Culiacán, Sin.- En 1991 viajé por primera ocasión a Cuba. Durante la preparación del viaje, la artista plástica sinaloense Rosa María Robles Montijo, amiga de nuestra familia, se enteró de que visitaríamos la isla.
Rosy, como cariñosamente la conocemos sus amigos, había participado con su obra escultórica en la III Bienal de La Habana, celebrada en 1989. Su trabajo fue exhibido en el Museo Nacional de Cuba y aquel reconocimiento le permitió permanecer durante un año en la ENA, Escuela Nacional de Artes de la isla.
Antes de partir nos pidió un favor muy especial: llevar una pequeña maleta con algunos regalos para la familia que la había hospedado durante su estancia en La Habana, particularmente para la señora Victoria. Aceptamos con gusto la encomienda.
El primer día decidimos levantarnos temprano para aprovechar al máximo el tiempo y recorrer la capital cubana. Antes de salir del hotel encendí el televisor blanco y negro de la habitación. En la pantalla aparecía Fidel Castro Ruz, pronunciando un discurso desde la Plaza de la Revolución ante miles de ciudadanos congregados para celebrar una fecha emblemática de esa nación.
Apagué la televisión y salimos a caminar.
Seis horas y media después regresamos al cuarto. Por simple curiosidad volví a encender el aparato. Mi sorpresa fue enorme: Fidel continuaba hablando.
Presté atención durante algunos minutos y advertí el eje central de aquella interminable pieza oratoria. El comandante insistía una y otra vez en el inminente peligro de una invasión norteamericana y exhortaba al pueblo cubano a mantenerse permanentemente alerta, obedeciendo las instrucciones de los Comités de Defensa de la Revolución frente al eventual ataque del “imperialismo yanqui”.
Aquella tarde me impresionó mucho más el contenido que la duración del discurso.
En México tenemos una expresión popular muy precisa para describir esa estrategia: “asustar con el petate del muerto”. Sin embargo, me quedó la duda. ¿Era realmente inminente una invasión de Estados Unidos o aquella amenaza formaba parte de la narrativa cotidiana del régimen?
Al día siguiente, durante una comida con la familia de Victoria, encontré la respuesta. Ellos me explicaron que aquel discurso no era excepcional. Por el contrario, el temor permanente al enemigo exterior constituía el leitmotiv de la retórica oficial. La población vivía sometida a una tensión constante, alimentada por la escasez de información, el aislamiento y frecuentes simulacros de defensa aérea.
Traigo hoy esa anécdota a propósito de los recientes acontecimientos en Sinaloa. Sobre ellos ya se han escrito ríos de tinta, por ello prefiero concentrarme en algunas frases pronunciadas por los protagonistas de esta crisis política.
Cuando Rubén Rocha Moya solicitó su primera licencia, hace 112 días, afirmó ser "ajeno e inocente de las patrañas que se han urdido en mi contra", atribuyéndolas a motivaciones políticas e injerencistas.
Por su parte, el senador Enrique Inzunza, al responder a las acusaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos por presuntos vínculos con el narcotráfico, aseguró que la supuesta investigación constituía también “un ataque al partido Morena”, negó contacto alguno con autoridades extranjeras y concluyó que “México no aceptará injerencias ni imposiciones de gobiernos extranjeros”.
Las coincidencias discursivas resultan inevitables. Salvando todas las proporciones históricas, pareciera que la vieja fórmula de construir un enemigo externo continúa siendo un recurso político para desacreditar acusaciones, desplazar responsabilidades y convertir cualquier cuestionamiento en una conspiración.
No afirmo que Sinaloa sea Cuba, ni que sus circunstancias sean comparables. Sería una falsedad histórica. La alegoría radica exclusivamente en el uso del discurso como instrumento de persuasión: cuando la narrativa pretende sustituir a los hechos y la descalificación del adversario reemplaza a la explicación convincente.
Al final, la mayor coincidencia no está en Fidel, Rocha o Inzunza, sino en la tentación permanente del poder de suponer que los ciudadanos carecen de memoria, criterio y capacidad para distinguir entre la verdad y la propaganda.
La diferencia, afortunadamente, sigue siendo fundamental: el pueblo cubano ha vivido durante décadas bajo un régimen autoritario y sin las libertades democráticas suficientes para confrontar al poder.
Los mexicanos todavía no.
México, con todas sus imperfecciones y riesgos, aún conserva instituciones, libertades y una ciudadanía con el derecho -y la obligación- de cuestionar al poder.
Ojalá jamás renunciemos a ejercer ese derecho.
Y esperemos que nunca lleguemos a comprobar cuánto puede durar una fantasía cuando el poder consigue convertir el engaño en política de Estado.
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