...

Información para decidir con libertad

La arrogancia fatal (“me canso ganso”)

"Cuando la ley se convierte en un instrumento para que el gobierno dirija las vidas de los ciudadanos, el Estado de Derecho se destruye", Friedrich Hayek

La fatal arrogancia (1988), última obra del Premio Nobel de Economía Friedrich Hayek, postula que el socialismo y el intervencionismo estatal son errores lógicos basados en la creencia de que una sola mente o comité puede diseñar la sociedad de forma centralizada y decidir el destino de los ciudadanos. Argumenta que el orden social y económico es un "orden espontáneo” que gestiona millones de interacciones humanas y fragmentos de información, imposibles de concentrar en un solo gobernante o institución. Este “orden espontáneo” son ciudadanos ejerciendo su libertad.

La presunción de que algún ser humano tiene la capacidad de moldear el mundo social y económico, e imponer su voluntad autocráticamente, choca con el problema del conocimiento: la información en una sociedad democrática está dispersa y es cambiante. Fluye. Ningún autócrata, por más tecnología y poder que disponga, puede poseer el conocimiento necesario para coordinar las vidas de millones de personas, eso sin omitir el hecho fundamental de que tampoco tiene el derecho. Las sociedades libres han evolucionado de manera contraria a un diseño impositivo. El lenguaje, la moral y el libre mercado no fueron "inventados" por decretos gubernamentales. Evolucionaron porque hacen posible la vida en sociedad. Intentar sustituir este orden natural por mandatos centralizados y por decretos, fundados en la “ilusión del control”, ha llevado a las naciones al fracaso.

Las autocracias contemporáneas, entre ellas México, exhiben la patología que Hayek describió, manifestándose en tres ejes principales:
i) La falacia de la planificación tecnocrática y el algoritmo. Los regímenes autoritarios justifican el control social y el pisoteo de libertades individuales bajo la premisa del control social. Utilizan el big data, la digitalización, la inteligencia artificial y sistemas de vigilancia masiva para integrar acciones de gobierno bajo la arrogante idea de que la tecnología finalmente les permitirá centralizar la información ciudadana, moldear su comportamiento y decidir sobre sus vidas. La tecnología sigue sin resolver el problema central: las preferencias, necesidades y aspiraciones humanas son dinámicas e individuales, imposibles de capturar en un “algoritmo de Estado”.

ii) La destrucción del orden espontáneo y la ley. Para que un autócrata pueda decidir por los demás, debe desmantelar el Estado de derecho y sustituirlo por el mandato directo. En las autocracias, las leyes ya no sirven como reglas generales de conducta que permiten a los individuos planificar sus vidas en libertad. La legislación se convierte en una herramienta maleable para obligar a los ciudadanos a cumplir las metas del dictador o del partido único, “infalibles” en sus nociones impuestas de lo que debe ser el bienestar social.

iii) El pisoteo de libertades bajo la "justificación del bien común". Los planificadores centralizados inevitablemente derivan en el autoritarismo. Al no lograr que la economía o la sociedad se comporten como calcularon, y errar, culpan a la libertad individual del fracaso. Para corregir el rumbo, prohíben la disidencia y censuran, deciden qué empresas prosperan, qué información se consume y qué valores morales se adoptan. Ello genera escasez, ineficiencia, corrupción y malestar social al asfixiar los mecanismos de retroalimentación natural del mercado y de la sociedad civil.

La lección de Hayek sigue en pie: la libertad no es un lujo prescindible, sino el único mecanismo epistemológico capaz de hacer que una sociedad progrese. Quien pretenda diseñar la vida de los demás desde un palacio de gobierno está condenado a fracasar, destruyendo en el camino la libertad, la innovación y la prosperidad.

Recomendar Nota

Facebook
X / Twitter
WhatsApp