Zavel Castro
Cuando comencé mi camino como crítica teatral, había un director y dramaturgo, pocos años mayor que yo, que se empeñaba en corregir mi discurso, o al menos lo intentaba, en especial cuando mis opiniones no eran complacientes con el trabajo de sus congéneres y amigos. Aprovechando la cercanía profesional que manteníamos en aquel entonces, me contactaba después de cada publicación para explicarme por qué mis impresiones eran erróneas y tratar de rectificar mi pensamiento. Incluso me recomendaba qué debía ver o leer para comprender correctamente las obras o los problemas que me interesaba abordar.
Años más tarde, durante un congreso internacional al que fui invitada como conferencista, uno de los asistentes, libreta en mano, tomó la palabra al finalizar mi presentación para enumerar en voz alta los puntos con los que estaba en desacuerdo y terminó aconsejándome revisar la teoría de Michel Foucault, asumiendo que me era desconocida. Supongo que no le bastó con que durante mi charla hubiera recuperado las ideas de Kirsty Sedgman, especialista en la materia que nos convocaba.
Hace apenas unos días, un sesudo lector cuestionó la pertinencia de mi reflexión sobre los sesgos de género en la crítica teatral, publicada en este mismo medio. En ella abordé cómo la disparidad de criterios ha contribuido históricamente a legitimar el trabajo de los varones mientras minimiza el reconocimiento hacia las mujeres. Según el lector, la situación se ha invertido en favor de las mujeres. Aunque respondí con ejemplos concretos, los desestimó sin ofrecer más pruebas que su propia opinión. Insistió en que ahora son los hombres quienes padecen las consecuencias de esta desigualdad.
Y cómo olvidar aquella ocasión en que un editor aprovechó un escándalo en redes sociales para declarar que jamás había leído una idea luminosa escrita por mí. Aunque la polémica giraba sobre otro asunto, consideró necesario dejar claro, ante la persona que había puesto en duda mis capacidades, que no me tenía el menor respeto. En este caso, ya no se trataba de corregir directamente mis ideas, sino de negarles cualquier valor, sabiendo la influencia que tiene.
Resolví cada situación con las herramientas que tenía a mi alcance en su momento. Al primero lo bloqueé, al segundo lo ignoré, con el tercero decidí no seguir discutiendo y con el cuarto dejaré que el tiempo haga lo suyo. En cualquier caso, mi interés al compartir estas anécdotas es plantear una reflexión más amplia sobre el ejercicio de la crítica. Me interesa, sobre todo, que las mujeres que decidan ejercerla, sin importar cuál sea su estilo, enfoque o plataforma, tomen conciencia de que, cuando los hombres se atribuyen el derecho de aleccionarlas sin que nadie se los haya pedido, amparándose en la supuesta intención de ayudarlas, no significa necesariamente que sus perspectivas sean equivocadas. Quizá lo que incomoda es que no están diciendo lo que se espera de ellas.
Rebecca Solnit describió el mansplaining, como la actitud condescendiente y paternalista con la que un hombre le explica algo a una mujer, bajo la suposición infundada de que ella sabe menos que él o desconoce por completo el tema, incluso cuando es una especialista reconocida en la materia. Pienso que muchas mujeres que se han atrevido a expresar su opinión sobre asuntos que los hombres consideran de su dominio han experimentado esta actitud de una u otra manera. Sepan que esto no ocurre porque sus ideas necesiten rectificarse sino porque esos hombres sienten la necesidad de reafirmar su autoridad y dejar claro que, en su universo, ninguna idea merece ser tomada en cuenta sin antes pasar por el filtro de su aprobación.
Habrá quien objete que estas experiencias no son comunes a todas las mujeres. De antemano respondo que, en ese caso, convendría revisar su complicidad con el sistema, sus vínculos familiares y hasta su código postal. A las demás nos corresponde defender, cuantas veces sea necesario, nuestro derecho a pensar y opinar sobre cualquier asunto que nos apasione y para el que nos hayamos preparado. También debemos desaprender el mandato social que nos educa para complacer a las figuras de poder y, particularmente, a los varones. Solo así podremos ejercer el pensamiento crítico sin someternos a su validación.
*Zavel Castro. Historiadora, crítica y curadora de artes escénicas. Fundadora de la plataforma de crítica Aplaudir de Pie. Miembro de la mesa directiva de la Red Latinoamericana para el Desarrollo de Públicos. Imparte talleres independientes de crítica teatral desde un enfoque en el que dialogan diversas perspectivas y disciplinas, proponiendo una práctica alternativa a los modelos tradicionales del periodismo cultural.
@ZavelCastro
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