costa peruana y saquear Paita. Los pocos cañones disponibles en la fortificación construida el siglo anterior apenas presentaron resistencia a los invasores. Durante la siguiente semana Spilbergen y sus hombres permanecieron en Acapulco, intercambiando los 20 prisioneros que habían capturado en Perú por suministros para continuar su viaje e interceptar el galeón en su ruta desde Manila.

Temeroso del regreso de los neerlandeses, el virrey de Nueva España encomendó al también neerlandés, el ingeniero Adrian Boot, la construcción del fuerte de San Diego. En el artículo “Devouring the Pacific: Acapulco’s Fort of San Diego and its deadly repartimientos” (Journal of Global History), el historiador Diego Luis estudia la movilización de miles de “indios de repartimiento” que llegaron desde las costas y serranías de lo que hoy es Guerrero para construir la fortificación. Este sistema de administración de trabajo asalariado, aunque forzado, asignaba fuerza de trabajo indígena de forma rotativa a tareas específicas que se añadían a sus labores en el campo, con las que suministraban a sus familias y pagaban tributos.

Los registros de la ‘Caja de Acapulco’ que recogen los gastos en la obra defensiva permiten conocer la procedencia y número aproximado de trabajadores que la construyeron. Entre 1615 y 1635, 231 grupos de trabajadores, de unas 50 personas en promedio, llegaron a Acapulco desde pueblos cercanos al puerto y del área montañosa de Iguala para trabajar entre uno y dos meses continuos en la construcción del fuerte. Entre estos peones, se registraron 2,013 bajas, la mayoría declarados enfermos. Los documentos no dan cuenta de las causas pero los peligrosos viajes, el cambio de clima y las agotadoras jornadas en la obra aumentaban su vulnerabilidad ante enfermedades y accidentes. 

Sin menospreciar la explotación a la que fue sometida la población indígena de los alrededores de Acapulco, el autor sostiene que la “desolación no es la única historia que cuentan estos repartimientos”. Los pueblos indígenas de la zona se dedicaban a la agricultura durante la época de lluvias, y al transporte y pequeño comercio durante la sequía, por lo que incluso las escasas pagas en metálico que recibían en la obra del fuerte contribuyeron a sostener estas comunidades y a introducirlas en la emergente economía basada en la plata. Incluso, los trabajadores pudieron aprovechar ser declarados enfermos para evitar pagar tributo y conservar sus jornales. 

La actividad comercial derivada de la ruta por el Pacífico, como la feria celebrada en Acapulco a la llegada de los galeones, el transporte de las mercancías a la capital y la construcción de la fortificación que garantizara su seguridad, afectó profundamente a las poblaciones cercanas, intensificando su relación con el puerto y condicionando sus actividades. La relación de dependencia funcionó también en el sentido opuesto: sin esta fuerza de trabajo indígena, la ruta transpacífica no hubiese fructificado enormes riquezas durante tres siglos.

*Elienahí Nieves Pimentel. Licenciada en Historia por la UNAM, maestra y doctora en Historia Moderna y Contemporánea por el Instituto Mora. Estudia las relaciones interétnicas de los grupos que coexistían en la monarquía hispánica. Ha publicado con reconocidas instituciones académicas en México y España.
@eliclio

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