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Flávio Bolsonaro, de la sombra de su padre a la disputa por Brasil

La inhabilitación y condena de Jair Bolsonaro, junto con los problemas judiciales de su otro hijo, Eduardo, posicionaron a Flávio como el principal heredero político del bolsonarismo

Flavio Bolsonaro y Milei
Redes Sociales

El senador brasileño, hijo mayor del expresidente Jair Bolsonaro, aprovechó un apellido marcado por la polarización y los escándalos judiciales en su principal activo político. Defensor de una política de seguridad de mano dura y aliado de Donald Trump, Flávio Bolsonaro disputa la presidencia frente a Luiz Inácio Lula da Silva, mientras las acusaciones de corrupción y sus vínculos familiares siguen bajo escrutinio.

Flávio Nantes Bolsonaro nunca fue la primera opción de su familia para disputar la presidencia de Brasil. Durante años, el senador de 45 años ocupó un lugar menos visible que su padre, Jair Bolsonaro, expresidente de Brasil, o su hermano Eduardo, uno de los rostros más reconocibles de la derecha radical brasileña.

Sin embargo, la inhabilitación y posterior condena de su padre, que intentó dar un golpe de Estado, así como los problemas judiciales de su hermano, lo convirtieron en el único heredero político de un movimiento que busca mantenerse en el poder a como dé lugar.

El resultado de las elecciones del 4 de octubre de 2026 confirmó que su candidatura tenía una fuerza considerable. Flávio obtuvo el 47.03 por ciento de los votos válidos en la primera vuelta, frente al 45.16 por ciento de Lula, presidente desde 2023, y ambos pasaron a la segunda vuelta que se llevará a cabo el 25 de octubre.

Una encuesta de Quaest publicada el 14 de octubre situó al senador en 46 por ciento de las preferencias y a Lula en 44 por ciento, aunque dentro del margen de error, por lo que la contienda seguía técnicamente empatada.

A pesar de que su trayectoria está atravesada por investigaciones sobre el manejo de dinero público, acusaciones de corrupción y cuestionamientos por sus relaciones con personajes vinculados a las milicias de Río de Janeiro, el ascenso de Flávio lo tiene (virtualmente) a las puertas del Palacio de Planalto.

El candidato brasileño nació el 30 de abril de 1981 en Resende, en el estado de Río de Janeiro. Es el hijo mayor de Jair Bolsonaro y de su primera esposa. Estudió Derecho y comenzó su carrera política cuando todavía era muy joven, en 2002, fue elegido diputado estatal por Río de Janeiro, cargo que asumió en 2003. Permaneció en la Asamblea Legislativa estatal durante cuatro mandatos consecutivos, hasta su elección como senador en 2018.

El ascenso de Flávio no fue lineal. Las investigaciones sobre el manejo de los salarios de los empleados de su despacho legislativo amenazaron con convertirse en un obstáculo duradero. Aun así, conservó su escaño y su presencia dentro del Partido Liberal (PL), la formación de derecha bajo cuyas siglas compite por la presidencia.

En general, su carrera se desarrolló dentro del entorno político construido por su padre, un antiguo capitán del Ejército que pasó de ser un diputado federal de posiciones radicales a convertirse en presidente de Brasil entre 2019 y 2022. 

Su papá hizo de la defensa de los valores conservadores, el rechazo a la izquierda, la exaltación de las Fuerzas Armadas y una política de seguridad punitiva algunos de los pilares de su movimiento.

Flávio heredó buena parte del ideario de su papá. Su trayectoria legislativa estuvo vinculada a la seguridad pública y a posiciones conservadoras, incluida la defensa de la familia tradicional, aunque, a diferencia de su padre, cuya carrera se caracterizó por declaraciones incendiarias y enfrentamientos públicos, el senador ha sido descrito como un político más discreto, habituado a la negociación y a las relaciones con otros grupos de poder.

Su candidatura de 2026 también responde a una necesidad política: mantener un liderazgo reconocible para el electorado bolsonarista y evitar que el movimiento quede reducido a la figura de un expresidente encarcelado. En ese sentido, Flávio no representa una generación que haya roto con el pasado, sino la continuidad de un proyecto familiar que intenta adaptarse a circunstancias judiciales y electorales distintas.

El senador ha buscado ampliar su base más allá de los seguidores más fieles de su padre. La seguridad, la economía y la oposición a Lula son los ejes de su campaña, mientras sus apoyos políticos se han extendido a dirigentes y partidos de derecha que no forman parte estrictamente del núcleo familiar.

