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El hilo más delgado

En las últimas semanas se han reportado las muertes de varios pacientes atendidos en hospitales que, precisamente en esos centros de salud, terminaron complicándose y perdiendo la vida.

​El primer reporte ocurrió a principios de septiembre de 2026 en el Centro Estatal de Cancerología, ubicado en la ciudad de Xalapa, Veracruz. En ese lugar, dos pacientes con cáncer que estaban siendo tratados fueron contagiados de sarampión por trabajadores de la salud que laboraban en el centro sin haber sido vacunados. En hospitales de tercer nivel —y más aún en uno dedicado a la atención de pacientes con sistemas de defensa vulnerables, como los enfermos oncológicos—, todo trabajador de la salud debe contar con un registro actualizado de su historial de vacunación. Si existe duda sobre si sus inmunizaciones están al día, debe vacunarse para evitar contagiar a los pacientes a su cargo. Resulta imperdonable que, ante una epidemia nacional de sarampión, se hayan contratado al menos a 12 trabajadores sin contar con el esquema de vacunación contra esta enfermedad. La omisión le costó la vida a dos personas que confiaban en que en ese hospital recibirían la mejor atención para su grave padecimiento.

​Entre el 15 y el 19 de septiembre, cinco recién nacidos fallecieron en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales (UCIN) del Hospital General de Zona No. 1 del IMSS, en la ciudad de Durango. Las causas de su muerte se han atribuido a la infección por Klebsiella pneumoniae, una bacteria con alta resistencia a los antibióticos que requiere de una identificación oportuna para aislar al paciente afectado y evitar el contagio de otros enfermos en la misma área hospitalaria. A dos semanas de lo ocurrido, persisten las dudas sobre quién fue el paciente con la infección inicial y cómo se contagiaron los demás bebés. El resultado es una tragedia en la que se perdió la vida de cinco inocentes.

​A finales de septiembre, ahora en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales del Hospital de Gineco-Obstetricia del Centro Médico Nacional de Occidente del IMSS, ubicado en Guadalajara, Jalisco, se reportó la muerte de tres recién nacidos más por contagio intrahospitalario de Klebsiella pneumoniae.

​Esta bacteria no es nueva; aparece con frecuencia en hospitales, sobre todo en unidades de terapia intensiva donde se encuentran los pacientes más graves quienes, al recibir antibióticos de amplio espectro, acaban colonizándose por cepas resistentes que pueden provocar infecciones severas. Estos enfermos deben ser identificados rápidamente para mantener un aislamiento estricto y utilizar el equipo de protección adecuado al atender a otros pacientes de la misma área. Todo esto requiere de una vigilancia epidemiológica activa por parte del hospital, así como de insumos adecuados (batas, gorros, guantes, cubrebocas) y una atención personalizada. En estos entornos, el personal a cargo de un enfermo infectado no debería tener contacto con otros pacientes para no propagar la bacteria y provocar un brote intrahospitalario.

​Los protocolos para cuidar a enfermos graves deben ser estrictos y cumplirse de manera rigurosa. Para ello se necesitan especialistas, insumos, centrales de mezclas y personal capacitado en número suficiente. En resumen: se necesita inversión en salud. En México, el gasto público en salud oscila entre el 2.2 % y el 3.0 % del PIB, cuando la Organización Mundial de la Salud recomienda que sea de al menos el 6 %. Incluso dentro de la OCDE —organización a la que México pertenece—, el promedio de presupuesto destinado a la salud es del 6.4 %.

​Si a este problema le sumamos la saturación hospitalaria provocada al declarar un sistema universal de salud sin la infraestructura suficiente para captar a los enfermos que quedaron desprotegidos tras la desaparición del Seguro Popular y el fracaso del Instituto de Salud para el Bienestar (INSABI), las condiciones están dadas para que este tipo de tragedias ocurran.

​Las autoridades sanitarias terminarán responsabilizando a los propios trabajadores como los culpables de estos gravísimos incidentes. Al fin y al cabo, ellos son el hilo más delgado: los que dan la cara ante los pacientes y trabajan en condiciones que, en muchas ocasiones, impiden el correcto ejercicio de la profesión.

​Me pregunto: ¿cuándo serán juzgados los encargados de administrar los recursos públicos que han llevado a esta severa carencia en la salud de nuestro país? ¿Cuándo aceptará el gobierno que las ocurrencias en los proyectos de salud han sido un rotundo fracaso?

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