De Macondo al narcopoder. Las obras universales trascienden tiempos y lugares. Cuando la pandemia “nos vino como anillo al dedo” con López Obrador, y con Sheinbaum no existen pruebas contra Rocha y el narco poder, llegamos a Macondo y a la negación de la masacre reaparecida en la segunda temporada de la serie basada en Cien años de soledad (mejor que la primera). Los que en nuestra remota juventud sufrimos la sanguinaria eliminación del pueblo movilizado de Macondo, en la primera edición de 1967 de la portentosa novela de García Márquez, pronto consideramos ese episodio como premonitorio de Tlatelolco 1968.
Narrativas de la mendacidad. La secuencia de la matazón alcanza en la serie momentos sobrecogedores. Pero para quienes ya andábamos en el periodismo profesional, el espejo mexicano de Macando se volvió nítido donde el narrador afirma que se impuso la versión oficial de aquella vesania, versión mil veces repetida por cuanto medio de divagación encontró el gobierno. Imposible, además, no vincular el trato del expresidente y la presidenta de México a las madres buscadoras cuando el militar a cargo del exterminio humano de Macondo se mofa de una buscadora de su marido, sugiriéndole que se escapó con otra.
La irrealidad como costumbre. O, de plano, cuando el vocero de la represión -en la novela y en la serie- niega lo ocurrido, como aquí se niegan los estragos del régimen y se describe nuestro reino de la felicidad. Al buscador de un hijo que no regresa a casa desde las descargas contra la población civil, desarmada, el capitán responde con un cinismo de corte mañanero: “En Macondo no ha pasado nada. Ni pasara nunca. Éste es un pueblo feliz”, como se pavoneaba AMLO. El problema es que el nuestro no es realismo mágico, sino irrealidad mendaz como costumbre del poder.
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