La seguridad pública es uno de los pilares más claros de su candidatura. Flávio propone una ofensiva contra las organizaciones criminales brasileñas, entre ellas el Primeiro Comando da Capital (PCC), el Comando Vermelho y las milicias que operan en distintas regiones del país.

En junio de 2026 presentó un plan de seguridad pública con 12 medidas prioritarias. Entre sus planteamientos figura tratar a las facciones criminales como organizaciones terroristas, una posición que busca facilitar una respuesta más contundente contra ellas y que ha encontrado respaldo en sectores de la administración estadounidense.

En octubre volvió a endurecer su discurso. Durante un acto junto al diputado estatal Douglas Ruas, en Río de Janeiro, declaró que ambos estaban alineados para emprender una “guerra” contra las organizaciones criminales. La retórica es típica del bolsonarismo, una promesa de recuperar el control territorial mediante una mayor capacidad de actuación de las fuerzas de seguridad.

El planteamiento, sin embargo, tiene una dimensión internacional. Flávio ha defendido que Estados Unidos clasifique a las principales facciones criminales brasileñas como organizaciones terroristas extranjeras. El presidente Donald Trump aceptó esa propuesta, de acuerdo con la agencia de noticias Reuters, mientras que Lula ha rechazado esa vía por considerarla una forma de intervención externa y ha defendido una estrategia nacional con cooperación internacional.

La diferencia entre ambos candidatos es significativa. Flávio ofrece una relación más estrecha con Washington en materia de seguridad y una aproximación más confrontativa contra las organizaciones criminales. Lula, en cambio, ha insistido en preservar la autonomía brasileña frente a las presiones estadounidenses.

El discurso de mano dura también está rodeado de una contradicción que sus críticos consideran fundamentas, ya que Flávio ha sido acusado de tener relaciones con las milicias de Río de Janeiro, grupos que han ejercido control territorial mediante redes de extorsión y violencia durante años.

En materia económica, Flávio se presenta como una alternativa a las políticas de Lula. Su programa incluye una reducción de impuestos y del gasto público, una revisión de aspectos de la reforma tributaria y una disminución de los costos laborales para las empresas.

Además, en octubre Flávio añadió otras propuestas como terminar con la reelección presidencial, reducir la edad de responsabilidad penal y modificar aspectos de la reforma tributaria mediante enmiendas constitucionales. Sobre la reelección, dijo que él mismo se comprometería a no buscar un segundo mandato, aunque dejó al Congreso la definición sobre la duración de los mandatos futuros.

Cuando era diputado estatal en Río de Janeiro, Flávio estuvo involucrado en el caso conocido en Brasil como rachadinha, una práctica en la que empleados de un despacho legislativo presuntamente devuelven parte de sus salarios al político que los contrató.

La investigación tomó fuerza después de que el Consejo de Control de Actividades Financieras de Brasil detectara movimientos bancarios considerados atípicos en las cuentas de Fabrício Queiroz, antiguo asesor de Flávio. Las operaciones, por unos 1.2 millones de reales entre 2016 y 2017, despertaron sospechas sobre el origen y destino del dinero.

Los fiscales de Río de Janeiro sostuvieron que existía un esquema de apropiación de salarios de asesores parlamentarios y acusaron a Flávio de encabezar una organización criminal dedicada a desviar recursos públicos y lavar dinero. La investigación también examinó las operaciones inmobiliarias del senador y la compra de un negocio de chocolates, que los investigadores consideraron posibles instrumentos para ocultar el origen de los fondos.

Otro caso que arrastra su historial de controversias fue la contratación de la madre y la esposa de Adriano da Nóbrega, un expolicía señalado como uno de los jefes de las milicias de Río de Janeiro.

En 2005, cuando era diputado estatal, Flávio concedió la Medalla Tiradentes, una de las distinciones de la Asamblea Legislativa de Río, a Adriano da Nóbrega. En aquel momento, Nóbrega estaba preso por acusaciones de homicidio. Años después, su nombre quedó asociado a investigaciones sobre las milicias y fue mencionado en el contexto del caso del asesinato de la concejala Marielle Franco. Nóbrega murió en 2020 mientras estaba prófugo.

La entrega de la medalla no demuestra por sí sola que Flávio participara en las actividades criminales de Nóbrega. Sí documenta una relación política previa que adquirió relevancia a la luz de las investigaciones posteriores. También generaron controversia sus antiguos discursos sobre las milicias, en los que llegó a minimizar el problema y a sugerir que algunos residentes aceptaban la seguridad ilegal que ofrecían esos grupos.

