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POESÍA: Juana Bignozzi: ganarse la voz

Valeria List

Para Juana Bignozzi hay una clara distinción entre la poesía política y la ideológica. Ella, afirma, escribe la segunda. En una entrevista con Inés de Mendoça y Santiago Llach, las deslinda así:

Yo creo que hay muy poca poesía política en el mundo […] Están en un momento de auge de la izquierda, de las izquierdas nacionales, hubo algunos como Nazim Hikmet, Neruda tiene grandes poemas políticos. Después está la poesía ideológica. La poesía política es una poesía de barricada, es una poesía además que se somete a algo terrible para la poesía, se somete a la derrota. La ideología no conoce la derrota, ni aún la ideología del librecambismo, ninguna ideología. […] Entonces, yo creo que la poesía ideológica trabaja con cosas que son más tradicionalmente afines a la poesía, por ejemplo, la nostalgia, el futuro, la idea de que uno no verá ciertas cosas, pero se producirán, o la idea de que se han producido ciertas cosas que uno no vio.

La poesía política, considera la poeta, se escribió en un periodo histórico concreto, durante el auge de la izquierda en el mundo —se refiere seguramente al siglo XX, mientras existió la URSS—, y se ciñe a la política como tema, desde un partido o una militancia en concreto. Se somete a la derrota porque vislumbra el inminente fin de su reinado político.

La ideológica, en cambio, es más propicia para la poesía porque no se adhiere a un mandato o partido y, por lo tanto, avanza con el tiempo. Sin embargo, es claro que proviene de la otra, hay una simbiosis entre ambas —en el propio deslinde se encuentra su relación—: la poesía ideológica asume la postura de izquierda, la ha digerido y más allá de ella, en la libertad de la no militancia, existe y retrata el mundo con una lente que no es, en lo absoluto, apolítica. 

Luego de haber sido miembro del Partido Comunista, del que fue expulsada por burlarse de un poeta del partido, Bignozzi no volvió a afiliarse a ningún partido ni se asumió como peronista. La separación de la poesía política se podría interpretar como una falta de compromiso, y acaso haya algo de ello, pero en ella atisbo también un ingrediente de realismo y, sobre todo, de contemporaneidad. En su juventud, siendo parte del grupo —más político que literario— El Pan Duro, y de la Generación del 60, entre la que se contaron los nombres de poetas como Juan Gelman, Alejandra Pizarnik, Susana Thénon o Francisco Urondo, la poeta estuvo activa políticamente. 

Se fue de Argentina a los 36 años, luego de la muerte de Perón, ante la renuencia de ser parte de un país de Montoneros (un grupo guerrillero peronista), quienes pensó que quedarían en el poder luego de la muerte de Juan Domingo Perón, quizá por la radicalidad de la organización. Si bien era capaz de tolerar el peronismo, su abandono de cualquier postura rígida probablemente también la alejó de la lucha montonera. Así, su poesía ideológica se encuentra en una zona de crítica que no tiene un punto fijo de partida. 

Este lugar de enunciación política coincide con la visión contemporánea que se asume a sí misma fuera de lo histórico; Bignozzi parece situarse en un lugar donde la historia no existe, es pasado o futuro, pero ella está fuera de su transcurso, en una suerte de post comunismo que tampoco alcanza a situarse en ningún otro movimiento; el más lógico podría ser alguna de las olas feministas. 

Pese a que la autora en una conversación con Martín Prieto niega ser feminista, Bignozzi fue una mujer opinionada en la vida y la poesía, con una personalidad grande, sin miedo a decir declaradamente lo que pensaba, ni a un debate ideológico, a la que Beatriz Sarlo llamaba “mujer dandy”. En una ocasión, declaró: 

Muchas de las poetas de hoy dicen que escriben para rescatar la voz acallada de la madre. En mi casa no había ningún silencio. No tuve que rescatar la voz de nadie, más bien traté de acallarla. Desde mi bisabuela en adelante, todas las mujeres de mi familia trabajaron fuera de su casa. Eran obreras textiles. Las típicas fabriqueras. Mis tías, hermanas de mi padre, también. 

Es precisamente la independencia de las mujeres de su familia, la falta de necesidad de hablar por ellas —un comentario que empata con un poema no de una contemporánea de Bignozzi, sino de Alfonsina Storni, que en “Pudiera ser” habla justo sobre hacer el rescate genealógico de sus antepasadas con su poesía—, lo que la poeta argumenta para justificar su antifeminismo. 

Pero quizá esta visión reducida hable más del lugar que Bignozzi tenía cuando era joven: ella quería ser “famosa”; es decir, caminar por los cafés de Buenos Aires y que la reconocieran. Eso eventualmente ocurrió, pero para ello tuvo que ganarse la aprobación masculina. Por muchos años fue la única mujer en El Pan Duro; era, además, alrededor de diez años menor que sus colegas. En su ensayo compilado en Tsunami, Vivian Abenshushan denuncia las “pedagogías de la crueldad” que viven las mujeres en los talleres literarios, donde somos —o éramos, hasta hace poco— tratadas como inferiores o faltas de talento. Como respuesta, Abenshushan se masculinizó: “Durante muchos años, para sobrevivir en el medio masculinizado de la literatura, adopté modales rudos. Una voz argumentativa y a veces rabiosa, una voz andrógina, dentro y fuera de la página”. 

Otra mujer que se ganó el respeto y la amistad de los hombres artistas de su época fue la poeta Gertrude Stein que, como Bignozzi, era muy opinionada —lo cual no la salvó de que algunos de sus supuestos amigos se burlaran de ella a sus espaldas. La argentina no alcanzó a ver que quizá parte de su dureza era una prueba de fuego para ser respetada por sus pares masculinos. De ahí, sospecho, vienen también los comentarios poco halagadores hacia sus colegas femeninas como Alejandra Pizarnik, de quien afirma que, cuando la gente empiece a fijarse sólo en sus textos y no en la figura que construyó alrededor de sí misma, éstos volverán a “su verdadera dimensión”.

La masculinización fue el precio que Bignozzi tuvo que pagar para ser leída y “famosa”, pero haber logrado colocarse en ese lugar le permitió escribir lo que evidentemente le interesaba. Quizá la comparación entre poesía política e ideológica no era solo una reflexión estética, sino también, en el fondo, una justificación para poder escribir sobre sí misma, para contar su vida y que ésta tuviera valor, el mismo que libros como Canto general o Bajo la lluvia

Quizá hoy en día estamos ya cómodas en la certeza de que lo personal es político, pero, en el tiempo de Bignozzi, escribir libros como Mujer de cierto orden o Interior con poeta era un acto arrojado que, eventualmente, le abrió las puertas a las poetas de generaciones subsiguientes, que pueden escribir de su vida con la certeza de que ésta es importante.

*Valeria List. Su primer libro, La vida abierta, ganó el Premio de Poesía Joven de la UNAM. Escribió también Calgary (Sombrario, 2021) y Dos veces esto (Malabar, 2024). Compiló el Material de Lectura de María Enriqueta Camarillo para Vindictas: Poetas Latinoamericanas (UNAM, 2020). Ha sido becaria del FONCA Jóvenes Creadores en Poesía y de la T.S. Eliot Summer School. Realiza el doctorado en Literatura Latinoamericana en la UNAM.


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