Ya perdí la cuenta de a cuántas marchas he ido desde que estaba en la universidad, pero nunca he marchado. Me sé de memoria decenas de reclamos que los asistentes han plasmado en los carteles, pero nunca he portado uno. He repetido durante todo el día las consignas en mi cabeza, pero nunca he gritado alguna.
Han sido variadas. He ido a aniversarios de la desaparición de Ayotzinapa y a protestas en contra del aborto. Me tocó caminar junto a todas las movilizaciones de la llamada Marea Rosa y también me metí entre aquellos que querían llegar a ver al expresidente López Obrador en el evento que se armó él mismo en respuesta a los reclamos.
Me ha tocado ver Reforma, en el centro de la Ciudad de México, desbordado. También he visto cómo los manifestantes apenas llenan un carril a lo largo de una cuadra de la avenida. He sentido el silencio absorbente que queda cuando terminan.
No es que me guste ir a ver a la gente caminar por mi ciudad o que me llamen las masas. Simplemente, las marchas son un momento perfecto para dejar correr la pluma, encontrar la imagen que explique un movimiento perdida entre los zapatos de los asistentes y dejar constancia del sentimiento de la gente.
He estado de acuerdo con algunos de los movimientos a los que he ido, con otros tantos no. Así también es la democracia, y así también es el periodismo. Pero si hay una protesta que creo que vale la pena darle puntual seguimiento, es una que no hace ruido alguno.
La vemos recorrer las ciudades de uno de los países que llegan a las portadas de los principales periódicos internacionales por lo menos una vez a la semana.
Bajo un régimen que ha perfeccionado la vigilancia a lo largo de 77 años, los ciudadanos por fin encontraron la manera de reclamar sin sufrir las consecuencias. Son rebeldes de la cintura para abajo.
Ahora que la educación, la preparación y el esfuerzo no son garantía de nada, los jóvenes chinos tomaron decisiones radicales por su novedad y por su impacto. En los últimos años se ha reportado un descenso importante en los matrimonios.
Según el Ministerio de Asuntos Civiles, en 2024 se registró una caída de 20.5 por ciento, cosa que mejoró ligeramente en 2025 cuando las bodas aumentaron en un 10.8 por ciento. Pero eso no necesariamente significa que el espíritu de rebeldía haya abandonado a los hijos de los guerreros de terracota.
El año pasado se registraron 7.92 millones de nacimientos, menos de la mitad del promedio registrado durante la década anterior. Cuando era niño me explicaron que en China se impuso una ley que sólo permitía que las familias tuvieran un solo hijo porque ya eran demasiados.
Si alguien pudiera abrir una ventana en el espacio y tiempo de los 90 al 2026 probablemente no entendería nada.
Habría que explicarle que el desempleo juvenil está en 18 por ciento, cifra, por decir lo menos, alarmante pero que explica que si los jóvenes apenas y tienen dinero para mantenerse ellos, y en muchos casos ni eso, ¿cómo pensar en formar una familia?
Según lo que pudo recopilar el medio inglés The Guardian, el rechazo a la tradición es intencional, y vaya que lo han hecho sentir los chinos ya que ya no encuentran la manera de replicar la vida que tuvieron sus papás y abuelos (hablando de familia, claro).
Y como nadie quiere otra masacre de Tiananmen, en la que el amor por la democracia y la libertad llevó a la muerte a una desconocida cantidad de estudiantes, trabajadores y manifestantes que protestaron en los primeros días de junio de 1989, mejor optaron por no hacer nada. ¿Quién dijo que el silencio no es una forma de rebeldía?
A estas razones también se suma una que publicó una mujer en la red social china Weibo, y que retomó The Guardian. “¿Por qué el número de registros matrimoniales volvió a caer en 2024? Porque soy lesbiana”.
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