A pesar de que el caso tuvo consecuencias políticas, aunque no terminó en una condena contra Flávio, la investigación fue anulada en 2021, después la Segunda Sala del Supremo Tribunal Federal de Brasil consideró irregular la forma en que se habían compartido dartos con el ministerio público.

El escándalo, claro está, no desapareció de la discusión pública. Su trayectoria patrimonial, incluidas operaciones de compraventa de inmuebles que despertaron interrogantes por las ganancias obtenidas, siguió siendo objeto de escrutinio.

Las relaciones de Flávio con figuras vinculadas a las milicias constituyen otro de los capítulos más polémicos de su carrera. Estas organizaciones, integradas en muchos casos por expolicías y otros agentes armados, han controlado territorios de Río de Janeiro mediante extorsiones, amenazas y actividades ilegales.

Durante la campaña presidencial de 2026 surgió otra controversia, esta vez relacionada con Daniel Vorcaro, el empresario que dirigía Banco Master, una entidad envuelta en un escándalo financiero. El caso añadió una nueva dimensión a las preguntas sobre los vínculos económicos y políticos del candidato.

De acuerdo con una investigación publicada por The Intercept y con mensajes que la revista brasileña Piauí atribuyó a comunicaciones obtenidas del teléfono de Vorcaro, Flávio mantuvo conversaciones con el banquero en torno a la financiación de una película sobre su padre, titulada Dark Horse. Las informaciones publicadas señalaron que el senador había negociado al menos 61 millones de reales para el proyecto.

La policía abrió en julio de 2026 una investigación sobre posibles delitos de lavado de dinero y corrupción. Una de las hipótesis investigadas era que los fondos, presentados oficialmente como financiación cinematográfica, pudieran haber servido para apoyar actividades de cabildeo político de Eduardo Bolsonaro en Estados Unidos. El dinero habría pasado por un fondo con sede estadounidense administrado por un abogado del hermano del candidato.

Flávio negó haber cometido irregularidades y sostuvo que la financiación privada de una película sobre su padre no tenía nada de ilícito. También calificó las acusaciones de persecución política. Hasta la información publicada por Le Monde el 7 de octubre, se trataba de una investigación policial, no de una condena judicial contra el senador.

La política exterior es otro de los terrenos donde Flávio marca distancia con Lula. Su candidatura se orienta hacia una relación más estrecha con Estados Unidos y con gobiernos de derecha, entre ellos el de Donald Trump y el del presidente argentino Javier Milei.

La afinidad no es únicamente ideológica. Brasil y Estados Unidos mantienen una relación comercial de enorme importancia, y la próxima administración tendrá que gestionar las tensiones sobre aranceles, inversiones y acceso a minerales críticos y tierras raras, materiales relevantes para la industria tecnológica y energética.

En este contexto, Flávio ha defendido una cooperación más estrecha con Washington en la lucha contra el crimen organizado. Durante una visita a Estados Unidos en mayo de 2026, pidió que las principales facciones criminales brasileñas fueran clasificadas como organizaciones terroristas extranjeras. También ha buscado el respaldo de dirigentes conservadores internacionales durante la campaña.

En la recta final, Flávio llega con una combinación de ventajas y debilidades. Su apellido le permite movilizar a una base electoral consolidada. Su discurso de seguridad le ofrece un tema de alta relevancia para el electorado, y su relación con dirigentes de derecha puede ayudarlo a construir una coalición más amplia que la de los seguidores más fieles de su padre.

Pero la misma herencia que lo impulsa también limita su capacidad para presentarse como una alternativa completamente nueva. Su trayectoria está ligada a un expresidente condenado por su participación en un intento de golpe de Estado, a una familia que ha enfrentado diversas investigaciones y a una agenda política que busca mantener buena parte de los postulados del bolsonarismo.

Su desempeño en la primera vuelta demostró que esas controversias no han sido suficientes para apartarlo de la competencia. El resultado también reflejó la persistencia de la polarización brasileña: casi la mitad de los votos válidos se repartieron entre dos proyectos políticos que representan visiones muy distintas sobre el papel del Estado, la seguridad, la economía y la relación de Brasil con el mundo.

La cuestión de fondo es si Flávio logrará convertir el capital político heredado de su padre en un liderazgo propio.

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