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El Centro de la CDMX: ícono de nuestra desgracia

Uno de los recuerdos más bellos de mi infancia es el paseo con mi “abuelito de Puebla” por el centro de la CDMX. Le gustaba ir a comprar sus dulces candy -azúcar de sabores pegada a un pabilo- y sus peritas de anís. Me tomaba de la mano, nos subíamos al camión “Artículo 123” y nos íbamos a recorrer lugares, empezando por la Iglesia de san Felipe de Jesús, entonces el “confesionario nacional”. Mientras él pasaba a dar cuentas “al patrón” -así decía él- yo me quedaba sentado en una banca disfrutando del templo y del tiempo. Entonces, me dicen, se amarraban los perros con longaniza. Sin embargo, respondo, no hace mucho el centro todavía se podía disfrutar.

Hace unos días, mi señora y un servidor, ilusionados con encontrar algunas cosillas decidimos ir al centro en Metrobús. Nos subimos en la estación pertinente rumbo a Hidalgo. Al bajar, el caos. Toda la zona, incluida la plaza dedicada a las víctimas del sismo del 85, tomada por el comercio ambulante. En un muégano existe más espacio entre sus partes.

Ante la imposibilidad de movernos, decidimos rodear para entrar al metro. El reto fue encontrar la puerta, escondida entre puestos de mercancías estratégicamente colocados. Sólo se podía acceder a través de un largo corredor de mercaderes. Lo logramos. Al bajar para tomar rumbo al zócalo, las multitudes. Nos acomodamos en disciplinada fila con la intención de entrar al vagón. El problema era que, otras miles de personas pensaban lo mismo. Llegó el convoy, repleto, abrió puertas y nadie pudo entrar. La gente se seguía apretujando y decidimos salir antes de morir asfixiados. Entonces, conocimos el México profundo en el que habita nuestra clase gobernante. De repente estábamos caminando por un largo pasillo solitario, adornado con candelabros salidos de una película de vampiros del Santo, muchos faroles que con gran imaginación podrían ser afrancesados y paredes cubiertas con un material imitación mármol beige. El México real estaba atrás de nosotros y en la superficie; el imaginado por el morenismo, frente a nosotros.

Al salir, emprendimos la caminata al zócalo. Le propuse a mi señora tomar la bella calle de Tacuba, la más arbolada del centro. Fracaso. La calle se ha convertido en un largo pasillo formado por innumerables puestos de chácharas casi imposible de recorrer. Al llegar al zócalo, la locura. Vallas metálicas por todos lados. La plaza que alguna vez fue hermosa ha sido privatizada por la nomenclatura morenista. Entre deprimidos, enojados y sorprendidos, quisimos tomar el metro. También esa estación ha sido secuestrada. Caminamos hasta Pino Suárez y logramos escapar del horror. El país, como la ciudad, ha sido tomado por una caterva de impresentables que pauperizan cuanto tocan, dedicados a los negocios más turbios, protegidos por el círculo vicioso de la impunidad y la corrupción. Briagos de poder, se pavonean ante una ciudadanía que observa, impotente, el despojo de su riqueza cultural y material. El Centro Histórico de la CDMX se ha convertido en el ícono de nuestra desgracia.

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