El mundo cambió de reglas, pero en México seguimos atrapados en la disputa sobre de qué lado está cada quien. No nos falta información: nos faltan disposición y tiempo para entender los hechos antes de tomar partido. Esa incapacidad para construir un diagnóstico común nos debilita justo cuando más necesitamos actuar como país.
Durante ocho décadas prevaleció, pese a sus contradicciones, un orden basado en reglas. Estados Unidos fue su arquitecto y, en ocasiones, también su infractor. La novedad es que ahora adopta abiertamente la fuerza y la transacción como método, al tiempo que desmantela las instituciones que sostenían ese sistema. En 2026 capturó a Nicolás Maduro, abandonó decenas de organismos internacionales, amenazó a sus aliados por Groenlandia e inició, junto con Israel, una guerra contra Irán que mantiene casi cerrado el estrecho de Ormuz. El peligro no reside en cada crisis por separado, sino en su coincidencia y en que quien escribió las reglas haya decidido abandonarlas. En ese entorno convergen, además, el avance autocrático, los flujos transfronterizos de dinero ilícito y el cambio climático. A estas amenazas se suma el desarrollo vertiginoso de la inteligencia artificial, todavía sin un régimen internacional comparable al de las armas nucleares y con una enorme demanda eléctrica.
¿Cómo nos encuentra este mundo a los mexicanos? Más débiles que nunca, sostengo. Desde la cancelación del aeropuerto de Texcoco se desmontaron contrapesos. V-Dem ya clasifica a México como «autocracia electoral», el World Justice Project nos coloca en el lugar 121 de 143 en Estado de derecho, y en la elección judicial votó apenas 13% de los ciudadanos. No se trata de indicadores aislados: describen un país con menos capacidad institucional para enfrentar un entorno internacional más hostil.
La Encuesta Intercensal 2025 confirma que el bono demográfico de México se agotará antes de lo previsto. Queda menos tiempo para elevar la productividad y preparar las pensiones y los servicios de salud ante el envejecimiento de la población.
La debilidad también es fiscal. A mi juicio, tenemos la hacienda pública más frágil desde la crisis de la deuda de los años ochenta. En 2024, el déficit amplio llegó a 5.7% del PIB, el mayor en más de 35 años. Pemex necesita todo el valor del petróleo que extrae y aun así no le alcanza: entre 2019 y junio de 2026 recibió 1.88 billones de pesos en apoyos federales, y sigue debiendo a proveedores. Nuestro IVA, ISR e IEPS, en lugar de cubrir educación, salud e infraestructura, la mantienen a flote. Los programas de transferencias se elevaron a derechos constitucionales sin una reforma fiscal que los financie. Los ingresos petroleros pasaron de 8.4% del PIB en 2008 a cerca de 3%, y esa caída no se ha compensado. La inversión física pública cayó a 2.1% del PIB, la inversión privada no encuentra certidumbre jurídica, y estados y municipios carecen de capacidad para preparar proyectos.
Desde fuera, Washington sometió el T-MEC a revisiones anuales, y el petróleo caro ya no es bonanza: importamos combustibles, exportamos menos crudo y desde instancias gubernamentales se organizó el contrabando de gasolinas y diesel.
Frente a todo esto, llevamos ocho años oyendo desde la mañanera de «fifís», «adversarios», «conservadores» y «neoliberales». La evidencia muestra que divide más quien tiene el micrófono más grande. Y cada mañana dedicada a señalar enemigos es una mañana que no se dedica a explicar cómo vamos a crecer.El Plan México francamente no alcanza, y los gobiernos estatales y municipales son ahora los que tienen el espacio fiscal para financiar la inversión en infraestructura.
Hay, además, un espejo incómodo. México invoca con razón el derecho internacional frente a su vecino, pero en casa debilita su versión interna: tribunales independientes y órganos que vigilan sin depender del gobierno. En febrero, la Suprema Corte de Estados Unidos le dijo al hombre más poderoso del mundo que no podía cobrar impuestos sin una ley del Congreso. Eso necesita un país mediano para defenderse en un mundo de fuerza. Lo diría igual si gobernara cualquier otro partido.
La ideología con la que se pretende conducir al país responde a un mundo que ya no existe. El que tenemos enfrente exige otra cosa: electricidad confiable, reglas que den certidumbre a quien invierte, hacienda pública que permita concretar y una estrategia para que los jóvenes encuentren empleo formal y no sean el ejército de reserva del crimen. Sólo un crecimiento sostenido, que cree empleos en todo el país, puede elevar el bienestar de manera generalizada y duradera. Y ello requiere educación de calidad. Ninguna transferencia en efectivo sustituye a un buen empleo.
Nada de eso se logra humillando desde La Mañanera, sino entendiendo qué cambió y organizándonos para responder juntos. Un país unido no es uno donde todos piensan igual, sino uno que discute a partir de los mismos hechos. Antes de decidir de qué lado estamos, entendamos qué está pasando.
Recomendar Nota
