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La nueva servidumbre mexicana

“El principio de que el fin justifica los medios es, en la ética individualista, la negación de toda moral. En la ética colectivista se convierte, necesariamente, en la regla suprema” —Friedrich Hayek, Camino de Servidumbre, 1944.

En 1944, Hayek no escribió contra Hitler o Stalin por ser sólo malvados. Escribió contra una idea seductora que compartían: que el Estado puede y debe planificar la vida económica, social y política para lograr sus propósitos. Demostró que esa idea es incompatible con la democracia. Es un camino que tiene un final: la servidumbre. México no tiene un GOSPLAN soviético. No hay un comité central que diga qué producir, cómo producir y para quien producir. Existe algo más sofisticado y difícil de ver:  una planeación por instrumentos en un Plan Nacional de Desarrollo, difuso en estrategias, que impone su visión de Estado.

Hayek, Premio Nobel de Economía, advirtió que el colectivismo no llega de golpe sino gradual y con aplausos, cuando determina que, para lograr la igualdad, el Estado debe tomar el control de los fines de la sociedad. La consigna del Estado autocrático es que todos deben perseguir estos fines, lo que es incompatible con la democracia. Mientras que esta establece un acuerdo sobre las reglas del juego, no sobre los resultados, la autocracia colectivista es lo opuesto: impone un resultado único. Para lograrlo tiene que aplastar el disenso. Se extingue el pluralismo si solo hay un destino manifiesto e inexorable. La democracia muere cuando se impide a los ciudadanos perseguir un proyecto de vida distinto al del Estado.

La autocracia adquiere un poder que ni la Santa Inquisición soñó tener: el poder total sobre la libertad de expresión y las conciencias. Es un poder capilar que penetra en todos los ciudadanos a través de libertades condicionadas, prohibiciones, conculcación de derechos adquiridos. La Inquisición exigía creyentes. Este nuevo poder exige obediencia y lealtad a sus “principios”. Nunca en la historia mexicana tuvo el Estado tantos instrumentos para premiar la lealtad y castigar la disidencia ciudadana.

Hayek decía que la diferencia entre un país libre y otro sometido no es si hay muchas o pocas leyes sino qué tipo de leyes son. En un país libre prevalece el Imperio de la Ley:  general, abstracta, igual para todos y predecible. Donde impera un gobierno arbitrario, la ley es un arma. Se hace y aplica a la medida, con dedicatorias. Es selectiva e impredecible. Y cuando la ley deja de ser escudo del ciudadano, se vuelve espada del gobierno y la libertad se acaba.

 Ya no es necesario expropiar empresas como en los 70, pero puede suceder. Hayek decía que quien controla los medios, controla los fines. Si controlas impuestos, regulaciones, créditos de la banca de desarrollo, apoyos y subsidios, controlas a la empresa sin necesidad de ser el dueño. El empresario sigue siendo formalmente dueño, pero ha dejado de ser empresario. Esa es la servidumbre moderna: no expropia, pero limita libertades.

 Hayek sostenía que el fin de la verdad se da cuando el Estado convence a los demás que su plan funciona. Para ello, necesita que la gente crea. La propaganda se convierte en el instrumento central de la planeación. No se trata de convencer de que el tren es rentable sino de que se acepte como verdad que el objetivo del tren –la justicia para el sureste– justifica cualquier sobrecosto. La verdad deja de corresponder con los hechos para corresponder con los objetivos del plan. Y cuando el ciudadano se conforma, la servidumbre es completa.  Te controlan epistemológicamente.

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