Volver. Quizás lo más importante de la defensa presidencial de la locuaz carta a Trump de Andrés Manuel López Beltrán, es la frase en la que la presidenta llama injerencista la revocación de la visa estadounidense al hijo de su antecesor. Porque la injerencia, la intervención o la agresión extranjeras, siempre interpretables, estuvieron entra las causales (o las excusas) que anticipó hace meses López Obrador para regresar a la vida política. Públicamente, porque su actividad parece evidente desde las sombras del trópico.
Forajidos. Si no ahora, el regreso, quizás, a sus propias mañaneras, aparecería si se formalizan las publicitadas acusaciones a ‘Andy’ por la justicia estadounidense. Porque si para el régimen son ataques a la soberanía las acusaciones al exgobernador sinaloense Rocha Moya y otros forajidos (para EU lo son: andan huyendo de su justicia), resultaría de pronóstico reservado la reacción de Palacio -y de Palenque- a la eventual solicitud de extradición del hijo del patriarca.
Circunstancias. Todo empezó con una acción de derecho administrativo de Estados Unidos en la que una autoridad ejerció su facultad de cancelar visas “cuando las circunstancias lo justifiquen”, escuché al vocero de la embajada estadunidense. Entre esas circunstancias mencionó “la participación en actividades delictivas”, “apoyar grupos terroristas” o simplemente cuando “existen señales de que no conviene a los intereses de Estados Unidos mantener la visa”.
Ofendido. La de Andy fue una cancelación entre las 175 visas mil revocadas en este periodo de Trump a ciudadanos de todo el mundo. Se le notificó en privado respetando su derecho a la privacidad. Es un particular, hijo de otro particular, éste, ciertamente, con poderes fácticos, privilegios y márgenes reales y potenciales de acción política. Andy hizo pública la medida, con lenguaje de dictador bananero ofendido, para efectos enigmáticos, cuya decodificación ocupa el debate público hace casi una semana.
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