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Lula busca a los 80 años un cuarto mandato en un reñido balotaje

Ex tornero mecánico y dirigente sindical, cofundó el Partido de los Trabajadores y alcanzó la presidencia por primera vez en 2002

Crédito:@LulaOficial

De tornero mecánico y dirigente sindical pasó a ser uno de los políticos más influyentes de América Latina, Luiz Inácio Lula da Silva construyó su carrera alrededor de la lucha contra la pobreza y la desigualdad. Tras gobernar Brasil entre 2003 y 2010 y regresar al poder en 2023, busca un cuarto mandato presidencial no consecutivo.

Su legado, sin embargo, también está marcado por los escándalos de corrupción que sacudieron a su partido, las controversias de su tercer gobierno y las investigaciones que alcanzan a integrantes de su familia.

El domingo 25 de octubre, Brasil decidirá si Luiz Inácio Lula da Silva permanece en el Palacio de Planalto o si entrega el poder a Flávio Bolsonaro, el hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro.

El enfrentamiento representa algo más que una disputa entre dos candidatos, ya que pone frente a frente dos proyectos políticos que llevan años dividiendo al país, uno identificado con la izquierda, las políticas sociales y el multilateralismo, y el otro, con la derecha conservadora, la seguridad de mano dura y una mayor cercanía con Donald Trump.

La primera vuelta del cuatro de octubre dejó a Lula en una posición más complicada de lo previsto. El presidente obtuvo aproximadamente 44.9 por ciento de los votos válidos, frente al 47 por ciento de Flávio Bolsonaro. La diferencia obligó al mandatario a intensificar su campaña para conquistar a los electores.

La última encuesta de Datafolha, publicada el 22 de octubre, situó a Flávio en 47 por ciento de las preferencias y a Lula en 46 por ciento. La diferencia se encuentra dentro del margen de error de dos puntos porcentuales, por lo que el resultado sigue abierto.

A sus 80 años, Lula se enfrenta a una paradoja. Su trayectoria política está asociada a la expansión de programas sociales, la reducción de la pobreza y el regreso de Brasil a una posición destacada en la diplomacia internacional.

Pero también carga con el recuerdo de los grandes escándalos de corrupción que golpearon a su partido, el Partido de los Trabajadores (PT), y con las dudas sobre la sostenibilidad de su política económica.

Luiz Inácio Lula da Silva nació el 27 de octubre de 1945 en Garanhuns, una localidad del estado de Pernambuco, en el empobrecido nordeste brasileño. Fue el séptimo de los ocho hijos de Aristides Inácio da Silva y Eurídice Ferreira de Mello.

Desde niño trabajó en distintos oficios. Fue limpiabotas, ayudante en una tintorería y empleado de almacén. A los 14 años comenzó a trabajar formalmente y después estudió para convertirse en tornero mecánico en el Servicio Nacional de Aprendizaje Industrial (Senai). Nunca cursó una carrera universitaria.

Su vida cambió cuando ingresó a trabajar en la industria metalúrgica del ABC paulista, una región industrial que comprende municipios como São Bernardo do Campo, Santo André y São Caetano do Sul. Allí entró en contacto con el movimiento sindical y comenzó a construir una trayectoria que terminaría por llevarlo a la política nacional.

En 1975 fue elegido presidente del Sindicato de los Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema. En aquellos años, Brasil seguía bajo una dictadura militar que había comenzado con el golpe de Estado de 1964. El movimiento obrero se convirtió en uno de los principales espacios de lucha.

Las huelgas de finales de los años setenta, particularmente las de 1978 y 1979, dieron a Lula notoriedad nacional. En 1980, una nueva movilización terminó con su detención y la de otros dirigentes sindicales durante 31 días, bajo la aplicación de la Ley de Seguridad Nacional.

Ese mismo año, Lula participó en la fundación del Partido de los Trabajadores, que lo llevaría al poder, junto con sindicalistas, intelectuales, activistas y representantes de movimientos sociales.

En 1986, Lula fue elegido diputado federal por São Paulo y participó en la Asamblea Constituyente que elaboró la Constitución brasileña de 1988, aprobada durante la transición democrática.

Su primera candidatura presidencial llegó en 1989. Brasil no celebraba elecciones presidenciales directas desde 1960, y la contienda enfrentó a Lula con Fernando Collor de Mello, quien terminó imponiéndose en la segunda vuelta. Lula volvió a competir en 1994 y 1998, pero perdió ambas elecciones frente a Fernando Henrique Cardoso.

La cuarta candidatura fue la definitiva. En 2002, después de moderar algunos aspectos de su discurso económico y construir una alianza electoral más amplia, Lula ganó la presidencia.

Lula gobernó entre 2003 y 2010, durante dos mandatos consecutivos. Su administración coincidió con un periodo de expansión económica y altos precios internacionales de materias primas, un contexto que favoreció las exportaciones brasileñas.

Al mismo tiempo, su gobierno amplió las políticas de transferencia de ingresos y mantuvo una relación estrecha con sectores sindicales y movimientos sociales.

Su gobierno también amplió la proyección internacional de Brasil. Lula buscó fortalecer la relación con América Latina, África y otras economías emergentes, al tiempo que mantuvo vínculos con Estados Unidos y Europa. Brasil ganó protagonismo en foros multilaterales y participó activamente en iniciativas como los BRICS.

