Como la mafia. La decapitación de la estatua de Felipe Calderón en el Paseo de los Presidentes en Los Pinos fue un mensaje ominoso. Como de la mafia, a descifrar y a tomar en cuenta por el así notificado. Ocurrió mientras el exmandatario denunciaba, a unos pasos, en un hotel de Reforma, la implantación de la dictadura en el país. Poco favor le hicieron sus seguidores a López Obrador al intimidar con esa señal al expresidente más deturpado por el de Palenque. Y al exhibir de esa manera, aquí y en el exterior, la mentalidad, la composición y la probable estrategia a seguir en adelante por la estructura del poder político dominante en México.
Expresidentes menos noticiables. A López Obrador no le fue bien, tampoco, con su nueva videoirrupción, sólo destacada con acentos festivos en La Jornada. Tampoco fue realzado en la agenda el mensaje de Calderón. Y si los medios están siendo fieles a la sensibilidad de sus audiencias y lectores al aplicar su juicio en su potestad selectiva de lo que tiene valor informativo para convertirlo en noticia, parecería que el mexicano está menos atraído por esos actores del pasado y más por las preocupaciones del presente y la incertidumbre del futuro.
Prédica inverosímil. Lo noticiable del mensaje de López Obrador para los medios independientes fue la exhumación -por el expresidente- de su catálogo de incoherencias, contradicciones, calumnias y, ahora, de sus renovadas ráfagas de cinismo con su inverosímil prédica de no robar, no mentir y no traicionar, en un escenario ensombrecido por latrocinios, falsedades y traiciones de sus allegados biológicos y políticos.
Real malicia. Si el expresidente hubiera sido periodista en un país democrático seguiría pidiendo juicios por ‘real malicia’: por emitir falsedades a sabiendas de que lo son, para aplastar reputaciones de personas e instituciones.
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