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El agua contaminada de Guadalajara y el fracaso del federalismo mexicano

¿Abrir la llave y no saber si lo que sale enferma? Así viven desde hace años cientos de miles de familias de Guadalajara y su zona metropolitana. El 6 de julio la Secretaría de Salud de Jalisco recomendó no beber ni cocinar con el agua de la llave y, en la misma conferencia, negó que hubiera motivo para una alerta sanitaria. Y quienes salieron a exigir agua limpia recibieron chorros de agua y gas lacrimógeno: 39 detenidos el 11 de octubre frente a Casa Jalisco.

Mi solidaridad con todos ellos. Lo que padecen no es una desgracia natural: es el resultado de una larga cadena de decisiones de no hacer.

Nadie puede alegar ignorancia
En 2022 la Comisión Estatal de Derechos Humanos emitió una recomendación por el agua sucia; no se cumplió. En 2023 el director del SIAPA admitió ante el Congreso que el agua no era potable. En 2025 el propio SIAPA detectó coliformes al menos 15 veces en agua entregada a domicilios. Aun así, el gobernador no reconoció "una crisis de agua potable como nunca antes" sino hasta el 6 de octubre.

No faltó dinero. Faltó decisión
Jalisco es la cuarta economía del país. A su gobierno le prestan a 7.05%, la quinta tasa más baja entre las entidades, y tiene la máxima calificación crediticia de tres agencias. Sus ingresos de libre disposición se duplicaron entre 2018 y 2026, de 45 mil a 91 mil millones de pesos. Su deuda equivale a 27% de esos ingresos; el promedio nacional, a 40%.

¿Qué hicieron con ese espacio? Lo contrario de invertir. De finales de 2015 a mediados de 2026, la deuda del sistema público jalisciense —estado, municipios y organismos— cayó 23% en términos reales. La de los municipios, 69%. La de los organismos estatales, principalmente el SIAPA, 48%: desde 2019 sólo paga. Finanzas sanas para las calificadoras; podridas para quien abre la llave.

Un crédito de 12 mil millones a 20 años, a la tasa que ya paga Jalisco, alcanzaba para el acueducto sustituto Chapala–Guadalajara. Su deuda subiría a 40% de sus ingresos de libre disposición y el servicio, a 4.3%: aún por debajo del promedio nacional. Y si Jalisco y sus municipios sólo hubieran conservado la deuda que tenían en 2015 como proporción de su economía, hoy dispondrían de unos 17 mil millones más: casi el plan de obras de 18 mil millones anunciado en octubre. No había que endeudarse más. Bastaba con no amortizar a costa del agua.

El SIAPA cobra 19.91 pesos por metro cúbico que le cuesta 28.47 producir, mientras los municipios le deben 2,352 millones por su propio consumo.

La falsa virtud de la "deuda cero"
Ante la crisis, el gobernador prometió arreglar sin aumento de tarifas, sin privatización, sin deuda. Suena a responsabilidad; no lo es. Una obra hidráulica dura décadas: para eso existe el crédito de largo plazo. Negarse no ahorró un peso: trasladó el costo a las familias, que gastan hasta 1,200 pesos al mes en garrafones mientras siguen pagando su recibo. El financiamiento que no se contrató se volvió un impuesto privado y regresivo, sin obra a cambio. Al final, la Federación prometió hasta 13 mil millones de pesos. No es solución: es traslado.

Tres gobiernos, ningún responsable
La Constitución asigna el agua a los municipios. Pero el SIAPA es un organismo del gobierno estatal: lo preside el gobernador, que nombra a su director. El agua de Chapala y las descargas son federales, a cargo de la Conagua. El alcalde es el titular, pero no controla; el gobernador controla, pero puede decir que la función es municipal; la Federación es dueña del agua y ahora promete pagar el rescate. Todos cumplieron en el papel; nadie, en la llave.

Por eso es un caso de fracaso del federalismo y no sólo de un gobierno. Una federación existe para que cada tarea tenga un responsable con nombre y apellido, el dinero para cumplirla y consecuencias si falla. Aquí hubo dinero; no hubo responsable ni consecuencias. Es un federalismo en el que fracasar no cuesta. Corregirlo no exige centralizar más: exige un responsable único por servicio, un regulador independiente y ningún rescate sin metas ni consecuencias.

La factura
A la gente no le interesa a quién le tocaba; quiere agua limpia. Lo que llegó a sus cocinas es la prueba física de diagnósticos sin obras, de crédito barato desperdiciado y de una federación que funciona en el papel y fracasa en la llave. No era inevitable. Por eso no tiene justificación: es una traición a la ciudadanía.

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