En los ocho años de gobierno de la llamada 4T, tanto la educación como la salud han sido olvidadas y los resultados los vemos todos los días. Las autoridades continúan culpando a los gobiernos del pasado del retraso educativo y de la terrible situación del sistema de salud. La realidad es que estos dos pilares, que deberían ser considerados prioritarios, no solo no han mejorado, sino que presentan un deterioro mayor debido al abandono y a las ocurrencias que han caracterizado a las políticas implementadas por el partido en el poder. Uno podría pensar que la educación y la salud corren por rieles independientes: mientras la primera habita en las aulas, la segunda se atiende en los hospitales. Sin embargo, la evidencia científica y epidemiológica demuestra lo contrario: la educación es uno de los determinantes sociales de la salud más potentes.
Recientemente se publicaron los resultados de la prueba PISA (Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes) de la OCDE, que se aplica en México de manera periódica desde el año 2000. Los resultados son preocupantes y marcan un rezago crítico en comprensión lectora, matemáticas y razonamiento científico. Esto no solo es una mala noticia para el mercado laboral o la economía; es también una bomba de tiempo para el sistema de salud pública.
La capacidad de leer, comprender y aplicar información médica básica requiere de habilidades operativas que se cultivan en la escuela. Cuando la educación falla, las consecuencias sanitarias se manifiestan en tres frentes críticos:
- Prevención y manejo de enfermedades crónicas: México enfrenta una epidemia de diabetes, hipertensión y obesidad. Controlar estas condiciones exige entender etiquetas nutricionales, calcular dosis de medicamentos, interpretar lecturas de glucosa y comprender la progresión de un padecimiento. Sin comprensión lectora ni razonamiento matemático básico, el apego al tratamiento se desploma. Existen estudios científicos que han demostrado que los pacientes con bajos niveles educativos son más propensos a no tomar los medicamentos indicados, suspenderlos en forma temprana y cancelar las citas de seguimiento indispensables para los padecimientos crónico-degenerativos.
- Vulnerabilidad ante la desinformación: Una población sin herramientas de pensamiento crítico y razonamiento científico es presa fácil de mitos y remedios milagro. La incapacidad de evaluar la validez de la información deja a las personas a merced de charlatanes y noticias falsas. Al tratarse de enfermedades crónicas que presentarán complicaciones años después de iniciado el problema, el paciente que recurre a un producto milagro tiene la falsa sensación de bienestar gracias a esa sustancia que, en el mejor de los casos, no lo dañará, pero que tampoco impedirá la evolución del padecimiento.
- Saturación de los servicios de urgencias: La falta de educación en salud preventiva provoca que las personas acudan al médico únicamente cuando los síntomas son severos o incapacitantes, ignorando los primeros signos de alarma. La medicina preventiva queda relegada bajo la premisa de "¿para qué voy al médico si me siento bien?". Esto provoca que la atención médica ocurra cuando ya se presentaron las complicaciones, las cuales son costosas, incapacitantes y, en la mayoría de los casos, irreversibles.
Un círculo vicioso que perpetúa la desigualdad
El impacto es inequitativo. Las comunidades con mayor rezago educativo son las mismas que sufren un acceso limitado a servicios de salud de calidad. Un niño que no desarrolla habilidades cognitivas básicas hoy será un adulto con mayor riesgo de sufrir discapacidades evitables, menor esperanza de vida y un gasto de bolsillo catastrófico en emergencias sanitarias.
Aprender a leer no es solo descifrar letras, es adquirir la herramienta para entender una receta médica. Aprender matemáticas no es solo resolver ecuaciones, es la base para administrar la dosis correcta de insulina.
Si México no invierte con urgencia en rescatar la calidad de su educación, ningún presupuesto de salud será suficiente para frenar la brecha de la desigualdad. Ignorar la enseñanza es perpetuar la enfermedad en los sectores más vulnerables de la sociedad. Exigir aulas con educación de excelencia es, en última instancia, reclamar el derecho fundamental a una vida digna y saludable para todos.
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