Luis Mendoza Vega
Hay que imaginar a Juan Preciado feliz. Ha muerto en Comala intentando cumplir la promesa hecha a su madre: encontrar a su progenitor y cobrarle caro el abandono. Éste, en cambio, yace ―igual que aquél― desaparecido entre el tiempo y las ruinas. ¿Es acaso la muerte la única forma de igualar al hijo con el padre? Me lo pregunto no sólo a propósito de la obra de Juan Rulfo, sino también de otra aparecida diez años después: Beber un cáliz, de Ricardo Garibay, cuya reedición en 2025 conmemoró su 60 aniversario de publicación.
¿Crónica, novela breve, testimonio o poemas en prosa? El narrador presta atención a otras necesidades de sus temas, entre ellas, la introspección profunda que la agonía, la muerte y el duelo ameritan. A pesar de las pocas páginas que componen al libro, la proliferación de imágenes genera una densidad literaria que, a ratos, alcanza ―por qué no decirlo― la potencia lírica del autor de Pedro Páramo. Esto es debatible, por supuesto: donde unos encuentren lagrimeo y sentimentalismo, otros podrán observar la desesperación y meditación del hablante frente a lo indefinible.
“Te veo morir y morir. Veo que no me ves. Veo la ventana, la ventana, la ventana, la ventana. Veo tu boca abierta al amanecer, al atardecer, en plena noche, al amanecer, al atardecer, en plena noche, al amanecer, tu boca abierta, a caza del aire esforzadísimo. Veo el hueso de tu nariz, alto y aguileño y nunca fue aguileño, lo veo, hueso lúcido, el primero entre todos tus huesos que supo y por él supimos que las cosas eran de muerte. Veo también tus ojos viendo mucho más allá de las cortinas o del buró o de nuestras caras, que se asomaban a mirarte. Tus ojos, sordo tú ya, a la espera del machetazo mortal, que llegó”.
Los días a los que el lector asiste ―del 28 de marzo de 1962 al 22 de junio de 1963, arco temporal que comprende el deceso de los dos padres del protagonista― atestiguan eso que los poetas mexicanos vuelven a cantar cada tanto: “Déjame reposar, / aflojar los músculos del corazón / y poner a dormitar el alma / para poder hablar, / para poder recordar esos días, / los más largos del tiempo” (Jaime Sabines, Algo sobre la muerte del mayor Sabines); “La muerte / es el hilo de oro que enredamos entre los muebles, / entre las plantas límpidas del jardín” (Coral Bracho, Ese espacio, ese jardín); “¿Cómo escribir el primer síntoma elemental, insignificante y por completo extraño? / Enfermedad significa estar al margen. / Cáncer: palabra áspera, grave, acentuada” (Christian Peña, Me llamo Hokusai). La literatura en México es bastarda, huérfana y plañidera las más de las veces.
Pero también católica hasta el tuétano. Esto explica, además de la referencia al Evangelio, la necesidad del sujeto que cuenta, pero que asimismo ensaya, desde todo el cuerpo, esa cuestión imperecedera que es el dolor. Éste “se transforma en un trampolín para saltar, por encima del mero accidente en que se convierte la muerte, hasta la vida eterna.” ¿Mas, en un mundo secularizado, en qué se convierte ese “trabajo de la Redención”? En un ejercicio vital del lenguaje: acercarse a la boca una pequeña porción de trascendencia para darle sentido a la vida.
Desde san Agustín hasta Ramón López Velarde, es claro que el temperamento judeocristiano ha producido verdaderos actos de modernidad en la cultura de Occidente. Pero es cierto también que la prosa de Garibay no se entiende sin la presencia de un Martín Luis Guzmán, un José Vasconcelos o un Alfonso Reyes en la escena mexicana. El ejercicio autobiográfico del autor expande el mero recogimiento personal para indagar en los recuerdos, en el relato familiar y en el contexto económico y cultural posrevolucionario.
En este sentido, el escritor marginal, el hijo artista, el hombre “echado a perder” que habla en la obra puede ser la imagen más interesante, pues resulta el producto de todo un trauma histórico. No habría sido posible conjurar el universo íntimo del protagonista sin antes poseer, además del “aguijón de la carne” ―según san Pablo, aquello que fortalece al gozar de la debilidad―, la “comezón literaria” de un “escritorzuelo”: “mi manera de contar su dolor, de verlo, verlo, verlo, las cosas ocurrieron a lo largo de la noche del viernes, porque cuando salió la luz del sábado él estaba muerto”.
Si Juan Preciado llega a Comala para encontrar a su padre ―que pertenece, sin embargo, desde antes al territorio de los muertos―, el narrador (de) Garibay emprende un movimiento inverso: observa morir al suyo para descubrir qué queda de él en la palabra, como una forma de desgastar la experiencia de la pérdida. Acaso ahí reside una especie de victoria para el personaje de Rulfo: haber llegado, finalmente, al mismo lugar que su progenitor, persiguiéndolo. Mientras tanto, Beber un cáliz busca detener la muerte alargándola, haciéndola más viva, aceptando una y otra vez la orfandad natural del ser humano.
*Luis Mendoza Vega. Poeta y crítico literario. Miembro y colaborador de Criticismo y secretario de Péndola. Redes y Revistas. Autor de la plaquette Pájaro de sal (2026, Crisálida Ediciones).
@eromenopatroclo
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