Las palabras que se escucharon en el viaje apostólico a Francia resonarán por mucho tiempo, lo mismo que el asombro por lo sucedido. Cierto es que se llevaron la plana los discursos de León XIV ante la asamblea de la UNESCO y la plana mayor de la política francesa.
Sin embargo, lo que atrapó mi atención fue el encuentro con los jóvenes durante la vigilia de oración. El mensaje del papa se articuló a través de dos preguntas que, si bien resumen las inquietudes de los jóvenes, aplican a todo católico de cualquier edad por habitar en el corazón del creyente de manera implícita o explícita. ¿Cómo compaginar el impulso de la fe con una vida fraterna con quienes no comparten la fe? ¿Cómo saber dónde Jesús “nos espera para servir y ofrecer nuestras vidas”? Problemas que se pueden reducir a una sola y decisiva cuestión: ¿Cómo ser discípulos y misioneros en una sociedad diversa y plural?
Las reflexiones de León estuvieron muy lejos de las clásicas afirmaciones taxativas que entregan recetas a modo de consejos. Por el contrario, en su intervención propuso un criterio de discernimiento a partir de un modo de ser cristiano. El principio de la acción se encuentra en la contemplación de Cristo en la eucaristía; lo que es en realidad un acto de rebelión frente a la cultura del activismo, la inmediatez y la ausencia de reflexión.
La contemplación tiene el poder de integrar a la persona de suerte que, consolada, fortalecida y reconstituida, sea capaz de establecer relaciones fraternas en medio de en una sociedad que no sólo se manifiesta indiferente a Dios, también es ajena al sentido de la existencia del ser humano concreto, de carne y hueso. Situación que nos pone de frente ante la paradoja que define el ethos cristiano: no se pude amar a Dios sin amar al prójimo; pero tampoco no se puede amar al prójimo sin amar a Dios, porque es Jesús quien ha dignificado nuestra humanidad.
Hoy, como hace dos mil años, enfrentamos el mismo dilema que ha acompañado la historia de la Iglesia y la respuesta es semejante. León, como antes san Pedro, nos invita a dar razones de nuestra esperanza con sencillez, para generar vínculos fraternos con las personas, lo que sólo se puede realizar con imaginación en lo más cotidiano de nuestra existencia, ahí donde Dios nos mande, nos ponga o nos siembre.
León XIV, con su sensibilidad misionera, ha comprendido la necesidad de los jóvenes de una existencia auténtica y llena de significado, justo lo que nuestra cultura les está negando al generar vidas fragmentadas por identidades cual modernas castas, sometidas a la tiranía de la polarización que convierte al prójimo en un adversario, si no es que en enemigo. El papa ha comprendido que los jóvenes tienen hambre de libertad, hambre de infinito que sólo alguien infinito puede colmar.
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