Su primer ciclo presidencial, también hay que decirlo, no estuvo libre de escándalos. El caso Mensalão, un esquema de pagos ilegales a legisladores para garantizar apoyo parlamentario, estalló en 2005 y afectó profundamente al PT. Varios dirigentes fueron condenados por el Supremo Tribunal Federal. Lula negó haber conocido el esquema y no fue condenado penalmente en ese proceso.

A pesar del escándalo, dejó el poder en 2010 con una popularidad elevada. Su sucesora, Dilma Rousseff, también del PT, ganó las elecciones de ese año.

La segunda parte de la trayectoria de Lula estuvo marcada por la mayor crisis judicial y política de su carrera. La operación Lava Jato, iniciada en 2014, investigó una extensa red de corrupción vinculada a contratos de Petrobras, la petrolera estatal brasileña, constructoras y partidos políticos.

Las investigaciones revelaron mecanismos de sobornos y desvíos de recursos que involucraron a empresarios y políticos de distintas fuerzas. El PT quedó particularmente golpeado por las acusaciones contra sus dirigentes y por la implicación de funcionarios que habían ocupado cargos durante los gobiernos de Lula y Rousseff.

En julio de 2017, Lula fue condenado en primera instancia por corrupción pasiva y lavado de dinero en el caso de un apartamento tríplex en Guarujá. La acusación sostenía que había recibido beneficios de la constructora OAS a cambio de favorecer sus intereses. La condena fue confirmada en segunda instancia y, en abril de 2018, el expresidente ingresó en prisión.

Lula sostuvo que era víctima de una persecución política y negó haber cometido delitos. Su encarcelamiento le impidió competir en las elecciones de 2018, en las que Jair Bolsonaro derrotó al candidato del PT, Fernando Haddad.

La situación judicial cambió en 2021. El juez del Supremo Tribunal Federal Edson Fachin anuló las condenas de Lula en los procesos relacionados con el tríplex de Guarujá, el sitio de Atibaia y el Instituto Lula, al considerar que el tribunal de Curitiba que había llevado los casos no era competente para juzgarlos. El pleno del Supremo confirmó la decisión en abril de ese año.

El regreso electoral se produjo en 2022. Lula derrotó a Bolsonaro en una segunda vuelta extremadamente polarizada, con una diferencia estrecha de votos. El 1 de enero de 2023 asumió su tercer mandato presidencial, una circunstancia inédita en la historia democrática brasileña. Había sido elegido presidente en tres ocasiones no consecutivas.

Cuando regresó a la presidencia en 2023, Lula hizo de la lucha contra el hambre y la desigualdad una prioridad. Restableció y amplió Bolsa Família, recuperó programas sociales y reforzó la participación del Estado en la política industrial, la inversión en infraestructura y el desarrollo económico.

Su gobierno también impulsó medidas para mejorar los ingresos de los trabajadores y amplió programas educativos y de apoyo a estudiantes. Para la campaña de 2026, su propuesta insiste en dar continuidad a estas políticas y reforzar el sistema público de salud, la educación y los mecanismos de protección social.

Sus críticos sostienen que el gobierno no ha detallado suficientemente cómo compatibilizará las promesas sociales con la estabilidad fiscal. La discusión sobre el gasto público, los impuestos y las tasas de interés se ha convertido en uno de los principales desafíos de un eventual cuarto mandato.

En cuanto a su proyecto, la protección de la Amazonia es uno de los terrenos en los que Lula busca diferenciarse de Jair Bolsonaro y de su hijo.

Durante el gobierno de Bolsonaro, las políticas ambientales fueron objeto de críticas nacionales e internacionales por el debilitamiento de los mecanismos de fiscalización y el aumento de la deforestación. Lula recuperó el plan federal de prevención y combate a la deforestación y reforzó la vigilancia ambiental.

Los datos publicados en octubre de 2026 por el gobierno brasileño muestran que la deforestación en la Amazonia cayó a 3,335 kilómetros cuadrados entre agosto de 2025 y julio de 2026, el nivel anual más bajo desde que comenzaron los registros satelitales en 1988. Las autoridades atribuyeron el descenso a una reducción de 71 por ciento desde 2023.

La cifra representa un resultado importante para su administración, aunque no significa que la Amazonia haya dejado de estar amenazada. Los incendios, la tala ilegal, la degradación del bosque, las sequías y el cambio climático continúan siendo problemas graves.

Lula representa la continuidad de un proyecto que busca combinar crecimiento, redistribución y protagonismo internacional. Flávio ofrece una alternativa de derecha que pretende heredar el movimiento de su padre y modificar la orientación del país.

El presidente llega a la segunda vuelta con una trayectoria única, pero sin la ventaja electoral que esperaba. El resultado de la primera ronda y las encuestas más recientes muestran que una parte importante del electorado está dispuesta a considerar un cambio de gobierno.

El domingo, Brasil decidirá si concede a Lula un cuarto mandato presidencial no consecutivo o si pone fin a su regreso al poder. Para el dirigente que comenzó su vida política en las fábricas del ABC paulista, será una decisión sobre algo más que su futuro personal, sino que estará en juego la continuidad de un modelo político que ha marcado la historia reciente de la mayor economía de América Latina.

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