La visita pastoral de León XIV a Francia ha sorprendido a propios y extraños. La catolicidad ha llenado plazas, iglesias y calles por millones, con una presencia abrumadora de jóvenes. Comprender a profundidad lo sucedido será tarea de sociólogos e historiadores. Por ahora, comparto algunas reflexiones.
El acontecimiento cuestiona seriamente la narrativa dominante en la intelectualidad europea de que el cristianismo, en especial el católico, se encuentra en proceso de desaparición. Acaso será una experiencia religiosa marginal. Los franceses tienen otros datos.
La Iglesia que ahora ha salido a celebrar la fe con evidente alegría es distinta a aquella que recibiera a Juan Pablo II en los años ochenta del siglo pasado. Desde entonces, la religión cristiana dejó de ser una barrera de contención ante el bloque soviético y, por el papel desempeñado por la Iglesia en su colapso, los procesos de secularización se radicalizaron bajo formas posmodernas, particularmente en Francia. Los católicos dejaron de ocupar lugares preponderantes en las universidades, en los ámbitos culturales sofisticados y cotidianos.
Además, los católicos franceses vivieron sucesivas crisis. Fue cuna del movimiento tradicionalista encabezado por Marcel Lefebvre que derivó en un doloroso cisma; salieron a luz encubrimientos y complicidades en abusos a menores de edad y de conductas indebidas del clero, lo que llevó incluso a la renuncia de un cardenal y de un arzobispo en su momento. No fue lo único que sufrió esa catolicidad, pero sí de lo más doloroso.
Entonces, ante la pérdida de influencia cultural y de autoridad moral, más el asedio de un secularismo agresivo, se pensó que aquella Iglesia estaría si no muerta, moribunda. Las dramáticas imágenes de la catedral de Notre Dame en llamas parecía una metáfora de lo que sucedía. Y sin embargo, como la misma catedral, renació de sus cenizas.
Los católicos que hoy han sorprendido al mundo pertenecen totalmente a las generaciones formadas bajo la reforma eclesiástica del Concilio Vaticano II, la renovación disciplinaria y teológica promovida por Benedicto XVI y el genio pastoral del papa Francisco. Una Iglesia centrada en la persona de Cristo capaz de salir al encuentro de las personas con mirada de misericordia para proclamar, desde el evangelio, la belleza y verdad de nuestra magnífica humanidad.
Dos imágenes podrían explicar esta renovada catolicidad. Primera, un video recorre una calle donde varios sacerdotes, sentados en la baqueta, confiesan a varias personas; se abre el foco y aparece, por un lado, inmensa fila esperando vivir el sacramento de la reconciliación, por otro, el entusiasmo de la gente que ve pasar al papa. Segunda, Marie Garance, una niña con profunda discapacidad, hija adoptiva de una familia numerosa, es abrazada por León XIV; la imagen da la vuelta al mundo por su evidente similitud con la Piedad de Miguel Ángel.
Me quedo pensando. La gente se acerca a la Iglesia cuando la Iglesia sale a su encuentro con una mirada llena misericordia, amorosa y alegre, para abrazar sin juzgar. Entonces, la palabra puede ser escuchada porque se hace creíble. Esa es la experiencia cristiana, hoy como siempre.
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