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ENSAYO: Destruir los ídolos

Diego I. Rosales

Sostengo que la fe en Dios consiste en la constante destrucción de ídolos, mucho más que en la afirmación de una serie de certezas. Quien cree en Dios está buscando el Absoluto y, por eso, todo lo que el mundo le presenta como candidato a divinidad resulta enormemente decepcionante.

La fe en Dios no es un estado cerrado, definido y estable. Aunque puede suponer la aceptación de un cuerpo definido de creencias, aquella no es un mero asidero de éstas, sino la búsqueda de la experiencia que las acredite o que las critique. La fe es por eso aventura mucho más que quietud; y es una aventura que, por nuestra condición precaria, se trata principalmente de desilusiones: aquello que creíamos Dios resultó no serlo. 

Este planteamiento supone algo extraño: si nada de lo que el mundo ofrece puede reconocerse como Dios, parece que hay una idea de Él, contra la cual el mundo se contrasta y se encuentra, por ello, pobre. En cierto modo, mi posición original encuentra aquí su primer matiz: quien cree en Dios está buscando el Absoluto, pero lo busca porque ya, de alguna manera, ha sido por Él visitado. Como si Dios habitara de alguna forma extraña en el fondo de la memoria y sólo algunas experiencias despertaran en nosotros su noticia. 

Creo que en eso consiste la esperanza religiosa. Si todo aquello en lo que se deposita la fe termina compareciendo como ídolo, el creyente es un pobre diablo condenado a no adecuar nunca sus expectativas con la realidad. Si bien esto es un sino triste porque no encuentra nunca confirmación definitiva, también permite a quien se adentra en él relativizar todas las formas de gloria mundana como precarias, pobres y marchitas: no sólo ser un pobre diablo, sino ser un pobre diablo convencido. Una nueva paradoja: había dicho que no hay certezas para el creyente. Pero tal vez sólo hay una: que yo no soy Dios y que éste no es el mundo. 

Debo decir que no estoy solo en la pronunciación de afirmaciones como éstas. Muchos me han antecedido en esta tesis, cuya autoría jamás me atrevería a arrogarme. Abraham quizá estaría en primer lugar y Moisés en segundo. Sócrates quizá tal vez el tercero. Los apóstoles de Jesús en cuarto y ya de ahí podríamos seguirnos con san Agustín de Hipona, el Pseudo Dionisio o el mismísimo santo Tomás de Aquino. 

Es curioso que la historia intelectual de México se encuentre aquí llena de contradicciones. Somos un pueblo anómalamente creyente pero tenemos una academia y una forma de gobierno en extremo secularizadas. Si bien agradezco que esto haya sido así para el segundo caso, considero que el primero es lamentable. Que nuestra tradición universitaria haya excluido de manera tan campante la religión como un tema de estudio más allá de ciertas consideraciones pintorescas hacia el fenómeno en los ámbitos de las ciencias sociales es, cuando menos, un grave error histórico. Salvo algunas excepciones, casi ninguna facultad de filosofía, ni del ámbito público ni privado, cuenta con líneas de investigación serias sobre el tema.  

Sin embargo, en el entorno mexicano reciente y lejos del mundo académico, se ha publicado un excelente ensayo sobre la mística: Lo diferente. Iniciación en la mística (México, Random House, 2021), de Hugo Hiriart. Si bien a él lo conocemos sobre todo por sus hilarantes novelas y obras de teatro, tampoco es novedad que nos regale un ensayo estupendo. Es un ensayista consumado, de educación incluso formalmente filosófica, de la que hace gala en el libro citado. 

El libro, como todo lo que sale de la pluma de Hiriart, es estupendo. Introduce con gran sentido común y del humor los temas más graves y difíciles de la filosofía de la religión: la noción de Dios, lo sagrado y lo santo, fe y razón, las nociones de misterio y de presencia, lo diabólico, el amor, el misterio del mal.

Como introducción al tema es ampliamente recomendable, pues además incluye un testimonio de su relación con su maestro José Manuel Gallegos Rocafull, ínclito personaje central en la tradición de la cultura y el pensamiento católicos en el siglo XX mexicano. Con todo, hay una piedrita en el zapato en el texto que merece un comentario: su excesivo énfasis en el papel que la vida afectiva —los sentimientos y las emociones— tienen en la conformación de la experiencia religiosa. 

Si sostengo que la fe en Dios consiste en la constante destrucción de los ídolos, creo también que esta destrucción no ocurre, necesariamente, en sede afectiva o sentimental. Los afectos son relevantísimos: sin duda creo que la presencia del Misterio acontece como fenómeno de manera primordial a través de la vida emocional. Pero creo también que la sola vida emocional no constituye, aún, verdadera religión: ésta necesita de la criba de la razón para discernir si el sentimiento es símbolo del Misterio o si sólo es un calambre. Y esa tarea puede llevarnos toda la vida.

*Diego I. Rosales. Profesor de filosofía.
@diegoirosales

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